«Mierda», la novela: una historia de abandono

Victoria y Eduardo hacen pareja y son padres de un niño, de Gregorio. Conforman equipo como asesores en marketing y publicidad, y han ganado la licitación para dirigir la estrategia de comunicación del candidato a la presidencia de la república de Nicaragua, Herty Lewites.

Durante el trayecto de San José a Managua en un destartalado avión, Victoria le dice a Eduardo que tiene el presentimiento de que van a ganar las elecciones. Pero lo conocido, que el candidato Herty Lewites ni siquiera llega vivo al día de las elecciones, echa por tierra la premonición. Y ese dato, que a cierto lector medianamente informado quizá lo haga abandonar la novela, es nada más que una pista falsa. Porque es verdad que no ganarán las elecciones. Pero la mayor pérdida de Victoria y Eduardo va por otro lado.

La novela, narrada en gran parte desde el punto de vista de Victoria, desarrolla dos conflictos. El primero, y que justifica el título, es la desventurada estrategia que los dos publicistas costarricenses plantearon: un spot de televisión donde luego de la visión de una mosca de utilería, Herty, el candidato, ofrece salvar a los nicaragüenses de la mierda. Es decir, de la pobreza, la corrupción, el atraso y resto de males. De más está decir que la estrategia fue un enorme yerro.

Carla Pravisani (Foto cortesía)

El otro conflicto, el emocional, son los azares de la vida en común de Victoria y Eduardo para quienes todo fue siempre para peor: desde el calor infernal de Managua al que nunca terminaron de adaptarse, hasta las enfermedades que contrajeron durante la estadía. Y ni hablar del slump profesional que les ocasionó nadar contra corriente en un país de cultura política tan particular, y que además de serles insólito e impenetrable, todo el tiempo los lleva hasta el tope.

La novela está dividida en tres partes tituladas «La ruta de las decisiones», «El cambio» y «La sombra de Pedrarias». Y estas a su vez se dividen en capítulos numerados. En la galería de personajes sobresalen Giselle la niñera, —uno de los personajes secundarios mejor fraguado—, y Aristóteles. Ellos dan verosimilitud a las caídas de Victoria y Eduardo. Quizá Aristóteles, el periodista, debió estar más tiempo en escena. ¿Acaso daba para más?

Tras la derrota aparatosa del candidato supletorio la pareja regresa a su país. Pero ya nada es igual. Es entonces cuando Eduardo, hijo de un exiliado, debe ir a la Argentina a ver morir a su padre, para luego regresar concibiéndose heredero de la amargura irremediable de su viejo. Una desazón que lo desbanca de su mundo presente y lo conmina a desatarlo todo, aunque no encuentre el valor ni el momento para hacerlo. Victoria por su parte, es quien al final realiza lo que ella considera un acto de violencia: cambiar las rutinas y dar el puntillazo.

«Mierda» es una historia acerca del abandono, de la capitulación. La campaña política del disidente sandinista Lewites, solo es el tablado en el que acontecen las vicisitudes de una relación, de una familia.

Pese a ser una historia de pérdida y derrota, «Mierda», la novela, es un libro que se lee con curiosidad gracias a un ritmo vertiginoso que sostiene la narración en un presente inmediato que no decae. En los pasajes de mayor intensidad, Pravisani nos evoca a Coetzee. A ese Coetzee que narra lo despiadado con pulcritud. Al Coetzee de «Desgracia».

«Mierda», la novela, es una hermosa metáfora de como la línea de tiempo de la vida en pareja recorre su ciclo natural: surgir, crecer, desarrollarse y continuar. En fin, Carla Pravisani ha escrito una novela que acaso podría estar entre lo más cuidado de un escritor o escritora centroamericana en los últimos años.

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