Tijerino, carta al padre

Querido padre: Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo. Sé que este intento de contestarte por escrito resultará muy incompleto.

Kafka, Franz (Carta al padre)

Ahí está. De pie sobre la tarima. Expuesto. Esperando los fajazos que va descargar sobre su espalda don Gustavo, el padre enardecido. Es posible creer que para evadirse aprieta los ojos: truculencia inútil porque el escarnio de ser flagelado delante de vecinos y compinches es inevitable.

Es un niño y se llama Edgar, pero para su padre es el chavalo díscolo, el dolor de cabeza. El rapaz que recibe su merecido por la vagancia del día.

Cuando el cronista deportivo Edgar Tijerino anunció que en diciembre de 2020 saldría la continuación de sus memorias «Yo, Vago», para quienes no las habíamos leído era el momento de ponernos al día.

Igual que Claudio, el tartamudo emperador romano, Tijerino escribe con coraje de esto y lo otro; de sus carencias y virtudes; de victorias, dolores y derrotas; y con pasmosa franqueza tanto de las consonancias como de las disonancias familiares.

Expone en Technicolor la tribulación de un divorcio, su quijotesca ingenuidad política, y el amor: ese que lo ha mantenido aferrado a la misma mujer por más de cuarenta años con la idéntica fuerza y entusiasmo de aquel lejano primer día, cuando ella fue su tabla de náufrago.

En cada página de «Yo, Vago», se trasluce la duda del individuo astuto. La curiosidad perenne de quien sabe de sus limitaciones, pero no retrocede. La habilidad del que sabe salir airoso tanto del dolor como del error por igual.

El capítulo sobre la hosquedad de un padre autoritario y machista es agudo. Son párrafos incómodos. Adoloridos. Pero a la vez extrañamente hermosos. El puente caído que fue la relación con su padre, Tijerino lo restaura desnudándose. Revelando el embarazo de ser visto como proveedor, más que como hijo, Edgar parece dejar todo atrás, en una higienización de la casa, los pensamientos, los recuerdos. Distinto de Kafka, el cronista no recrimina a su padre: solo trata de entenderlo.

Una vez pagada la factura por casi enloquecer a sus padres, como el agricultor que zarandea el lodo necesario de las botas después de la faena, Tijerino se arranca las costras del alma.

¿Y lo logra?

Pues… digamos que sí, porque al final, bajo la punta del iceberg de su escritura, el viejo cronista insinúa la manida máxima de: ¿acaso no es lo mismo dar que recibir? ¿Acaso no soy feliz después de todo?

Amado, o quizás odiado por algunos, Tijerino es un relator de raza y aptitud. Pero como de su éxito y suerte se ha dicho tanto ya, estas líneas son solo una mirada al niño y al muchacho, al hombre tras la confidencia. Al veterano que se ufana de la correlación entre lo que predica y lo que hace; y que aglutina en el mismo saco tanto la perfidia como la amistad, el endurecimiento como el placer, la anuencia como la polémica. Un todo que mastica y rumia y que quizá sea la fuerza vital que lo empuja todos los días a escribir y hablar sin tapujos.  

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