«Mierda», la novela: una historia de abandono

Victoria y Eduardo hacen pareja y son padres de un niño, de Gregorio. Conforman equipo como asesores en marketing y publicidad, y han ganado la licitación para dirigir la estrategia de comunicación del candidato a la presidencia de la república de Nicaragua, Herty Lewites.

Durante el trayecto de San José a Managua en un destartalado avión, Victoria le dice a Eduardo que tiene el presentimiento de que van a ganar las elecciones. Pero lo conocido, que el candidato Herty Lewites ni siquiera llega vivo al día de las elecciones, echa por tierra la premonición. Y ese dato, que a cierto lector medianamente informado quizá lo haga abandonar la novela, es nada más que una pista falsa. Porque es verdad que no ganarán las elecciones. Pero la mayor pérdida de Victoria y Eduardo va por otro lado.

La novela, narrada en gran parte desde el punto de vista de Victoria, desarrolla dos conflictos. El primero, y que justifica el título, es la desventurada estrategia que los dos publicistas costarricenses plantearon: un spot de televisión donde luego de la visión de una mosca de utilería, Herty, el candidato, ofrece salvar a los nicaragüenses de la mierda. Es decir, de la pobreza, la corrupción, el atraso y resto de males. De más está decir que la estrategia fue un enorme yerro.

Carla Pravisani (Foto cortesía)

El otro conflicto, el emocional, son los azares de la vida en común de Victoria y Eduardo para quienes todo fue siempre para peor: desde el calor infernal de Managua al que nunca terminaron de adaptarse, hasta las enfermedades que contrajeron durante la estadía. Y ni hablar del slump profesional que les ocasionó nadar contra corriente en un país de cultura política tan particular, y que además de serles insólito e impenetrable, todo el tiempo los lleva hasta el tope.

La novela está dividida en tres partes tituladas «La ruta de las decisiones», «El cambio» y «La sombra de Pedrarias». Y estas a su vez se dividen en capítulos numerados. En la galería de personajes sobresalen Giselle la niñera, —uno de los personajes secundarios mejor fraguado—, y Aristóteles. Ellos dan verosimilitud a las caídas de Victoria y Eduardo. Quizá Aristóteles, el periodista, debió estar más tiempo en escena. ¿Acaso daba para más?

Tras la derrota aparatosa del candidato supletorio la pareja regresa a su país. Pero ya nada es igual. Es entonces cuando Eduardo, hijo de un exiliado, debe ir a la Argentina a ver morir a su padre, para luego regresar concibiéndose heredero de la amargura irremediable de su viejo. Una desazón que lo desbanca de su mundo presente y lo conmina a desatarlo todo, aunque no encuentre el valor ni el momento para hacerlo. Victoria por su parte, es quien al final realiza lo que ella considera un acto de violencia: cambiar las rutinas y dar el puntillazo.

«Mierda» es una historia acerca del abandono, de la capitulación. La campaña política del disidente sandinista Lewites, solo es el tablado en el que acontecen las vicisitudes de una relación, de una familia.

Pese a ser una historia de pérdida y derrota, «Mierda», la novela, es un libro que se lee con curiosidad gracias a un ritmo vertiginoso que sostiene la narración en un presente inmediato que no decae. En los pasajes de mayor intensidad, Pravisani nos evoca a Coetzee. A ese Coetzee que narra lo despiadado con pulcritud. Al Coetzee de «Desgracia».

«Mierda», la novela, es una hermosa metáfora de como la línea de tiempo de la vida en pareja recorre su ciclo natural: surgir, crecer, desarrollarse y continuar. En fin, Carla Pravisani ha escrito una novela que acaso podría estar entre lo más cuidado de un escritor o escritora centroamericana en los últimos años.

«Volver la vista atrás» de Juan Gabriel Vásquez ¿acaso una tercera dosis contra el fanatismo?

Transcurren los primeros años de la década de los sesenta. Marianella tiene once y es dos años menor que su hermano Sergio. Ella es insurrecta. Siempre se rebela ante lo que cree indebido o injusto. Su hermano en cambio es reflexivo, a veces hasta irresoluto.

Un día de tantos el padre los reúne y les dice que se irán a vivir en un lugar exótico y apasionante: ¡a la China!

Pero el padre se cuida de hacerlo como quién no quiere la cosa. Por eso les asegura que él no va a forzar a nadie. Que allá ellos si desaprovechan semejante aventura. «Será como darle la vuelta al mundo», los provoca. Al final todos, incluida la madre, Luz Elena, aceptan encantados.

Y se van a China. Y ellos, los niños, ignoran que además de aprender una lengua extraña, podrían convertirse en dos muyahidines de izquierda. 

Sergio y Marianella Cabrera Cárdenas son personajes de novela con vidas de novela, sin embargo, son gente real: de carne, de hueso y de sentidos.

El padre, Fausto Cabrera, un exiliado español que llegó a Colombia años después de la guerra civil española y que formó familia con Luz Elena Cárdenas, es un idealista convencido de que tiene una misión inevitable en su vida: liberar al mundo. Al menos el que está a su alcance.

Actor y director de teatro formado con las teorías del método Stanislavski, Fausto Cabrera declama a Lorca como nadie y dirige obras de teatro. Y es uno de los pioneros de las producciones de televisión en Colombia. Pero también carga en la médula el dolor y el resentimiento del destierro. En medio de sinsabores laborales y económicos Fausto acepta el ofrecimiento de un tal Mario Arancibia, para ir a dar clases de español en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín. Según le dice Arancibia, tendrá facilidades para emigrar y buen salario.

Al llegar el choque es brutal. En Pekín vivirán en un hotel porque el gobierno chino no permite a los extranjeros rentar casa. El hotel se llama «de la Amistad» y es exclusivo para occidentales. Cuando a Sergio y Marianella les toca asistir a clases, descubren una vida doble: «el infierno en la escuela y el cielo en el hotel».

Afuera el mundo es hostil, hay hambruna. Por tanto, los hermanos deben sufrir las mismas privaciones que el resto de la población. Y a la vez son objeto de burlas por ser distintos. A los niños chinos se les ha enseñado que los occidentales son el enemigo. Gente con «ojos de sapo». Sin embargo, los muchachos consiguen integrarse. Marianella lo hace pronto: dominando los ideogramas y sonidos del idioma. Sergio en tanto, va a la saga.

Pasado tres años Fausto y Luz Elena deciden volver a Colombia para sumarse a la guerrilla maoísta. Eso sí, Sergio y su hermana deben quedarse en China. Solos. Apenas sobreviviendo con exiguas subvenciones. ¡¿Cómo así?! ¡Si apenas son dos muchachos de dieciséis y catorce años! ¿Es normal dejarlos a su suerte en un país autoritario? Sí pero no. No hay alternativa. Deben hacerlo por un asunto de conciencia revolucionaria. Además, «es un privilegio quedarse», sentencia Fausto a los dos jóvenes.

Una vez han quedado solos, los dos muchachos se educan y entrenan como miembros de la guardia roja. Ven de largo a Mao. Se creen felices.

Cuando sus padres piensan que ya están listos militar e ideológicamente, otra vez deciden por ellos: es tiempo de volver a Colombia e integrarse a la lucha, a la guerrilla.

En medio de la selva colombiana y sufriendo las peripecias y amarguras de un ir y venir interminable, Sergio y su hermana vacilan entre el sacrificio y la contrariedad. Entre la imperfección y el desencanto.

Para Sergio el desengaño no es total, aunque sí lo desgasta. Tras ciertas circunstancias favorables abandona la guerrilla y vuelve a China. Ha decidido estudiar cine. Luego, cuando vuelve al mundo occidental, se dedica a realizar películas.

Marianella por su parte se recupera de un balazo traicionero, y continúa su vida. Pero antes, ha tenido que esquivar una tácita condena a muerte dictada por sus mismos compañeros de lucha.

Escritor Juan Gabriel Vásquez Cortesia EFE

«Volver la vista atrás» (Alfaguara, 2021) del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, es la obra ganadora de la Bienal Vargas Llosa del año dos mil veintiuno. Y a propósito de vacunas, bien podría considerarse la tercera dosis de un esquema de inmunización contra el fanatismo. Siendo las dos primeras «Rebelión en la Granja» y «1984», ambas de George Orwell.

A «Volver la vista atrás» de lejos se le avistan las cúpulas de catedral literaria; una catedral de casi quinientas páginas de finura narrativa en las que uno corre el riesgo de quedarse a deleite bajo sus arcos. Gran merecimiento para Juan Gabriel Vásquez, acaso el narrador colombiano más ducho de los últimos años.

Tras un oportuno epígrafe del novelista For Madox Ford, el autor se hace visible sin rodeos. Sin embargo, toma distancia con una reveladora frase: «Según me lo contó él mismo…». Y aunque la expresión es circunstancial, de cierta manera advierte al lector que su papel será el de un mero cronista. Un escriba que nunca tomará bando por nada ni nadie. 

La historia empieza con el cineasta Sergio Cabrera de paso por Lisboa visitando a su mujer e hija, de quiénes lleva un tiempo separado.

Según el plan, de Lisboa saldrá hacia Barcelona para participar en una muestra retrospectiva de sus películas. Pero es en la capital portuguesa un lunes dieciséis de octubre del 2016, y cuando ya han transcurrido tres días de buen acercamiento familiar, donde recibe la noticia de la muerte de su padre. Y ante el dilema de si volver a Colombia al sepelio de su padre o seguir con el compromiso de Barcelona, al final se queda. Así elige lo todavía posible: continuar el acercamiento a las suyas, y a la vez rencontrase con Raúl, su hijo adolescente en vez de volver atrás: a Colombia. A sepultar al padre.

Juan Gabriel Vásquez ha dicho que esta novela le tomó siete años de conversaciones, investigación y trabajo de campo, antes de plantarse a redactar sin freno durante nueve meses de pandemia.

Tras la lectura provoca hincar, ¿es de compadecer a esos niños que fueron Sergio y Marianella? O acaso… ¿juzgar a Fausto y a su mujer Luz Elena por tanta vesania? Bueno, léala usted y haga lo propio.

Cuando despertó, Manuel Alejandro todavía estaba allí

Manuel Alejandro // Foto: Sofía Wittert

Componer es lo más difícil que hay. Incluso siempre he tenido un proyecto con Armando Manzanero: hacer un Long Play de boleros, con letras mías y música de él, pero esa es la vaina más difícil que hay. Te imaginas meter toda una cantidad de argumentos en siete u ocho líneas. Esa es la admiración que le tengo a Escalona y a todos esos compositores vallenatos.

Gabriel García Márquez
“Cuando Escalona me daba de comer”.
Revista Coralibe, abril de 1981

En un día normal en una ciudad latinoamericana cualquiera, temprano en la mañana usted sube a su automóvil (si acaso tiene). Luego gira la llave del encendido y abre la ventana para no poner el aire acondicionado (debe ahorrar). Al mismo tiempo que acelera y arranca enciende la radio, pincha las teclas del dial, y sin que usted tenga ninguna conciencia de ello, deja de pinchar cuando una canción de Manuel Alejandro Álvarez Beigbeder-Pérez suena impune en la voz de José José.

Y es seguro que a continuación, sin importar su edad, condición social o sentimental, y por un natural acto reflejo, usted seguirá los versos y estrofas ya sea mentalmente o en voz alta:

Casi todos sabemos querer

Pero pocos sabemos amar

Es que amar y querer no es igual

Amar es sufrir querer es gozar

Mientras avanza usted volverá a mover el dial, y por simple probabilidad matemática, en algún instante diversas estaciones de radio tocarán al unísono cualquiera de las composiciones de este músico nacido en Jerez de la Frontera antes de la Guerra Civil Española.

Ahora vuelve a entonar. Y repite versos con dejos dariano, bueno… al menos en el título:

Yo soy aquel que cada noche te persigue

Yo soy aquel que por quererte ya no vive

El que te espera, el que te sueña

El que quisiera ser dueño de tu amor, de tu amor

Al fin usted llega a su trabajo. Y lo ha hecho tarareando y siguiendo la ruta de un pájaro herido. Otro verso del jerezano erróneamente atribuido a Hernaldo Zúñiga por bien intencionados bohemios centroamericanos.

Manuel Alejandro a secas, sin apellidos, es músico, director de orquesta, y autor de la banda sonora existencial de un subcontinente entero. Melodías ubicuas, versos y frases enquistadas en la memoria de una gente que desdeña lo presente ante la idealización del pasado sea cual sea.

Manuel Alejandro es tan dinosaurio como el dinosaurio de Augusto Monterroso. Porque cuando las generaciones baby boomers y equis despertaban para escapar de la rutina del bolero tradicional, el cha-cha-cha, el tango, el mambo y la ranchera, él ya estaba allí.

Sin segmentaciones de mercado ni estudios de marketing, en aquellos años de programaciones musicales uniformes, grandes y chicos escuchaban sin rechistar las imposiciones discográficas.

Y ante la incertidumbre, y para evitar el error, las compañías discográficas contrataban especialistas con colmillo. Fabuladores prolijos como Manuel Alejandro, Armando Manzanero, o Calderón o Pérez Botija. Tipos que iban a lo seguro escribiendo sobre enamoramientos, infidelidades y cuitas de bohemios y despechados.

Durante años este Manuel fue un arcano. Solo un encabezado del entrañable Cancionero Popular Centroamericano. Y aunque las disqueras no promocionaban a los autores, esta revista sí les daba el crédito. En la margen derecha de la página, el nombre del intérprete; y en la margen izquierda el nombre del autor.

En pleno siglo veintiuno el dinosaurio continúa estando allí. Agazapado entre los títulos de las roconolas de todas las cantinas de Latinoamérica.

Hace poco, en febrero, cumplió noventa años. Y aun con el brazo derecho endurecido sigue tocando el piano con lucidez. Por supuesto que todavía pergeña canciones; melodías que suaviza con orquestaciones ortodoxas. Toda vez alejado de la influencia norteamericana, de la que confiesa ha huido con esmero. Porque para el maestro sus referentes inspiradores son los compositores clásicos que aprendió a amar a través de su padre.

¿Escribir canciones? No, eso no. El maestro Germán Álvarez Beigbeder quería hacer de su hijo un músico sinfónico. Un gran compositor de óperas y sinfonías. Un pianista serio, de conciertos. Pero a los 16 años se fracturó el brazo, y los planes al igual que su brazo serpentearon.

Durante la larga convalecencia se dedicó a leer poesía. Y desde entonces, y hasta donde se lo permite el brazo, toca el piano «solo para cumplir».

Después de un tiempo de estudios en el conservatorio de Madrid sobrevive tocando en puticlubes. Vida difícil. Vida de estrecheces. Intenta hacer carrera de intérprete y falla. Entonces conoce a Raphael Martos Sánchez y hacen par. «Resuelto, yo escribo y tú cantas, macho» Le dijo.

Asegura que las canciones las hace en un momento. «Salen del tirón». Pero para llegar a eso «hay que sentarse al piano y estudiar mucho, improvisar mucho, leer música, leer filosofía». Dice al periodista Pablo Motos. En los programas de entrevistas, en donde se ha vuelto asiduo, se explaya con espíritu campechano. Allí confiesa que muchas de sus canciones son inspiradas en fragmentos de obras del repertorio culto. Los arranques de muchas de sus canciones están inspirados en clásicos conocidos. Por ejemplo, a Nino Bravo le escribió «Es el viento» inspirada a partir de un intermezzo de Brahms. «Nada soy sin Laura», basada en un estudio sinfónico de Schumman. Otras son ideas heredadas de su padre, un director de banda de infantería, de quién aprendió el arte del contrapunto y la fuga de Bach. De los filósofos lee a Nietzsche, Heidegger, Zubiri, Ortega.  Y de los poetas agradece a Goethe. Y a sus paisanos Alberti, Cernuda, Sabina. Alguna vez, en el pasado ha dicho querer a Darío.

Como jerezano ama el flamenco. Con claridad en su memoria perviven los palos del barrio gitano donde creció y vivió hasta los veinte años. Palos que revoloteaban al viento durante las madrugadas aquellas cuando los gitanos volvían borrachos de los tabancos, y se quedaban bajo los balcones cantando canciones y seguidillas. Pero al día siguiente, otra vez la normalidad; el mundo de moderación y disciplina del padre y su piano: la toccata de Schuman y las fugas de Bach.

Su primer gran éxito, «Yo soy aquel». Grabada por Raphael a principios de los sesentas. Su mujer, Purificación Casas, inspiró los versos. Purificación, fallecida en 2021, aparece como coautora en muchos de las creaciones de Manuel Alejandro bajo el seudónimo de Ana Magdalena. Un homenaje a Ana Magdalena Wicken, la esposa de Juan Sebastián Bach, y, quizás un truco legal para mejor aprovechamientos de regalías.

Manuel Alejandro Álvarez Beigbeder-Pérez es el dinosaurio que sigue allí sentado frente a su piano. Un dinosaurio que llega desde una época prehistórica en que un mismo hombre componía la música, escribía la letra y la partitura de la canción. Es decir, un mismo artista arreglaba y orquestaba, y además participaba como técnico de grabación. Y luego en las performances en vivo tocaba el piano o dirigía la orquesta del artista que le tocaba en turno.

A Manuel Alejandro no le gusta que lo llamen compositor porque las canciones nacen hechas, no hay nada que componerles. Él solo se considera un simple escribidor de canciones. Tampoco le va que lo nombren escritor. «Escritor es Vargas Llosa o Cela» sonríe.

Manuel Alejandro ha inventado más de seiscientas canciones. «Manuela», «Así nacemos», «Que no se rompa la noche», «Lo mejor de tu vida», «Un hombre solo», en el repertorio de Julio Iglesias.

Para Raphael escribió, arregló y produjo entre tantas «Yo soy aquel», «Digan lo que digan», «¡Qué sabe nadie!», «¿Qué tal te va sin mí?», «En carne viva», «Estar enamorado».

Para Emmanuel: «Quiero dormir cansado», «Insoportablemente bella», «Ven con el alma desnuda», «Todo se derrumbó dentro de mí», «El día que puedas», «Esa triste guitarra», «Caprichosa María», «Este terco corazón», «Tengo mucho que aprender de ti», «Con olor a hierba», «Venga», «Cuando no es contigo», «Pobre diablo», «Aquí no hay sitio para ti», «Hay que arrimar el alma», «Detenedla ya», «Seguía lloviendo afuera», «Porque ella no sabe vivir sin mí».

Para Rocío Jurado: «Como yo te amo», «Mi bruto bello», «Lo sabemos los tres», «Señora», «Distante», «Ese hombre», «Lo siento, mi amor», «Se nos rompió el amor», «A que no te vas», «Si amanece», «Vibro», «Esta sed que tengo», «Algo se fue contigo», «Me hubiera gustado tanto».

Para Jeanette: «Soy rebelde», «Viva el pasodoble», «Frente a frente», «Corazón de poeta», «El muchacho de los ojos tristes», «Cuando estoy con él», «Toda la noche oliendo a ti», «Comiénzame a vivir».

Para José José: «Amar y querer», «El más feliz del mundo», «Lo dudo», «El amor acaba», «Voy a llenarte toda», «Cuando vayas conmigo», «Entre ella y tú», «Lágrimas», «He renunciado a ti», «Quiero perderme contigo», «Esta noche te voy a estrenar», «A esa», «Grandeza mexicana», «Nadie como ella», «Déjalo todo».

Para Hernaldo Zúñiga: «Procuro olvidarte», «Insoportablemente bella», «Amor de tantas veces», «Ese beso que me has dado».

A Luis Miguel: «Si te perdiera», «Al que me siga», «De nuevo el paraíso», «Dicen», «Bravo, amor, bravo», «Cómplices», «Si tú te atreves», «Te desean», «Amor a mares».

A José Luis Rodríguez «El Puma»: «Será que estoy enamorado», «¿Te imaginas, María?», «Dueño de nada», «Dulcemente amargo», «Este amor es un sueño de locos», «Espérate», «Un toque de locura», «Voy a perder la cabeza por tu amor», «Por si volvieras», «Te propongo separarnos», «Piel de hombre».

Para Plácido Domingo: «Sevilla», «El grito de América», «Canción para una reina», «Él necesita ayuda», «Si yo fuera él», «Soñadores de España», «Yo seré tu primer hombre», «Los dos estamos queriendo».

Y la más reciente en 2021 para su ahijado Alejandro Sanz: «Y ya te quería».

1.

«Meridiano de sangre», western, violencia y virtud narrativa

Corman McCarthy (Random House, 1985)

En la novela «Meridiano de Sangre» de Cormac McCarthy, «el chaval» es un muchacho sin nombre que se une a la pandilla de mercenarios de un tal Glanton.

Según registros históricos, este John Joel Glanton y su banda, fueron contratados a mediados del siglo diecinueve por el gobernador de Chihuahua para eliminar la amenaza de indios apaches. Según el acuerdo, estos mercenarios debían dar fe del trabajo hecho mostrando los cueros cabelludos arrancados.

En la ficción de McCarthy, una vez los apaches van siendo exterminados, los mercenarios arrasan poblaciones enteras de indígenas y mexicanos pacíficos para así completar la cantidad de cueros cabelludos prevista: orgía sanguinolenta por pago a destajo.

Quizá basado en el relato de Samuel Chamberlain, sobreviviente de la histórica pandilla, Cormac McCarthy construye una novela inhumana y violenta, pero no es violencia efectista ni gratuita, es violencia orgánica que Corman, con virtud de viejo zorro, lo consigue apenas adjetivando.

El escritor mexicano Carlos Velázquez citando a William Burroughs escribe que el mal ya se encontraba en este continente desde antes de la llegada de los ingleses y españoles. ¿Será posible?

¿O será solo casualidad que tanto antes (1849-1850 en tiempos de «Meridiano de sangre»), como hoy (en tiempos de guerra del narco y migraciones) en ese cosmos de este lado y al otro entre México y Estados Unidos no existen reglas ni Dios y que la maldad prevalezca como único sentimiento?

En el inicio de la novela el linchamiento de un predicador por causa de una acusación falsa se celebra en la cantina con juerga y carcajadas. Poco después, un negrero muestra al chaval con orgullo su amuleto: el corazón disecado de una de sus víctimas.

Un narrador omnisciente informa que chaval nace en 1933, y que al cumplir catorce años abandona su casa para siempre. Chaval tampoco sabe leer y escribir, y como casi todos a su alrededor, es violento. No es casual que en su andar errante reciba un tiro en la espalda; que se enganche con filibusteros para ir a conquistar Sonora, México, y que, una vez estos filibusteros caigan atacados por indios comanches, él se una a la diabólica y variopinta pandilla Glanton.

Algunos personajes de la pandilla son el cura, Toadvine, el Tasmanio, Brown, el capitán White, los delaware, dos Jackson que se odian (el uno negro y el otro blanco), y miramiento aparte el juez Holden: un gigantón calvo, albino, enigmático y culto, que sabe tocar el violín, pero cuidado, también es un macho cabrío que va ofreciendo caramelos a los niños.

En los registros históricos el Juez Holden es el más despiadado asesino de la banda de Glanton.

En la novela, El Juez Holden, además de ser la antítesis, el antagonista, es una especie de líder psíquico que se cree inmortal y mesiánico, sin dejar de ser por eso el humano más perverso del cuento.

Ante el avance de la iniquidad van quedando arrasados pueblos paupérrimos y bebés colgando de los árboles como en carrusel. Ruinas sin paz por donde una y otra vez la zopilotera humana pasa y pasa royendo despojos.

Inevitable el cuadro de familias enteras en amasijo con animales despatarrados cubriendo la tierra yerma donde el polvo y la sangre hacen lodo seco. Y más allá del desierto, un ferry ensangrentado sobre el río Gilia en Arizona. Y luego una ristra de orejas humanas colgando del cuello de Toadvine.

McCarthy impulsa la acción con lenguaje prolijo. Tras su narrativa, se entrevera la investigación acuciosa que no ahorra pormenores: accidentes geográficos, toponimia certera, razas, frases en castellano, animales, plantas, tribus, gentes diversas.

Belleza narrativa al máximo para ostentar: “Hombres que pelean a puñetazos, a patadas, a botellazos o a cuchillo (…) Hombres cuyo hablar suena a gruñido de simio. Hombres de tierras tan arcaicas y misteriosas que viéndolos a sus pies desangrarse en el fango siente que es el género humano el que ha sido vengado”.

El final de la novela pone frente a frente al chaval y al juez. El bien relativo contra el mal entero. ¿Lo viola? ¿Lo mata? McCarthy deja que sea el lector quien lo decida.

Y después de Get Back, ¿qué?

A través de Get Back, el documental de Los Beatles editado por Peter Jackson y emitido por Disney Plus, se sabe ahora que Yoko Ono no tuvo la culpa. Que solo era apéndice, un pegoste de un John Lennon displicente. Que los cada vez más distantes Paul y John mirábanse todavía con ternura de hermanos cuando armonizaban voces. Que hasta George Harrison mandaba al carajo su resentimiento e incomodidad cuando suavemente tocaba la guitarra. Que Ringo disfrutaba ser encantador tanto tocando la batería como no haciéndolo. Que los Beatles eran la banda más feliz de la historia de la humanidad cada vez que sonaban juntos. Y que se separaron porque simplemente tenía que pasar. O porque tanta genialidad reunida era demasiada para ser cierta y eterna.

Ver y rebobinar una y otra vez. Luego pausa larga para ir a Google, cotejar fechas, citas, artículos o libros; o a Spotify a pinchar playlists para confrontar versiones. Y al otro día, de nuevo play, y otra vez pausa, y entonces curiosear Wikipedia para ver quién es quién entre tanto personaje secundario. En fin… un despacharse hermoso. Un no querer llegar al final. Un tomárselo con calma. Un quemarse a fuego lento.

Disfrutar Get Back, el documental, ha sido una experiencia devota. Siete horas y media en los que de intrascendente ser humano, uno pasa a ser el más afortunado voyerista del mundo.

Para un no-músico, o no-diletante, o no-fanático de los Beatles, la docu-serie podrá parecer aburrida. Y ya se ha escrito sobre ello. Sin embargo, para el resto, para nosotros: ha sido un gozo. Es que son siete horas y media presenciando el proceso creativo de cuatro artistas superiores.

Por un lado, John, siempre en plan jodedor y a ratos impuntual, pero sí consecuente en su trabajo. Y por el otro Paul, con actitud de director de orquesta en su mejor momento; elegante, disciplinado y adulto. El líder con la habilidad necesaria para imponer el ritmo de trabajo. Un perfeccionista hasta desesperar. McCartney, el ególatra que se sabe musicalmente superior a sus pares —que no significa que los otros sean menos—, simplemente se exhibe como un instrumentista de primer orden. El tipo nivel “dios” que, en un rapto mágico, hace sonar el bajo como guitarra para inventar melodía y acordes del tema «Get Back» en unos pocos minutos mientras Ringo observa atento y Harrison bosteza muerto de aburrimiento.

Nunca dejará de sorprender cómo Paul ejecuta y canta a la vez. Cualquier bajista sabe que eso es una responsabilidad enorme, que requiere absoluta concentración y tiempo perfecto. El bajista no tiene permiso para titubear o fallar. Es verdad que se puede aprender a tocar el bajo. Pero también es verdad que ser bajista es una condición natural, porque los grandes bajistas nacen. El oficio del bajo debe estar siempre ceñido al tempo y a la armonía. Es como el corazón que no debe detener porque si lo hace, todo se derrumba. Y Paul se excede sumando a la ejecución del bajo, la vocalización de melodías complejas. De más está decir que para lograr tal portento, el cerebro debe separarse en dos, con cada parte tocando líneas totalmente distintas una de la otra. ¿Y saben qué? Paul hace los dos oficios de manera perfecta, impecable, y hasta bromea mientras tanto. Insisto, tocar el bajo y cantar es harto complicado. Y aunque es asunto para genios, seguro precisa diez mil horas o más de trabajo.

Cuenta la historia que en un afán por estabilizar a los Beatles, Paul McCartney propuso dar un concierto único que sería filmado y comercializado. Y así fue como a partir del 2 de enero de 1969, se reunieron en un estudio de filmación de Twickenham, Londres. Según Phillip Norman, el biógrafo de McCartney, ahí buscaban estar a salvo de fans, intrusos y de la prensa. Pero de inicio las cosas no fueron de lo mejor.

Dice Norman: «en pleno invierno, el estudio era un lugar helado, lóbrego e incómodo; además, se esperaba que ellos cumplieran el horario de un estudio de cine, en lugar del de un estudio de grabación, lo que implicaba llegar a las nueve en punto de la mañana cada día, en vez de presentarse cómodamente en Abbey Road al atardecer. No había guion de rodaje ni estructura de ninguna clase: las instrucciones que había recibido Michael Lindsay-Hogg eran, sencillamente, que filmara todo lo que ocurriera mientras los Beatles armaban una lista de temas para su grandioso concierto de regreso en la localización en la que se celebrara al final».

Pero —y nunca mejor dicho—, tenían los días contados para eso y todo lo demás. Había que apurar porque el 31 de enero, todo debía estar terminado.

Al inicio, las exigencias musicales de Paul McCartney hacen botar la gorra a George Harrison, quien enojado deja la guitarra y se va para su casa. Aunque días después regresa. Cuando deciden trasladar la grabación al edificio de Abbey Road, el buen rollo se va imponiendo. Es entrañable el inicio del tercer capítulo cuando aparece Heather, la hija de seis años de Linda Eastman, la novia de Paul, y saca el niño interno de cada uno.

Queda para la memoria perpetua cuando Paul explica el modo de tocar los golpes de corcheas sincopadas del segundo compás de la bellísima «The Long a Winding Road». Cuando George Harrison canta el demo de «I Me Mine». El génesis de «Let It Be», «Somethin, «Donʹt Let Me Down». El momento en que George Harrison auxilia a Ringo Starr con los acordes de «Octopusʹs Garden». La sonrisa permanente del invitado Billy Preston; el tipo que parecía consciente del momento histórico que estaba teniendo la oportunidad de vivir. Las entradas a plano de George Martin y su pinta de lord, yendo, viniendo y aconsejando en medio de los ensayos. La devoción de mayordomo del roadie Mal Evans. La cara de niños asustados de los policías metiches ante el mejor final imaginable: el sacrosanto concierto de la azotea.

Yo no sé si a alguien más, pero después de ver Get Back, el documental, a mí me ha quedado una cabanga de la madre. Dios, qué tristeza.

Scene from «Get Back» (Take 3 at Rooftop Concert) recorded in 1969.

Mi querida Annie-Frid Lyngstad

AP Photo / Lainie Wilser)

Sueña que Agnetha Fältskog traspasa la pantalla del televisor. Agnetha agachándose, Agnetha estirando la pierna, Agnetha dando el saltito hacia afuera del aparato como si solamente atravesara una alambrada.

Chiquitita, tell me what’s wrong…

Rubia, ojos grises, una ranura entre los dientes frontales inferiores —acaso decepcionada por solo encontrar un niño boquiabierto y tembloroso en aquella sala solitaria—, Agnetha se alisa la minifalda y continúa:

Chiquitita, you and I know

How the heartaches come and they go and the scars they’re leaving

You’ll be dancing once again and the pain will end

You will have no time for grieving…

En medio del sueño se tensa. Se contrae sobre sí mismo como un gusano. «¿Y si de pronto apareciese mi madre o alguien más? ¿Cómo justificar tamaña vikinga aquí, a solas conmigo?»

Cierra los ojos con la esperanza de que, al abrirlos, la rubia haya vuelto a su sitio ahí, dentro de la pantalla. Pero Agnetha sigue inspirada recitando bajito:

Chiquitita, you and I cry…

Otra vez cierra los ojos y los mantiene apretados el tiempo que dura el estribillo. «¿Se habrá largado ya?» Dos muslos pulcros y relucientes y perfectos que arrancan en el ruedo de la minifalda le dicen que no. Viéndola desde abajo la compara con la torre Eiffel de su libro de lecturas. Y ella, como si nada, solo sigue balanceándose como péndulo.

La escucha. La olfatea. Quizás el calor la está haciendo transpirar más de la cuenta. Años después, ya mayor, reconocerá el humor de Agnetha bajo los sobacos lustrosos y peludos de las mochileras que deambulan por su ciudad.

Otra noche, otro sueño.

En este, Anni-Frid Lyngstad, la par de Agnetha, es quien da el brinco desde la pantalla: campeona de boxeo cruzando agachada por entre las cuerdas. Elegancia y garbo en un solo movimiento.

Solo desea que Annie-Frid se quede a su lado, en silencio, sin cantar nada. Pero la valkiria vuelve a la pantalla nada más sus botas rozan los ladrillos. Lo ha hecho tan rápido, que se pensaría que los ladrillos están al rojo vivo. «De seguro la deprimió la pobreza de la casa». Se dice él, avergonzado. «Menos mal que te fuiste porque no sé si hubiera soportado una vez más ese intro de flautas y tambores».

Can you hear the drums… maldita canción.

En la madrugada Agnetha vuelve y lo trata con maña. Le pone una mano sobre la cabeza, lo chinea y le susurra:

«I have a Dreams, que te quedés dormido angelito».

Agnetha está buena. No pasa nada. No es ella… es él…

Porque le encanta el cabello oscuro y ondulado de Annie-Frid; y no solo eso, también sus dientes imperfectos, su timbre profundo y hasta el trasero normalito que se gasta.

Una noche más tarde vuelve Anni Frid. Cruza por entre las cuerdas del ring, da el brinquito y le clava la mirada. Él siente que lo zarandea. La cercanía de unos ojos tan zarcos y zombis lo hacen chorrearse: solo dos gotas.

«¿Cómo te llamas chaval?»

«Creo que el problema es ese —le contesta—, que me llamo Fernando. Y de plano que ya no soporto el vulgareo en la escuela. No volvás a cantar esa canción, Annie-Frid, por favor te lo pido. Por favor… mi querida Annie-Frid Lyngstad».

Novela Paraíso

(Abdulrazak Gurnah, 1997. El Aleph Editores, S. A. Traducción: Sofía Carlota Noguera) Foto: Wikipedia

Los días son iguales, el paisaje es seco. La carcoma infesta los horcones y el sol calcina sobre nubes de polvo. Así está el mundo la tarde en que el padre dice a Yusuf:

«¿Te gustaría hacer un viajecito, pequeño pulpo? (…) Te vas con el tío Aziz (…) Ya verás cómo disfrutas viajando hasta el mar».

Nada de lágrimas ni abrazos de despedida porque Yusuf no debe darse cuenta que lo están entregando como moneda de pago por una deuda.

El exótico cosmos de Paraíso, novela del premio nobel 2021, Abdulrazak Gurnah, se sitúa entre el África oriental musulmana y el África más profunda en los años previos a la primera guerra mundial. Pero no es el África aquel de Marlow y Kurtz de la celebrada novela de Joseph Conrad. Aquí es otro continente. Uno todavía más oscuro, más inhumano. Uno en donde nadie está predestinado a despuntar porque los valores se aquilatan en dependencia de quién esté más alto en la cadena de sobrevivencia.  

Paraíso es una peregrinación a las tinieblas más oscuras desde la mirada de un niño swahili de doce años.

Desde la entrada, y muy a lo Herman Melville en Moby DickEmpecemos por el niño. Se llamaba Yusuf…») hay una promesa de tono ágil y lenguaje sin florituras ni excesos. Sorprende el artificio del narrador omnisciente disponiendo el punto cero, desde los recuerdos de un Yusuf situado en un futuro impreciso. Es entonces cuando uno mismo pronto estará irremediablemente atrapado en la atmósfera de un destartalado tren que trasporta a Yusuf y al tío Aziz rumbo a la ciudad de la costa.

En la casa del rico mercader, Yusuf pasa a ser mancuerna de servidumbre junto a otro muchacho que al igual que él, ha sido dado en pago por una deuda. Es Khalil, el encargado de la tienda.

Este Khalil rápido lo pone al tanto de todo; es decir, que el amo Aziz no es su tío; que solamente es un mercader que no tiene reparos en cobrarse las deudas con seres humanos contantes y sonantes.

A Yusuf lo inquietan sueños insólitos. Sin embargo, la vida que le espera de ahí en adelante, ni en los sueños más sobrecogedores la habrá previsto.

Y así van pasando los años. El tío Aziz no es tiránico, pero a fin de cuentas es el amo: Yusuf debe babearle la mano como muestra de sumisión y respeto. Y aunque Khalil le pega y le hace bullying, Yusuf resiste estoico una mediocre coexistencia.

La vida avanza.

Un Yusuf ya adolescente deberá acompañar al tío Aziz en caravana de negocios a través de un río que se supone es el gran Congo.

El viaje que inició en aquel ruidoso tren, ahora debe continuar.

En la caravana va lo más abyecto de los hombres conocidos. Por lo tanto, Yusuf deberá estar atento; alerta ante la posibilidad de ser sodomizado mientras van recorriendo un mundo perdido de pueblos, ríos y aldeas con una montaña nevada de fondo, donde a veces son bien recibidos y otras tantas despreciados.

Durante el trayecto Yusuf lo verá todo. Desde la naturaleza pródiga hasta la humanidad más terrible. Contrabando, robo. Doblez. Bárbaros y ladrones que ceden a sus parientes por baratijas. Hombres blancos feroces. Bestias entre bestias. Mitos y supersticiones como explicación a los secretos de la existencia. Un viaje que, como ritual de iniciación, va siendo doloroso y descarnado.

Cuando Yusuf vuelve a la casa de su amo en la ciudad de la costa, se dedica a ayudar al viejo jardinero en el mantenimiento del huerto. Y desde ahí se da cuenta que es observado a través de espejos por dos mujeres: el ama, que es una mujer mayor, enferma de misantropía, y Amina, la hermana de Khalil quien también es concubina del tío Aziz. El triángulo pasional está en marcha. Esta última parte es un epítome de amor, desprendimiento, y también de celos. Páginas hermosas que se leen con ojos bien redondos.

Paraíso, la novela más reconocida del ignoto ganador del premio nobel de este año veintiuno, quizá sea una alegoría sobre la libertad relativa. Y esa libertad, ¿la conseguirá al fin Yusuf? Bueno, para responderse esa pregunta hay que llegar a la última página.

Confieso que he quemado

Crónica de una quema de libros un día de difuntos por la tarde

La pira

Esto comienza con un poeta que un día de tantos gana una beca y se va del país. Y cómo dicen que los buenos bróderes se hacen buenos bolados, el poeta encargó a un amigo cercano que le resguardara sus libros. Por ahí ponelos, en un rincón de tu apartamento, le dijo un día antes de partir.

Los años pasaron, el poeta terminó la beca, y por esto o lo demás, o porque supo que estaban encarcelando escritores no volvió al país. Eso sí, de cuando en cuando llama a su amigo, a su bróder, para saludarlo. Para darse cuenta de cómo van las cosas y hablarle de ediciones, de música, de literatura y de ciertos recuerdos. Incluso, algún sábado, hasta se toman sus cervezas mientras charlan por WhatsApp.

El sábado anterior al día de difuntos, que este año cayó en martes, este poeta exiliado le dijo a su amigo a través de un audio:

—Haceme un favor: revisá las cajas y me decís que vas encontrando por ahí porque hay una persona que va a viajar, y se ha ofrecido a traerme alguno de mis libros.

Dale, le dijo el otro.

Y el amigo aprovechó la tarde libre del dos de noviembre (hay que visitar a los muertos) para desembalar las cajas de cartón. Solo que, al escindir los teipes y levantar las tapas, se llevó el madre susto pues, desde adentro de las cajas, saltaron los demonios de Pandora disfrazados de comejenes.

Dentro de la Caja de Pandora

 Los libros seguían embutidos, bien talladitos unos con otros, pero compactados en un solo amasijo. Los dorsos oscurecidos daban la impresión de haber sido chamuscados sutilmente con fuego de acetileno.

Ante las cajas de Pandora abiertas en pampas esperando a ser exorcizadas, el bróder no hizo más que plantarse de nalgas sobre el piso.

Le sobrecogía que se hubiera arruinado la mayoría de los libros. ¿Con qué le iba a salir al poeta? Pero también le fastidiaba que la tarde libre se le esfumara en el trabajo de selección, limpieza y descarte que ya veía por delante.

Luego de un rato de indecisión se levantó de un salto y apretó el ícono del auricular y mandó un audio. El mensaje fue corto, contundente.

—¿Maje? ¿Qué hago?

—Quemalos bróder—le dijo el poeta tras unos segundos de silencio—, ideay, no queda de otra.

El bróder intentó sacar las cajas al patio, pero pesaban como tenamastes. Entonces para ir aliviando el peso, fue sacando los libros de encima, que eran los menos afectados, y los fue poniendo en rimero sobre la cerámica del piso. Algunos tomos, los más grandes, a simple vista parecían en mejor estado que los demás. (Después lo veo, se dijo). Cuando alcanzó los libros del nivel más bajo de la primera caja, en el epicentro del desastre, le llamo la atención un título: «Mira si yo te querré» de Luis Leante. Y pese a que el libro se veía tostado, creyó que aún podría rescatarlo y lo cogió y lo palpó: un puñado de hojarascas podridas erizó la piel de sus brazos. ¿Qué se hicieron las páginas? ¿Y estas hojas carbonizadas? De la bonita novela, premio Alfaguara 2007, solo quedaban unos cuantos grumos que él amigo albacea del poeta imaginó rescoldos radiactivos.

Mira si yo te querré

Luego vio «Obra Completa, Poesía y Prosa» de Arthur Rimbaud, que, a simple vista solo tenía chamuscadas las orillas de las hojas, pero se alegró en balde porque al abrir el libro, las termitas reverberaban como gusanos en banquete de panza de perro muerto.

El amigo tiró el libro y reculó. El espectáculo grotesco de cientos de comejenes devorando vocales y consonantes como migajas de carne descompuesta lo estremeció.

Agarrándose el estómago fue al inodoro y escupió grueso. Dos veces escupió.

Recompuesto volvió a la zona cero y cogió un libro pequeño. Uno de un poeta con dos nombres y dos apellidos que se le deshizo entre los dedos.

Ni más ni menos había pasado como si el fuego de Sodoma hubiese rebullido dentro de las cajas.

Continuó sacando cadáveres hasta cuando constató que las cajas estaban menos pesadas y pudo arrastrarlas hacia el patio. Y ahora ahí, bajo la fronda del palo de mango rosa (la casa matriz, la granja de comejenes) desparramó más despojos: Fahrenheit 451 de Bradbury, La literatura nazi en América de Bolaño, un Virginia Wolf, La Biblia, Obras Completas de Borges, Trágame Tierra de Lizandro Chávez Alfaro, La dramática vida de Rubén Darío por Edelberto Torres, un estudio sobre la poética de Claribel Alegría y alguna que otra inutilidad monográfica.

Por un momento hizo un alto para explicarle a la vecina, que en short, camiseta y chinelas, al igual que él, desde el otro lado de la baranda le hacía preguntas obvias.

La vecina lo estuvo observando con curiosidad chismosa y luego se dio la vuelta. Él aprovechó para mirarle las piernas, pero nada más por puro reflejo, porque en ese momento lo último que podía llamarle la atención eran las hermosas extremidades de la muchacha. Luego atisbó por encima del palo de mangos tras el ramalazo de un trueno. Y se sintió peor que un rescatista desfallecido ante un edificio derrumbado. ¿Cómo era posible que le tocara tamaña responsabilidad? ¿Por qué él, y precisamente él, tenía que incinerar como Dios manda aquella tira de cadáveres? Al menos podré encargarme luego de los sobrevivientes. Se consoló.

Dejando de lado la auto conmiseración fue por una toalla amarilla de esas que venden en los semáforos y sacudió un Quijote de colección Punto de Lectura. Luego «Las Memorias de Adriano» de Yourcenar. Removió granos de un Bartleby de Melville y las motas y patas de cucaracha de entre las páginas de un impecable ejemplar de La gran bonanza de las Antillas de Calvino.

Luego se detuvo porque la foto de un niño lanzando una pedrada le atrajo: ¿Qué me quieres, amor? de Manuel Rivas lucía impecable. Le sacudió el polvo, lo abrió y buscó el cuento La lengua de las mariposas y lo leyó de un tirón, pero se arrepintió de haberlo hecho porque el final lo puso más triste de lo que estaba. Vamos, apurate. Se dijo. Había que continuar. La lluvia parecía inminente.

La lengua de las mariposas

Y así fue dándole y dándole. Y mientras limpiaba, sacudía, apartaba y tiraba ejemplares sobre el montículo cada vez creciente, no dejaba de leer líneas, párrafos, páginas enteras que se habían salvado.

Entonces lo vio.

Muchos de los libros que iba a incinerar, él mismo los había soslayado: dejado para después, para mañana o para la próxima semana o para el otro mes. O quizás hasta para el otro año. Pero ahora entendía bien que ese después ya no iba a ser. La oportunidad, empaquetada en cajas de cartón, se había consumido.

Terminada la selección y limpieza dejó caer el chorro generoso de gas kerosene sobra el montículo, y lanzó el fósforo encendido.

Con un palo seco estuvo atizando el fuego mientras tomaba fotografías y le enviaba un vídeo al poeta, quien desde su exilio veía el ritual fúnebre.

Cuando empezó a caer la lluvia y todo se hubo consumado, guardó a los supervivientes en dos valijas plásticas y se dio una ducha. Luego se vistió, abrió el único libro que había escrito su amigo exiliado, y fue leyendo las primeras páginas sin quitarse de la mente que había sido una gran suerte que el ejemplar, con dedicatoria y todo, se hubiera salvado. «Por poco y no lo leo».

Cuando nada parecía más importante que ganarle a Cuba

A propósito de un libro de Edgard Rodríguez Centeno

Pedro Selva /Cortesía La Prensa

En domingo mi abuelo me llevó al estadio Santa Julia a conocer a Pedro Selva. Yo nunca antes había visto un partido de beisbol de primera división, por tanto, ese día lo tengo subrayado.

El recuerdo es diáfano. Nada de entrar por la puerta principal del estadio, ahí donde iban pasando los que “tenían” más reales. Para nosotros fue rodear el viejo maderamen del palco, abrirnos paso por entre el tumulto de gente sudorosa, y ahí quedarnos todo el doble juego. Arrimaditos. Apretujados contra la malla de la línea de primera base, en “localidad de sol”, la más barata. Donde caía el solazo, pero no importaba: la panorámica era buena y podíamos ver a los jugadores de cerquita.  

En esa época el beisbol atiborraba mi universo de chavalo: la casa, el barrio, la calle, la escuela. Un espacio-tiempo de fantasías y ensoñaciones a ojo abierto. Y de perreras con bola de plástico.

Mi abuelo, un campesino curtido por el trabajo en la huerta, tenía por única diversión escuchar en su radio chiquito, los partidos de la liga Roberto Clemente, y todos los programas deportivos posibles. Y yo siempre pegado a sus pantalones, viéndolo hacia arriba.

Sucre, El Porteño, Proveedor, Araquistaín Wheelock, Rondón, Evelio. Altas voces, elegantes y ubicuas contando las proezas de individuos con nombres que sonaban a mito, pero también a humildad. Pomposos sustantivos de pueblo y tierra adentro: Calixto, Jarquín, Vicente, Herradora, Porfirio, Valeriano, Selva, Apolinar. Patronímicos recios y viriles que yo confundía con los personajes de mi libro de texto Cultura y Espíritu: Teseo y el Minotauro; Jasón, los Argonautas y el Vellocino de oro; Roldán y los Doce Pares de Francia; Ramsés y su imperio; Heródoto y sus viajes. De tal modo que, entre libro y beisbol, mi mente se encolochaba con jugadas de peloteros y aventuras de semidioses.

Y luego fue tiempo de guerras, murió mi abuelo y la vida se hizo distinta.

¿A qué vienen estos recuerdos?

Edgard Rodríguez Centeno

La culpa es de Edgard Rodríguez y su libro de perfiles con los peloteros más destacados del beisbol nicaragüense. «Zona de Strikes, el beisbol de ayer (Managua 2021, 1era edición)».

Retazos de una belle époque en la que bastaba un triunfo del equipo predilecto o de la selección nacional para ser feliz. Unos años en que nada parecía más importante que ganarle a Cuba. Una belle époque en que la televisión no hacía falta. La locución precisa de cada strike, cada bola, cada lanzamiento, cada batazo, era suficiente.

Qué ganas de desembuchar la tontería esa de que antes todo fue más bonito, mejor. Pero no. Me aguanto. Me aguanto porque ese tiempo en que tuvimos el beisbol como única distracción quizá fue el mejor por la inocencia y la alegría, pero también el peor porque pronto se nos jodió todo. Qué elegante sería que nuestras desavenencias fueran nada más por asuntos de deporte. Ahorraríamos sangre y llanto.

Pero volvamos a Edgard Rodríguez Centeno, quien más que cronista deportivo, es el escritor pudoroso que con calma y cuidado va más allá de la crónica escueta; y que para ganancia de sus lectores, simplemente narra sin aspavientos ni presunciones. En cada perfil, hay curiosidades, datos, noticias, anécdotas divertidas. Lectura amena. Pero aparte de su prosa limpia, el mayor mérito de este libro tal vez sea punzar, espolear la memoria. Y eso, cuando los años se va amontonando sin compasión, se estima sin remedio.

Para efectos prácticos de los amantes del juego, este libro es una ineludible herramienta de consulta, pues Edgard, fiel a su oficio periodístico, acude a las estadísticas en todo momento. Sin embargo, para otros, este trabajo quizá sea un pincho a la nostalgia.

Para terminar, me voy a permitir la licencia absurda de figurarme a Edgard en plena soledad de pandemia, escribiendo Zona de Strikes, el beisbol de ayer en pantalón chingo, el mismo de los años pueriles de su Condega de arcilla.

Estrella distante (novela)

Lectura de un domingo de noviembre

Hace ya un tiempo que a través de las escalas de Sensini y la novela Los Detectives Salvajes abordé el trasatlántico Roberto Bolaño. El primero me pareció un cuento perfecto, y de Los Detectives, por ahora tengo el recuerdo de un libro complejo de más de quinientas páginas con las aventuras de unos poetas que siguen la huella de cierta escritora desaparecida: toda una parafernalia escritural de personajes extravagantes y referencias extraordinarias, a ratos con su respectiva dosis de tedio.

En tanto, un domingo reciente, y mientras rebuscaba opiniones sobre la concesión del Nóbel a Abdulrazak Gurnah, descubrí el canal de YouTube del madrileño David Pérez Vega; un barbudo profesor de lengua y literatura que, de modo distendido y sin pretensiones, reseña libros y autores. Y ahí me quedé. Viéndolo por un rato. Un buen rato de más de una hora que terminó cuando una de sus reseñas, una en donde bien valora la obra de Roberto Bolaño, me hizo caer en la cuenta sobre una lectura pospuesta desde hacía tiempo: la novela Estrella distante (Barcelona, Anagrama, 1996).  

Tras darle el respectivo me gusta al video, me puse a buscar la novela del chileno entre el cúmulo de libros desplazados: estaba convencido que por ahí estaba confundido. Ya una vez encontré el tomo, y contrario a lo ocurrido con Los Detectives salvajes, me lo despaché en dos sesiones rápidas separadas tan solo por una pausa para dar cuenta de un nacatamal dominguero.

El protagonista bueno es el narrador-personaje Arturo B. quien se vale del propio Bolaño como un supuesto colaborador-escribano. Y un poeta trivial, un tal Alberto Ruiz-Tagle/Carlos Wieder/Jules Defoe, es el antagonista perverso que va liquidando gemelas e inventándose heterónimos para evadir el pasado.

Roberto Bolaño

Bolaño narra con prosa rápida y plagada de erudición literaria y cultural, hechos que arrancan en 1971 poco antes del golpe de estado en Chile.

Antes de ser el aviador militar que va desplegando poemas de humo por los cielos de Concepción y Santiago, Carlos Wieder es condiscípulo de Arturo B. y su amigo Bibiano O’Ryan en el taller de poesía de Juan Stein. Y es también la antítesis del poeta latinoamericano promedio: guapo, elegante en el vestir, distante en el trato con sus condiscípulos; además de preferido por las solicitadas gemelas Garmendia, y por tanto envidiado por todos. Pero luego cuando todo se desmadra con el golpe de Pinochet, el personaje hace un giro demoníaco y se convierte en un esbirro, un paramilitar asesino y delator al servicio de la dictadura.

La novela es un vector que se dibuja hacia adelante y nunca para. A los no iniciados es preciso advertir que, pese a los párrafos extensos y pródigos, la disposición equilibrada de oraciones largas, medianas, cortas y subordinadas, hacen que, en cierta manera, la lectura sea digerible y amena. Eso sí, es recomendable ir con atención: lo subliminal e irónico de su estilo lo merece. Por lo demás, es saludable prepararse para la plétora de referencias bibliográficas, históricas, geográficas y biográficas (es Bolaño por supuesto). Y las evocaciones de una suma ingente de revistas y publicaciones literarias váyase a saber si reales o inventadas. Algunas de estas referencias son reconocibles, sobre todo las que atañen al paisito de marras nuestro. Por ejemplo, el relato del personaje de Juan Stein luchando con los sandinistas en el Frente Sur en la guerra del 79; y las referencias a Ernesto Cardenal cuando el narrador atestigua que Juan Stein es influido por su poesía y la de Nicanor Parra.

Wieder es el quimérico poeta de ultraderechas, pretencioso y egocéntrico que asegura que «en las guerras internas los prisioneros son un estorbo»; y que va divulgando entre sus cortesanas que va a «hacer una poesía» que revolucionará la escena literaria chilena. Pero nada de eso pasa porque tras entreverar su condición criminal en la extraordinaria escena de las fotografías escabrosas, luego se pierde por el mundo.

En la última parte de la novela se da la búsqueda de Carlos Wieder por parte Abel Romero, un inspector de policía del tiempo de Allende, quien, retirado, venido a menos, y contratado por no se sabe quién, va tras sus pasos con ahínco javertiano.

Es de notar como Bolaño desarrolla historias apéndice de un modo magnífico: las correrías de Juan Stein en Nicaragua y El Salvador, y la vida estrambótica del sin-brazos Lorenzo; el artista y bailarín homosexual que muere de sida.

Estrella distante, anterior a Los Detectives Salvajes, es una excelente lectura para distanciarse de cualquier cosa un domingo de noviembre de 2021.

Las margaritas del mantel

Cecilia y Fito

«Te vi, juntabas margaritas del mantel

ya sé que te traté bastante mal

no se si eras un ángel o un rubí

o simplemente te vi». Fito Páez

Cuando escuchó por primera vez Un vestido y un amor caminaban a paso moderado y en total silencio. Los dos vista al frente, ignorándose. Como si lo transcendental de la caminata solo fuera evitar chocar con algún despistado.

Se habían citado en la cafetería de siempre y les fue mal. Qué desperdicio. Una oportunidad reducida al tiempo que tardaron en tomarse los cafés. Cuando él se atrevió a tocar el asunto, ella se fastidió: «Mejor dejémoslo estar, vos. Ya es tarde. Y me va a dejar el bus». El bollo de elote, el habitual, el de costumbre, quedó intacto.

Y avanzando en silencio llegaron al portal desde donde salía una voz de contralto acaballada sobre los acordes de un piano destemplado, un piano que a él le pareció un viejo Steinway:

Te vi, juntabas margaritas del mantel. . .

Él no lo supo entonces, pero aquella melodía iba a quedar incrustada en el software de su memoria con impunidad troyana, esperando el momento oportuno para hackearlo, para joderlo.

Y los años pasaron y pasaron hasta que una noche escuchó las estrofas en el canal HBO en la voz sostenida de un Caetano Veloso en sepia. Un Caetano con coleta y orquesta de cuerdas. Por supuesto que se acordó de ella. De aquella mujer que le hizo pedir el bollo de elote solamente para dejarlo entero. Cómo no acordarse. Claro que la imaginó. Sin embargo, pasado una saudade repentina, solo quedó en su cabeza dándole y dándole vueltas la hermosa melodía.

Lo relatado hasta aquí es parte de la historia de amor de un hombre con una canción. Una canción archi famosa y no por eso menos apreciable.

Ese hombre, que podría ser yo mismo pero que en realidad fue un amigo muy querido, con los años se mudó a un pueblo remoto en donde poco se sabía del mundo más allá de las montañas que lo circundaban. Eran los noventa y aunque recién habían instalado la televisión por cable, aún no existía internet y menos Wikipedia. Así que debió tragarse la curiosidad por saber los pormenores: compositor, versiones, tonalidad y otros datos como el año de publicación de álbum. Esas cosas que solo interesan a los melómanos maniáticos.

Luego una vez se hizo la internet supo que la había escrito Fito Páez, y que se había publicado en el álbum El amor después del amor en el año de 1992. Y ahí mismo, en el ciber en donde averiguaba el pedigrí del tema, en Wikipedia por supuesto, le pidió al chavalo encargado que le descargara la versión de Caetano para escucharla en su teléfono Sonny Ericson. Y también la de Fito, pero esa en vivo, le dijo.

Un vestido y un amor, según el propio Páez, nació de un tirón después de una noche de farra junto a Charly García. Una ocasión terrible en que su novia Cecilia Roth al verlo llegar desbaratado le dijo: «Mirá, en este momento te retirás de mi vida y de mi casa».

Cuenta Fito en un vídeo de YouTube que estando él a punto de dar la media vuelta, su novia cometió el error de meterse al baño y tardar más de una hora. Tiempo suficiente para que el músico, aun con la tremenda juma encima, inventara la semejante música y letra.

Cuando Cecilia por fin salió del baño, él le propuso una tregua:

«Mirá, escuchá, te hice esta canción, si te gusta me quedo».

Y se quedó por diez años más.

Un vestido y un amor habla del tiempo en que Fito Páez conoció a la actriz; de cuando ella se exhibía con un vestido hermoso y un amor, pues aún estaba casada; y de los encabes como ese de perdérsele toda una noche en bacanal. Aunque en la canción le aclara que si se le pierde, pues es por. . . solo un rato no más.

A nosotros nos resta ir por una cerveza y escuchar a Fito. Salud pues.

Luis Enrique, canción de tumba

Dos hombres jóvenes lloran y se confortan el uno al otro. El abrazo es fuerte pero tierno a la vez. Alrededor de ellos hay un séquito de familiares, amigos y algún policía o guardaespaldas. Hay cámaras y periodistas también.

El sitio es una sacristía. Un tabernáculo. Es la Basílica de San Sebastián en Diriamba, Nicaragua y los protagonistas son los hermanos Luis Enrique y Francisco (Matún) Mejía López. La secuencia es un fragmento de una crónica audiovisual emitida por una cadena hispana de los Estados Unidos, con motivo del retorno del músico Luis Enrique Mejía López a su natal Nicaragua. Hecho ocurrido allá lejos a inicios de la década de los noventa. Es una escena extraña y surrealista que recuerdo mientras leo Autobiografía, el libro de memorias de Luis Enrique, el cantante de salsa. (HarperCollins Español, 2017).

Despuntaban los veinte de mi generación entre finales de los ochenta y comienzos de los noventa y recién librados de la aventura obligada del Servicio Militar por la guerra civil de turno, pues había que aferrarse a ciertos referentes.

Para nosotros, músicos bisoños de entonces, Luis Enrique era el modelo ideal porque además de cantante reconocido e instrumentista virtuoso era de los nuestros, pinolero, nicaragüense (la condición más importante para nuestro chauvinismo necio).

Desde entonces unos han cambiado el beis por el fútbol. Otros el idealismo por la corruptela. Unos han dejado de fumar y cambiado de nacionalidad. Otros siguen enamorados de “elegidos” y “unicornios” y algunos, los menos, se han olvidado de casi todo. Por mi parte, además de abjurar del béisbol, el cigarrillo y el romanticismo trova entre otras cosas, pues también dejé de un lado la salsa como banda sonora. No creo que, a estas alturas, me atreva a comprar y escuchar todo un disco con 10 canciones de pura salsa. (¿Se hacen discos completos todavía?) Pero pese a las transmutaciones que nos va imponiendo el tiempo, se salva el respeto por ciertos modelos artísticos de nuestros años jóvenes.

Luis Enrique Mejía López (Somoto, Madriz, 1962), es acaso el mejor intérprete de música popular del país (considerando su virtuosismo como percusionista e instrumentista diverso), pero en su historia, además de éxito y fama, hay abuso infantil, destierro y abandono parental.

Al inicio la narrativa de Luis Enrique nos lleva por un mundo generoso, uno de cosas buenas, de olores, sabores y reminiscencias entrañables. Es el Somoto de los sentires. Es el mundo de los abuelos, de los tíos músicos y de la ingenuidad. Pero ese universo se vaporiza tras el divorcio de sus padres que es cuando aquellos dos niños son puestos bajo la tutela del tío abuelo cura. Un viejo venido desde el medioevo. Un tirano bastante avezado en infligir castigo, humillaciones, y dolor físico y emocional. Sin embargo, esos días de Diriamba apenas serían el punto inicial de una vida azarosa.   

Veintitantos años después se atisban las claves. Las causales ocultas tras el llanto de los hermanos Mejía López en la iglesia de aquel vídeo. Entonces la escena del baptisterio toma sentido.

A través del lloro de los hermanos se drenaba un sufrimiento postergado de dos niños de apenas nueve y siete años. Un sufrimiento que afloró apenas esos mismos niños, ya hombres, traspasaron el umbral de la basílica de San Sebastián.

Sin sutilezas Luis Enrique escribe sobre su búsqueda menos fructífera: la de su madre. De su viaje hacia la ilegalidad; de sus soledades, miserias y pobrezas. De la intemperie. Del abandono. Desde la atalaya de la madurez, no tiene reparos en ir desde el Somoto sereno de su niñez hasta la zozobra del inmigrante en la ciudad enorme. Sin dejar de lado el desgastante ir y venir tras las huellas de esa su madre inasequible.

Luis Enrique Mejía fue el más talentoso de los discípulos del maestro Wesley en la High School de La Serna; luego fue ganador del Grammy gringo y de tantos premios más. Pero en sus memorias, es sólo un tipo cualquiera que se desnuda sin ambages. Que exhibe la materia prima emocional a partir de la cual se formó el mismo como intérprete. Como buen autor. Cómo el músico de sesión destacado.

Son sus demonios y querubines desfilando por igual, con nada de pudor. Son sus claroscuros más íntimos en vitrina.

Leyendo Autobiografía de Luis Enrique me viene a mente una buena novela del escritor mexicano Julián Herbert: Canción de Tumba (Literatura Random House, 2011). Al igual que el protagonista-narrador de la novela de Herbert, Luis Enrique desvela sus secretos más amargos, aquellos que tienen que ver con su ascendencia vital, aquellos de los que en teoría no se puede blasfemar, al menos en público. Y por supuesto que Luis Enrique no lo hace. En verdad no reniega. No impreca los deslices y omisiones maternales. Solamente con responsabilidad fría, lo desvela todo en un notorio afán de contrición. De desahogo.

El libro está bastante bien escrito. La edición es cuidada. Tanto como para admitir que Luis Enrique Mejía López, el salsero, ha comenzado con responsabilidad y respeto otro oficio, el de escritor.

El tirador, autobiografía en cuentos

Un libro de Adán Torres

Adán pone el ojo, apunta, dispara. Apenas suena el estampido del balazo, sale en barajustada detrás de su amigo Eulalio para recoger la pieza de caza.

Así fue, pero…

Cuesta figurarse al músico y compositor Adán Torres tomando puntería con un rifle. Y es que la idea que uno tiene de Adán es la de un artista cariñoso, o de un pacifista obstinado que una vez hasta se contrapunteó con un sujeto que llegó a quererlo obligar a coger un arma para matar hermanos.

Es más sencillo divisarlo absorto, inclinado sobre el escritorio de su casa afinando un fusil más pequeño: el lápiz con el que desde el parapeto de su cerebro dispara palabras y frases.

El Tirador, autobiografía en cuentos, (Managua,Cinéma Editions, 2021), es quizás un libro de anécdotas más que de cuentos. Pero el que sea lo uno o lo otro, sale sobrando porque lo que sí realmente importa es que Adán, en esas sus historias, nos agarra de la mano y nos jala a través de un espacio-tiempo coloreado en sepia terroso; y al suave, nos va llevando por un viaje pringado de garúas y espolvoreado de olores y sabores de pueblo y de monte.

Con lenguaje coloquial nos deja ver vivencias que destilan nostalgia perra; aquella nostalgia que no te suelta por nada del mundo vayás donde vayás. Una cabanga que se va desprendiendo de las páginas del libro despacito, despacito; con la idéntica suavidad con que el olor caliente del pan dulce se escapa del horno de barro de la panadera.

Desde lo bajo de la prosa honesta de Adán van supurando emociones. Sentires que se desplazan de la risa al lloro: por su familia, por su gente, por sus amores y amistades, por el desencanto y la tragedia de su pueblo. Todo rejunto en un padecimiento perpetuo. Pero, ¿habrá algo que a Adán le duela más todavía? Quizá. Quizá que le hayan escamoteado su destino natural: vivir y morir en su Nicaragua apacible.

Los primeros años de Adán Torres. Los años de su país. Los años de Nicaragua; esos corretean inocentes entre las páginas de El Tirador. Y aunque todo el tiempo escribe en tono distendido y jocoso, se nota que al viejo compositor todavía se le retuerce el alma con el recuerdo de las cosas.

La edición, arte y cuido de El Tirador son impecables. El prólogo de Erick Aguirre Aragón, generoso. Al tacto y a la vista es un libro guapo; y eso ya es mucho, sobre todo aquí, donde no somos muy adelantados en estética editorial.  

Tijerino, carta al padre

Querido padre: Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo. Sé que este intento de contestarte por escrito resultará muy incompleto.

Kafka, Franz (Carta al padre)

Ahí está. De pie sobre la tarima. Expuesto. Esperando los fajazos que va descargar sobre su espalda don Gustavo, el padre enardecido. Es posible creer que para evadirse aprieta los ojos: truculencia inútil porque el escarnio de ser flagelado delante de vecinos y compinches es inevitable.

Es un niño y se llama Edgar, pero para su padre es el chavalo díscolo, el dolor de cabeza. El rapaz que recibe su merecido por la vagancia del día.

Cuando el cronista deportivo Edgar Tijerino anunció que en diciembre de 2020 saldría la continuación de sus memorias «Yo, Vago», para quienes no las habíamos leído era el momento de ponernos al día.

Igual que Claudio, el tartamudo emperador romano, Tijerino escribe con coraje de esto y lo otro; de sus carencias y virtudes; de victorias, dolores y derrotas; y con pasmosa franqueza tanto de las consonancias como de las disonancias familiares.

Expone en Technicolor la tribulación de un divorcio, su quijotesca ingenuidad política, y el amor: ese que lo ha mantenido aferrado a la misma mujer por más de cuarenta años con la idéntica fuerza y entusiasmo de aquel lejano primer día, cuando ella fue su tabla de náufrago.

En cada página de «Yo, Vago», se trasluce la duda del individuo astuto. La curiosidad perenne de quien sabe de sus limitaciones, pero no retrocede. La habilidad del que sabe salir airoso tanto del dolor como del error por igual.

El capítulo sobre la hosquedad de un padre autoritario y machista es agudo. Son párrafos incómodos. Adoloridos. Pero a la vez extrañamente hermosos. El puente caído que fue la relación con su padre, Tijerino lo restaura desnudándose. Revelando el embarazo de ser visto como proveedor, más que como hijo, Edgar parece dejar todo atrás, en una higienización de la casa, los pensamientos, los recuerdos. Distinto de Kafka, el cronista no recrimina a su padre: solo trata de entenderlo.

Una vez pagada la factura por casi enloquecer a sus padres, como el agricultor que zarandea el lodo necesario de las botas después de la faena, Tijerino se arranca las costras del alma.

¿Y lo logra?

Pues… digamos que sí, porque al final, bajo la punta del iceberg de su escritura, el viejo cronista insinúa la manida máxima de: ¿acaso no es lo mismo dar que recibir? ¿Acaso no soy feliz después de todo?

Amado, o quizás odiado por algunos, Tijerino es un relator de raza y aptitud. Pero como de su éxito y suerte se ha dicho tanto ya, estas líneas son solo una mirada al niño y al muchacho, al hombre tras la confidencia. Al veterano que se ufana de la correlación entre lo que predica y lo que hace; y que aglutina en el mismo saco tanto la perfidia como la amistad, el endurecimiento como el placer, la anuencia como la polémica. Un todo que mastica y rumia y que quizá sea la fuerza vital que lo empuja todos los días a escribir y hablar sin tapujos.  

Años de vinilo y radio

Sí, de haber comprendido que aquél era el momento más feliz de mi vida, nunca lo habría dejado escapar.

Orhan Pamuk

Lo llamaré Cayetano.

Y ya cuando dejó de llover y se iba le dije:

—Dale bróder. Me da gusto que estés bien.

A Cayetano me lo encontré en la cafetería del supermercado esperando a que pasara la lluvia. Pese a que hacía muchos años que no nos veíamos, la conversación fue rápida. Pero lo necesariamente útil como para saber que mi antiguo amigo de la infancia y yo, apenas compartimos algunas ideas y conceptos. En lo demás somos antagónicos. Casi enemigos. 

Todo el rato habló y habló con mucha queja. Y yo no tuve más remedio que escucharlo y afirmar una y otra vez:

—Ajá. . . Sí. . .Tenés razón. OK.

Así, cuando vi que sólo él quería hablar dejé de ponerle mente y comencé a hilvanar la idea de que nuestra generación podría dividirse en dos estereotipos. Dos bandos con maneras distintas de gestionar los recuerdos: los formales y los triviales. 

Los primeros ubican sus recuerdos por su cercanía a guerras y cruzadas santas. En ese bando está mi amigo. Los otros, seríamos nosotros los vagos. Los superficiales. Esos que hemos demarcado la línea del tiempo de nuestra existencia con señas emocionales.

Por ejemplo, me acuerdo exactamente la canción que sonaba en la radio al momento en que interrumpieron programación para informar que habían matado a Somoza en Paraguay.

Del vendaval que estuvo cayendo mientras devoré “Cien años de soledad”. De mis pies lacerados y enfermos mientras veía por televisión la primera visita del Papa Wojtyla.

Del palo de mandarinas bajó el cual mi padre me dio a leer “Rebelión en la granja” el libro de George Orwell fundamental para mi sobrevivencia en tiempos de servicio militar; y para aprender a dudar de ideas y hombres de un solo rumbo.

A los días del encuentro con Cayetano vi en facebook una fotografía curiosa. Una instantánea donde Camilo Sesto, José José, Rocío Durcal y Juan Gabriel posan relajados. Una imagen demasiado sugerente, dolorosa quizá. Y pensé: los artistas contemporáneos a mis padres se están extinguiendo.

A mi padre le gustaban los Bee Gees, ABBA y Juice Newton. Y también Julio Iglesias. A mi madre le gustaba Leo Dan y creo que también Los Iracundos. Una de las canciones preferida de mi padre era «Angel Of The Mornig». Y cada vez que esa canción de Juice Newton sonaba en la radio mi padre subía el volumen del gran aparato Phillips. Un radio antiguo de tubos al vacío y color caoba.

En ese entonces me resultaba curioso que mi padre, un músico humilde y que no sabía ni pizca de inglés apreciara la música en ese idioma. Lo entendí mejor cuando una ocasión él mismo me dijo: “a la buena música con la melodía le basta”.

Recuerdo especialmente un domingo:

—Andá haceme un mandado —me dijo mi padre—. Andate a la discoteca y me comprás un disco: “Angel of The Morning”. 

Juice Newton

Fui por el sencillo, es decir un disco de 45 revoluciones por minuto, con dos canciones. La cara A con la canción que le gustaba a mi padre; y en la cara B la canción de relleno.

Sin embargo, al llegar a la tienda, el disco con la canción que mi padre quería ya no estaba. Se había agotado. Entonces me tomé una pequeña licencia. Un atrevimiento.

Sin medir las consecuencias pedí a la dependienta que me empacara otro disco. Disco Deewane, de la cantante paquistaní (ahora lo sé) Nazia Hassan. Por alguna razón esa era una de mis canciones favoritas a esos diez u once años míos.

Nazia Hassan

Queda para la historia, mí historia, el enojo de mi padre ese domingo.

En aquellos años, además de las radioemisoras, el otro medio para escuchar música era el aparato de sonido: fuera este un tocadiscos o tornamesa o consola o, más tarde en el tiempo, la grabadora de casetes. Sucedía entonces que todos, grandes y pequeños, teníamos a fuerza que escuchar la misma música, las mismas canciones. Y sobre todo porque las emisoras, casi totalmente, sonaban el mismo hit parade.

Entrañables el carraspeo de la aguja sobre los vinilos; la dureza táctil de los forros de cartón en que venían empacados los discos LP; la suavidad de las fundas de papel en que se guardaban los discos sencillos de 45 RPM; y el olor de los tubos al vacío del radio receptor una vez calientes.  

Mi generación debió escuchar sí o sí a Camilo, a José José, Raphael, José Luis Perales, Los Iracundos, Rocío Durcal, Juan Gabriel; a Mocedades, Nicola Di Bari, Juan Bau, Nino Bravo y todo el rollo de cantantes españoles y latinoamericanos. Además de la parafernalia de canciones anglosajonas y europeas que iban del rock, el pop y la denominada música disco. De tal modo que a fuerza de repetición llegamos a memorizar versos cursis pero que en aquellos años viejos sonaban a romance, a amor, a ambrosía total. Líricas que nos invitaban a imaginar desinfecto e inodoro los enchufes del amor de pareja.

Ahora que los años han comenzado a escurrirse sin control, aquellas viejas melodías enzarzadas entre arreglos orquestales ampulosos siguen siendo parte del paisaje sonoro radiofónico porque parece que el pasado nunca se fue. Y menos ahora —en tiempo de parlantes móviles vía bluetooth— que se reproducen las playlist de Spotify y YouTube casi que en el mismo orden de la foto de Camilo, José, Rocío y Juan.

Estas playlist personales no son “homenajes” comerciales descarados. Son solo sinceras deferencias de gente de colonia, gente de barrio. Personas con nostalgia, con más o menos resignación ante el inminente paso del tiempo. Parejas de abuelos, de padres, de seres humanos que rinden homenaje a sus trovadores.  A esos sus artistas que legaron una banda sonora existencial que gracias a la tecnología es imperecedera y ubicua.

Me satisface hacerme al lado de la trivialidad. Del lado de la gente de la edad de mis padres, de esa gente vieja que aún sufre la inquina de lo formal, de lo maldito.

Todas esas canciones «del recuerdo» continuarán ahí pululando hasta quién sabe cuándo. Quizás hasta cuando seamos capaces de desechar la ilusión, el acomodo. El lugar común ese que habla de la felicidad como cualidad de tiempos idos. La quimera que nos hace afirmar lo felices que fuimos cuando no nos enterábamos de nada.

¿Y Cayetano? Sí. Cayetano se fue en cuanto terminó de llover. No sin antes tratar de decirme que yo solo de pajas hablaba.

Una Almohada para José José

Historia de una canción, de un exiliado y de una almohada

Holbein Sandino

1
El último vuelo de La Nica, la línea aérea del dictador Anastasio Somoza Debayle, despega sin problemas. Ahí, con Carmen Marina, su hija de nueve años sobre las piernas, pegado a la ventanilla y con los ojos encharcados, va el compositor Adán Torres, presintiendo que ésta será la última vez que podrá ver la cornisa oriental del Xolotlán. El desdichado lago que en forma de ocho se exhibe extrañamente limpio, pero desolado.

A un lado Marina Moncada, su mujer, con el cutis barnizado por las lágrimas resecas y acurrucando a María Verónica, su otra hija de ocho años, percibe la tristeza de Adán, y desatendiendo la propia, lo consuela: “vamos a volver, vamos a volver algún día”.

Horas antes, en el aeropuerto Las Mercedes de Managua, la pareja creyó que sería imposible salir del infierno en que se había convertido aquel país inevitable.

2

Es la tarde del diecisiete de julio de mil novecientos setenta y nueve: un día aciago y claroscuro para unos; alegre y luminoso para otros.

La aeronave va repleta de niños, ancianos y mujeres y hombres abatidos. Han sido desplazadas las butacas de la parte final del avión para acomodar a cinco oficiales heridos de la Guardia Nacional de Somoza, que se quejan insonoros; solamente arrugan los rostros mientras soban los vendajes supurantes y llaman sin parar a las azafatas que hacen de enfermeras. Uno de ellos es conocido de Adán desde los tiempos de estudios en el Colegio Bautista.

“La escena era dantesca”, diría su esposa Marina décadas después.

Algunos pasajeros ríen nerviosos, quizás celebrando una segunda oportunidad. Parece un arca donde los ejemplares que perpetuarán la especie tras la hecatombe son salvaguardados.

Adán baja la persiana plástica. Se desinteresa de la panorámica y rememora la persistencia de su mama Carmen; el privilegio de poder decir tengo dos padres; la imagen de un venadito balaceado que desde los quince años le indujo el amor por la cacería; los viajes post terremoto a la casa de su papa Humberto en Estelí; y la alegría de sus alumnos y colegas en el Instituto Tecnológico de Granada.

Evoca las visitas a Marina, las tardes compartidas de matinée y la primera vez que advirtió su perfil blanquecino parecido (pero mejor delineado) al de Jackie Kennedy-Onassis.

También se acuerda de la íngrima noche en California cuando creyó abrazarla, llenarla de besos, de caricias ansiosas y mustias; cuando todo era claro, certero, real y luego, como en un relato fantástico despertó y solo estaba la maldita almohada. Se ve concentrado en la página donde escribió la primera estrofa de una extraña canción sin coro o estribillo que repetir.

Una tonada unidimensional. Ascendente como ola.

Unigénita.
Perfecta.
Su Almohada.

Pero lejos está de augurar que aquella canción ignorada en el Festival OTI Nicaragua 1977, llegaría a ser una de las composiciones imperecederas de la música popular en español, y una de las tonadas más interpretada por artistas como José José, Mark Anthony, Cristian Castro, Tito Nieves, Pepe Aguilar y otros, porque ahora, en el vuelo que lo aleja de su tierra, su mente se enreda en los despropósitos de las últimas horas.

3

Había trasladado a su familia al aeropuerto el día dieciséis por la tarde desde su casa en Piedra Quemada, con las balas silbando sobre su cabeza. Todos, incluso su padre biológico, don Efraín Huezo, que fue con la misión de regresar con el carro a casa, habían viajado aterrorizados.

Llevaba cuatro pasajes que su hermano mayor le había remitido desde Los Ángeles, sin embargo al llegar al aeropuerto, supo que en los pocos vuelos que faltaban ya no quedaban asientos disponibles. En el vestíbulo de la terminal, la escena mostraba rostros ojerosos y suplicantes. Todos buscaban un sitio. Familias enteras se abrazaban entre plegarias y rezos.

Querían huir.

Volar.

Escapar de aquel armagedón.

Agobiado, con su familia guarnecida tras su porte gigante y patriarcal, Adán no pudo perdonarse el haber esperado tanto tiempo para escapar de Nicaragua.

Esa intención, que estuvo guardada en su cabeza desde que un compañero de trabajo lo amenazó de muerte, la había rumiado por meses; pero siempre eludió la idea de trasplantarse en aquella sociedad robótica e impersonal a donde algunos años antes había ido a prepararse.

—No me interesa la guerra, soy un profesor, un técnico, un autor de canciones; un artista que solamente quiere ganarse la comida de su familia —le dijo Adán al sujeto cuando éste le ofreció una metralleta para unirse a la guerrilla.

—Pues entonces burgués baboso, si no la aceptás con ella misma te vamos a pasar la cuenta cuando hayamos  triunfado —lo sentenció el tipo.

Adán sintió miedo. Impotencia. La seguridad de su familia estaba en peligro. La tranquilidad por la que había renunciado a tantas cosas se esfumaba. Todo le parecía absurdo.

El sacrificio que significó estar ausente durante los irrecuperables años núbiles de su mujer; no gozar de los llantos primerizos de las niñas; privarse de los  paseos y cacerías en la floresta segoviana; excluirse de las guitarreadas y tertulias con sus amigos de Los Rockets (su banda de la adolescencia), no habría tenido sentido si aceptaba aquella propuesta idealista.

Tanto le dolió abandonar sus rutinas más íntimas cuando se marchó a estudiar mecánica automotriz al International Technical School de Los Ángeles, que la opción intimidante del desarraigo le había hecho posponer la huida cada vez que lo pensaba. Entonces creyó que la situación iba a mejorar y no fue así: se había equivocado.

4

En el avión, Adán ve ahora lejana e irreal aquella disyuntiva. Y para no pensar más, suaviza sus facciones buscando provocar una tímida sonrisa de su mujer, quien corresponde, pero un segundo nada más, porque enseguida ella vuelca su atención hacia el sosiego de las niñas. Aquel gesto le distrae, pero no puede dejar de rebobinar los recuerdos recientes de cuando su amigo, el chino Jorge Wong, tras reconocerlo en medio de los que pugnaban por un espacio, promete ayudarlo. Aquel hombre, aún influyente, tenía sus “contactos”.

—Déjenme ver que hago por ustedes —le dijo.

Al rato Wong volvió animado:

—Dos sitios, Adán. Sólo dos sitios están disponibles porque unos pasajeros no han podido llegar hasta el aeropuerto por los combates, pero el vuelo será mañana en la tarde y ustedes deberán llevar chineadas a las niñas.

Esa noche se percibió ralenti por el traqueteo de las ráfagas que llegaba desparramado por el viento hasta el interior del edificio como música de un chinamo diabólico; entre tanto, Adán y su familia, acostados todos en el piso, no pegaron pestañas mientras en la madrugada por la puerta trasera Somoza, su amante, y toda la cohorte, escapaban.

5

Un movimiento sugerente de su hija en brazos le interrumpe los recuerdos, mientras la acomoda, busca otra vez la mirada de su esposa, quien ahora no sonríe. Ella lo ve retraída y le dice:

—Pobrecitas, ha sido demasiado.

Las dos niñas habían protagonizado un evento que los pasajeros de aquel vuelo no iban a olvidar por mucho tiempo.

Para sortear el tedio de esperar y esperar la salida del avión, Adán había sacado su vieja guitarra para repasar algunos acordes. Lentamente llamó la atención de la gente en los pasillos y fue cuando Wong le dijo:

—“Caballón”, cantate aquella canción tuya, a la que le robaron el primer lugar en el OTI.

—Ay hermano —le respondió Adán, condescendiente al escuchar el mote cariñoso con que lo nombraban sus amigos de toda la vida—, hoy no estoy para cantar, mejor que lo hagan mis hijas y yo las voy a acompañar con la guitarra.

Fueron minutos dulces. Tras los primeros punteos las dos vocecitas se elevaron unísonas hasta el techo en volutas flameantes, que Adán imaginó como la escalera del ADN:

«Amor como el nuestro no hay dos en la vida, por más que se busque, por más que se esconda/ Tú duermes conmigo toditas las noches, te quedas callada sin ningún reproche/ Por eso te quiero, por eso te adoro; eres en mi vida todo mi tesoro/ A veces regreso borracho de angustias, te lleno de besos y caricias mustias. . .»

Cuando las pequeñas llegaron al final hubo lágrimas, aplausos y felicitaciones. Y el ambiente graso de aquel galpón que hacía de terminal aérea se aligeró.

Unos periodistas mexicanos que desde cierta distancia habían disfrutado la performance se arrimaron al molote y extrañados, preguntaron a Adán que dónde había comprado el disco.

—Cuál disco —respondió Adán, mientras metía la guitarra en su estuche.

—Señor, esa canción la grabó hace poco José José —contradijo uno de los periodistas.

—Esta canción es mía, yo la compuse, y sí, se la di a José José la última vez que vino a Nicaragua. Pero a pesar de tener su promesa de que la grabaría, nunca pensé que sería tan pronto. Es más —continuó— no me hice tantas expectativas.

—Pues felicidades mano —dijo otro de los periodistas, incrédulo y burlón —su rola ya se escucha a nivel internacional y nada menos que interpretada por el gran José José. Vaya a buscar a Chepe para que le dé la lana.

Pronto Adán olvidó la buena noticia que le dieron los corresponsales mexicanos que cubrían la guerra. Sólo ahora, a miles de metros de altura y revolcando los pensamientos, cae en la cuenta de lo que eso significa. Imaginar su Almohada convertida en un éxito musical, afloja el ahogo que le causa dejar para siempre su país, donde asegura, vive “la gente más dulce del mundo”.

Y sigue repasando tantos momentos vividos con esa su gente (que con los años visionaría tan a la deriva como las vidas de él y su familia en el avión) hasta cuando se escucha por el intercomunicador,  la voz gangosa del capitán anunciando el aterrizaje. Los pasajeros se desentumen y desciende la tensión de una jornada intensa y amarga.

Al bajar en el aeropuerto de Miami, agotados, con el aliento avinagrado, y avergonzados por la aún sangrante cicatriz del destierro, Adán y Marina topan con la realidad de sólo doscientos dólares en la bolsa y dos niñas hambrientas. Buscan un hotel barato donde poder descansar, y esperan el día siguiente para viajar a California.

6

Desde aquel viaje han pasado ya más de treinta años, pero en la mente de Adán y Marina, las imágenes, sentimientos, y hasta los olores de aquellos días, aún pinchan sus sentidos.

Cuando conocí a Marina Moncada en una tertulia en Managua no pude aguantarme las ganas de preguntarle si ella era la musa que había inspirado la famosa Almohada.

—Bueno. . . sí. . . pero mejor te voy a poner en contacto con Adán para que él mismo te lo cuente todo. —Me contestó.

Y es así como ahora estoy en un restaurante Denny’s de un suburbio angelino, desayunando con Marina y Adán, quienes distendidos, igual que si estuvieran con un amigo de siempre, me han ido relatando esta historia.

Cerca de ahí, queda la planta lechera de la cadena de supermercados, donde Adán consiguió empleo a los pocos días de haber llegado. Ese fue su único trabajo en el exilio hasta jubilarse.

En una pausa entre tantos recuerdos mencionan a Jorge Adán, el hijo de veintiocho años nacido en Estados Unidos quien también canta, toca el bajo y compone.

El compositor luce como un abuelo cariñoso y conversador. Con el bigote y los cabellos platinados, a sus casi 67 años se ve fuerte, erguido y sin señas de cansancio.

Mientras habla, respalda lo dicho rayando arabescos invisibles con las aspas de sus brazos. Su oralidad engancha. Me revela que desde joven ha sdo un fanático del diccionario, y que escribió un libro de cuentos y poemas inédito titulado El cazador.

Adán ha regresado a Nicaragua sólo dos veces desde aquel 17 de julio: en 1999 y en el 2001.  En cambio su esposa no supera la lejanía.

Las maneras, acento, y el agradable voceo de esta pareja revelan una nacionalidad a la que extrañan y aún lloran. Sin embargo, por ahora, él no quiere volver. Le deprime la miseria, le arrecha la injusticia, y todavía recela de muchas situaciones de una Nicaragua, según él, incorregible.

Mientras ellos sin prisa, predispuestos por un cómodo retiro gringo me platican sus vidas, llega a mi mente la cadencia inicial del arreglo que Tom Parker confeccionó como traje a la medida, para una pieza que ha sido tema de fondo en la vida de serenateros, bohemios, mariachis, filarmónicos de escuela, melómanos aguardentosos; y mujeres y hombres acabangados.

Con aquella melodía sonando en mi cabeza, compruebo que no era invención urbana la anécdota de un compositor desconocido que de romplón y sin más ni más, le pide a un famoso intérprete que le grabe su canción:

“Fue en 1978 —narra Adán— , Marina y yo habíamos estado esperando a José José en el Lobby del Hotel Camino Real de Managua. Ya me lo habían negado varias veces pero tuvimos paciencia. Además, un  taxista al servicio del hotel me había dicho: aguantate que más tarde viene. Cuando al fin aparece José Sosa Ortiz, el gran José José, y me ve con la guitarra en la mano, como que le fui simpático; entonces va a mi encuentro y me da un abrazo cariñoso; hacé de cuenta y caso —me dice Adán poniendo su brazo alrededor de mi hombro representando aquel instante— que como de amigos. Entonces   —continúa Adán inspirado— , me dice José José: ¿En qué puedo servirte? Y le respondo que quiero que escuche una canción. Y es cuando él me sorprende diciendo: ¿Y el casete? ¿Trajiste la canción grabada en casete? Pues. . . no, le digo, sólo traje mi guitarra y me apuro a decirle que alguien había recomendado que estaba perfecta para él. ¿Y quién dijo eso? Me pregunta. Allí mismo —sigue Adán— aprovecho y le platico que cuando Lupita D’ Alesio fue jurado en el OTI nica del 77 me había prometido hablarle a él de la canción; y entonces José José se pone interesado y me contesta: Mira, mira; no tengo tiempo porque ya será hora de mi actuación de esta noche, pero vente a la habitación y la tocas. Ya en la habitación, —sigue relatando el compositor— mientras José se acomoda la corbata y se cambia de saco, le agarra por cantar pedacitos de sus canciones. ¿Verdad Marina que estábamos encantados? —Le pregunta a su esposa y ella responde: ¡Por supuesto! Vieras como exageraba la pronunciación de las vocales —me dice— , así ve. . . —y comienza a imitar al cantante: No dejabas deee miraaar estabas sooola. . . —cambia de tono—: Yo que fui tormeeenta. . . la, la, la; —vuelve a modular y canta otra vez—: El triste todos diiicen que soooy”.

Adán se detiene, traga gordo, y sigue narrando:

“Y entonces sentados en la orilla de su cama yo empecé a cantar la canción en tono de sol menor porque en esa tonalidad la compuse. Aunque después él la grabó en la menor. Y José José ni me deja terminar los primeros versos porque me interrumpe: Espérate, espérate, espérate; y se dirige a su manager y compañero de cuarto: ¿Hay casete en limpio en la grabadora? Sí, le dice su compañero, y tras preguntar mi nombre completo y el de la canción echa a andar la grabadora y dice muy formal: La canción Almohada, del señor Adán Torres. Después nos fuimos Marina y yo al Camino de Oriente a celebrar en la discoteca El Infinito. Y cuando volvimos a la casa a medianoche, nos encontramos con la sorpresa de que José José había llamado por teléfono. La canción le había gustado y dejó dicho con mi cuñada que en cuanto nomás volviera a México, la iba a grabar”.

¡Ideay Martín!

Martín Urieta Solano
Martín Urieta Solano

Al oyente algunas líneas de las canciones le funcionan como poesía, [porque] le iluminan seres, situaciones, secuencias personales. (. . .) De pronto, una canción ranchera es, por acuerdo de millones de personas, poesía popular. (Carlos Monsivais)

Están en una entrevista que transcurre íntima y cómoda.

Él es un hombre de edad. Un señor de ademanes lentos y venerables. Ella es joven y se esmera en demostrarle que lo respeta y lo quiere.

La periodista se llama Mónica y él, además de maestro de escuela es un poeta.

Pero no de esos de revistas literarias, festivales, premios y egos ergonómicos. No. A este señor le dicen poeta porque escribe canciones rancheras y tal como sugiere Carlos Monsivais a millones de personas que no leen ni conocen “poetas de profesión” les basta que alguien escriba buenas rancheras para llamarlo poeta.

Para cierta casta intelectual las canciones vernáculas sólo son modestas fórmulas creativas; pero en la existencia de las gentes comunes (¿La civilización del espectáculo?), éstas funcionan como infalibles pócimas emocionales.

El señor a quién entrevista la periodista Mónica se llama Martín Urieta Solano.

Años antes, en un pueblo del norte de mi país, alrededor de una mesa un consumidor afirmó con propiedad:

―Ese Martín que menciona Vicente Fernández en esa canción es su amigo y compañero de farras. El que le hace las canciones.

Los asiduos de mesa, amigos de tragos, lo escucharon atentos mientras en la roconola sonaba alto: “Acá entre nos, quiero decirte la verdad. . .”

Esa tarde me fui de la barra convencido de la veracidad de la anécdota, pues me había gustado mucho. Me sonaba tan verosímil que ni pensé de dónde podía haber tomado tal dato aquel campesino.

Hoy descubro la patraña. Durante la plática que don Martín está teniendo con Mónica Garza en YouTube se evidencia el chasco. Don Martín ha sido el compositor de muchas de las canciones de Vicente, pero no su cuate de juergas. La historieta resulta ser sólo una romántica invención.

Este don Martín Urieta ha escrito las canciones más populares de Chente. Aun así, la única referencia que el imaginario popular tiene de él es un pasaje hablado en el interludio de ese himno del despecho que es “Acá entre nos” cuando el charro lo menciona:

“Ideay Martín, no cabe duda que también de dolor se canta, cuando llorar no se puede”.

Quizás de ahí, a partir de esa frase, el bohemio se inventó la deliciosa imagen de Vicente y Martín macerando sus cuitas entre rolas y tequilazos.

Algunas creaciones tienen su germen en historias o experiencias personales, aunque en ciertas ocasiones podría suceder al revés: que la composición inspire leyendas apócrifas. Fábulas como la de Agustín Lara saltando del lecho nupcial para escribir María Bonita, durante su luna de miel con María Félix en Acapulco, o la que hizo popular la propia María Félix afirmando que José Alfredo había compuesto Ella en su honor. Todas historias al vuelo que la poética popular ha hecho sacrosantas.

Desde siempre el pueblo ha querido estar al tanto de las veleidades y aventuras de sus artistas más queridos. Pero cada vez que las noticias no son suficientes, el arcaico afán humano por el romance, la nouvelle, es decir la ficción, hace que la gente eche mano de la propia imaginación para rellenar las hagiografías de sus ídolos.

Martín Urieta Solano nació el 11 de noviembre de 1943 en Huetamo, Michoacán, y entre jodarria y respeto se persigna ante la sola mención de José Alfredo Jiménez: el del «mundo raro».  Para Martín, José Alfredo es “El santo patrono de la música ranchera”. Su referente.

En un conocido ensayo, Carlos Monsivais considera a José Alfredo Jiménez como «el poeta de la desolación marginal». Y Urieta, como buen discípulo da continuidad al lamento y a la desolación que lleva intrínseca la música ranchera a partir de José Alfredo. Canciones como «Mujeres divinas», «Bohemio de afición», «Qué de raro tiene», «Acá entre nos», «Te me vas al diablo», «Urge», «Mi vejez» y otras, han quedado al aire para corroborarlo.

Ahora vamos a la anécdota:

Durante mucho tiempo a Martín Urieta le entristeció saber que Vicente Fernández, en sus conciertos, anunciaba «Mujeres Divinas» como una canción de un compositor que ni conocía.

―Eso me dolía mucho. ―Confiesa Martín a Mónica Garcés en un momento de la entrevista.

Tiempo después cuando ya pudieron conocerse, Vicente a modo de enmienda le prometió que en la próxima canción lo iba a mencionar con creces. Así surgió el «¡Ideay Martín. . .!» de «Acá entre nos».