El hombre amansado o la fábula veraz de la indolencia

En el libro El amor líquido, Zygmunt Bauman, desde su posición de hombre blanco europeo define al extraño como un agente movido por intenciones que, en el mejor de los casos, podemos adivinar, pero de las que nunca podremos estar seguros. Y esa inseguridad ante el raro, el desconocido que refiere el filósofo, es la biósfera que Horacio Castellanos Moya construye alrededor del personaje de Erasmo Aragón, el protagonista de su reciente novela El hombre amansado publicado por Random House Mondadori (2022). 

Aragón es salvadoreño, periodista, historiador y profesor de español de mediana edad. Con ocho meses en Suecia, resiste el confinamiento con ayuda de fármacos y la compañía de Josefin. El fármaco, la piruxetina, lo resguarda de la depresión y la ansiedad; y Josefin, la enfermera sueca que se lo llevó de Merlow City, Wisconsin a Estocolmo, le facilita la quimera de una vida en pareja que se supone normal. Una vida que lo columpia entre la apatía, el acomodo y el absurdo: una vida de «perrito faldero».

Se gana algún dinero con las traducciones que le caen de vez en cuando a través de internet, y pasa los días entre el apartamento y los bares del barrio. Ahí comparte con otros dos expatriados —salvadoreño y colombiano— la única cerveza que puede permitirse y las noticias y recuerdos del país lejano. Aunque sigue tomando el ansiolítico con disciplina, de continuo tiene la sensación de ser perseguido y vigilado.

La historia de Aragón podría ser la de cualquier centroamericano que ha huido sin boleto de regreso. La realidad del que escapa sin derecho ni posibilidad de retorno, y que, al deslizarse por el barranco de la evasión no hace más que aferrarse al primer arbusto a su paso. Para Erasmo Aragón ese matojo es la europea que se apiada de su condición de perrito abandonado; la chela que se enamora del latino exótico sin calibrar ulteriores desavenencias culturales o de carácter, que harán a cada uno, pagar su parte de una factura exorbitante.

Han transcurrido tres años desde que llegó a ejercer como profesor de español en el Merlow College cuando el alud se le vino encima: con la idea de escribir la biografía del poeta Roque Dalton, aplica y gana una beca de verano para investigar en los Archivos Nacionales en Washington. Viaja y se hospeda por unos días en el sótano de una casa que encontró a través Airbnb. Pero no cuenta con la presencia de una adolescente guatemalteca con pasado turbio quien, posteriormente y en contubernio con un hermano marero, lo amenaza de acusarlo de abuso sexual si no entrega diez mil dólares. Y aunque luego las autoridades descubren que todo es falso, a Erasmo Aragón el escándalo lo cancela, lo demoniza, por tanto, debe abandonar su trabajo de profesor y por consiguiente los Estados Unidos. Pero antes le sobreviene una tremenda crisis nerviosa y debe internarse.

De su paso por la clínica le queda el trato con Josefin, quien a punto de regresar a su país tras finalizar un curso de especialización en la clínica de Merlow City, y al verlo en el limbo, le propone viajar a Estocolmo. Erasmo está que no se la cree: las amenazas, entre estas la de volver al caldero en ebullición que significa Centroamérica, se evaporan.

Aunque la novela no requiere preámbulos, es bueno anotar que fiel a la naturaleza unívoca de su obra, Moya da continuidad a uno de los personajes de Moronga, otra de sus notables ficciones. Esta vez, la conciencia del protagonista como personaje omnisciente, es la voz narrativa de la historia. Y este recurso resulta tan eficaz que por instantes nos da la impresión de que uno mismo es Erasmo Aragón en su laberinto; Erasmo Aragón perdido entre la tristeza y la orfandad de la ciudad enorme, de la ciudad perturbadora y sus almas indiferentes.

Con maestría de viejo zorro, Castellanos Moya exhibe en una novela corta y poderosa, la miseria de millones de tránsfugas que van y van, pero ya no vuelven nunca.

El hombre amansado es la fábula de un tipo completamente apabullado por sus propias paranoias. Un ser humano empequeñecido por el pesimismo y la indolencia. Es decir, un aplastado.

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