«Meridiano de sangre», western, violencia y virtud narrativa

Corman McCarthy (Random House, 1985)

En la novela «Meridiano de Sangre» de Cormac McCarthy, «el chaval» es un muchacho sin nombre que se une a la pandilla de mercenarios de un tal Glanton.

Según registros históricos, este John Joel Glanton y su banda, fueron contratados a mediados del siglo diecinueve por el gobernador de Chihuahua para eliminar la amenaza de indios apaches. Según el acuerdo, estos mercenarios debían dar fe del trabajo hecho mostrando los cueros cabelludos arrancados.

En la ficción de McCarthy, una vez los apaches van siendo exterminados, los mercenarios arrasan poblaciones enteras de indígenas y mexicanos pacíficos para así completar la cantidad de cueros cabelludos prevista: orgía sanguinolenta por pago a destajo.

Quizá basado en el relato de Samuel Chamberlain, sobreviviente de la histórica pandilla, Cormac McCarthy construye una novela inhumana y violenta, pero no es violencia efectista ni gratuita, es violencia orgánica que Corman, con virtuosismo, lo consigue apenas adjetivando.

El escritor mexicano Carlos Velázquez citando a William Burroughs escribe que el mal ya se encontraba en este continente desde antes de la llegada de los ingleses y españoles. ¿Será posible?

¿O será solo casualidad que tanto antes (1849-1850 en tiempos de «Meridiano de sangre»), como hoy (en tiempos de guerra del narco y migraciones) en ese cosmos de este lado y al otro entre México y Estados Unidos no existen reglas ni Dios y que la maldad prevalezca como único sentimiento?

En el inicio de la novela el linchamiento de un predicador por causa de una acusación falsa se celebra en la cantina con juerga y carcajadas. Poco después, un negrero muestra al chaval con orgullo su amuleto: el corazón disecado de una de sus víctimas.

Un narrador omnisciente informa que chaval nace en 1933, y que al cumplir catorce años abandona su casa para siempre. Chaval tampoco sabe leer y escribir, y como casi todos a su alrededor, es violento. No es casual que en su andar errante reciba un tiro en la espalda; que se enganche con filibusteros para ir a conquistar Sonora, México, y que, una vez estos filibusteros caigan atacados por indios comanches, él se una a la diabólica y variopinta pandilla Glanton.

Algunos personajes de la pandilla son el cura, Toadvine, el Tasmanio, Brown, el capitán White, los delaware, dos Jackson que se odian (el uno negro y el otro blanco), y miramiento aparte el juez Holden: un gigantón calvo, albino, enigmático y culto, que sabe tocar el violín, pero cuidado, también es un macho cabrío que va ofreciendo caramelos a los niños.

En los registros históricos el Juez Holden es el más despiadado asesino de la banda de Glanton.

En la novela, El Juez Holden, además de ser la antítesis, el antagonista, es una especie de líder psíquico que se cree inmortal y mesiánico, sin dejar de ser por eso el humano más perverso del cuento.

Ante el avance de la iniquidad van quedando arrasados pueblos paupérrimos y bebés colgando de los árboles como en carrusel. Ruinas sin paz por donde una y otra vez la zopilotera humana pasa y pasa royendo despojos.

Inevitable el cuadro de familias enteras en amasijo con animales despatarrados cubriendo la tierra yerma donde el polvo y la sangre hacen lodo seco. Y más allá del desierto, un ferry ensangrentado sobre el río Gilia en Arizona. Y luego una ristra de orejas humanas colgando del cuello de Toadvine.

McCarthy impulsa la acción con lenguaje prolijo. Tras su narrativa, se entrevera la investigación acuciosa que no ahorra pormenores: accidentes geográficos, toponimia certera, razas, frases en castellano, animales, plantas, tribus, gentes diversas.

Belleza narrativa al máximo para ostentar: “Hombres que pelean a puñetazos, a patadas, a botellazos o a cuchillo (…) Hombres cuyo hablar suena a gruñido de simio. Hombres de tierras tan arcaicas y misteriosas que viéndolos a sus pies desangrarse en el fango siente que es el género humano el que ha sido vengado”.

El final de la novela pone frente a frente al chaval y al juez. El bien relativo contra el mal entero. ¿Lo viola? ¿Lo mata? McCarthy deja que sea el lector quien lo decida.

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