«Mierda», la novela: una historia de abandono

Victoria y Eduardo hacen pareja y son padres de un niño, de Gregorio. Conforman equipo como asesores en marketing y publicidad, y han ganado la licitación para dirigir la estrategia de comunicación del candidato a la presidencia de la república de Nicaragua, Herty Lewites.

Durante el trayecto de San José a Managua en un destartalado avión, Victoria le dice a Eduardo que tiene el presentimiento de que van a ganar las elecciones. Pero lo conocido, que el candidato Herty Lewites ni siquiera llega vivo al día de las elecciones, echa por tierra la premonición. Y ese dato, que a cierto lector medianamente informado quizá lo haga abandonar la novela, es nada más que una pista falsa. Porque es verdad que no ganarán las elecciones. Pero la mayor pérdida de Victoria y Eduardo va por otro lado.

La novela, narrada en gran parte desde el punto de vista de Victoria, desarrolla dos conflictos. El primero, y que justifica el título, es la desventurada estrategia que los dos publicistas costarricenses plantearon: un spot de televisión donde luego de la visión de una mosca de utilería, Herty, el candidato, ofrece salvar a los nicaragüenses de la mierda. Es decir, de la pobreza, la corrupción, el atraso y resto de males. De más está decir que la estrategia fue un enorme yerro.

Carla Pravisani (Foto cortesía)

El otro conflicto, el emocional, son los azares de la vida en común de Victoria y Eduardo para quienes todo fue siempre para peor: desde el calor infernal de Managua al que nunca terminaron de adaptarse, hasta las enfermedades que contrajeron durante la estadía. Y ni hablar del slump profesional que les ocasionó nadar contra corriente en un país de cultura política tan particular, y que además de serles insólito e impenetrable, todo el tiempo los lleva hasta el tope.

La novela está dividida en tres partes tituladas «La ruta de las decisiones», «El cambio» y «La sombra de Pedrarias». Y estas a su vez se dividen en capítulos numerados. En la galería de personajes sobresalen Giselle la niñera, —uno de los personajes secundarios mejor fraguado—, y Aristóteles. Ellos dan verosimilitud a las caídas de Victoria y Eduardo. Quizá Aristóteles, el periodista, debió estar más tiempo en escena. ¿Acaso daba para más?

Tras la derrota aparatosa del candidato supletorio la pareja regresa a su país. Pero ya nada es igual. Es entonces cuando Eduardo, hijo de un exiliado, debe ir a la Argentina a ver morir a su padre, para luego regresar concibiéndose heredero de la amargura irremediable de su viejo. Una desazón que lo desbanca de su mundo presente y lo conmina a desatarlo todo, aunque no encuentre el valor ni el momento para hacerlo. Victoria por su parte, es quien al final realiza lo que ella considera un acto de violencia: cambiar las rutinas y dar el puntillazo.

«Mierda» es una historia acerca del abandono, de la capitulación. La campaña política del disidente sandinista Lewites, solo es el tablado en el que acontecen las vicisitudes de una relación, de una familia.

Pese a ser una historia de pérdida y derrota, «Mierda», la novela, es un libro que se lee con curiosidad gracias a un ritmo vertiginoso que sostiene la narración en un presente inmediato que no decae. En los pasajes de mayor intensidad, Pravisani nos evoca a Coetzee. A ese Coetzee que narra lo despiadado con pulcritud. Al Coetzee de «Desgracia».

«Mierda», la novela, es una hermosa metáfora de como la línea de tiempo de la vida en pareja recorre su ciclo natural: surgir, crecer, desarrollarse y continuar. En fin, Carla Pravisani ha escrito una novela que acaso podría estar entre lo más cuidado de un escritor o escritora centroamericana en los últimos años.

Cuando despertó, Manuel Alejandro todavía estaba allí

Manuel Alejandro // Foto: Sofía Wittert

Componer es lo más difícil que hay. Incluso siempre he tenido un proyecto con Armando Manzanero: hacer un Long Play de boleros, con letras mías y música de él, pero esa es la vaina más difícil que hay. Te imaginas meter toda una cantidad de argumentos en siete u ocho líneas. Esa es la admiración que le tengo a Escalona y a todos esos compositores vallenatos.

Gabriel García Márquez
“Cuando Escalona me daba de comer”.
Revista Coralibe, abril de 1981

En un día normal en una ciudad latinoamericana cualquiera, temprano en la mañana usted sube a su automóvil (si acaso tiene). Luego gira la llave del encendido y abre la ventana para no poner el aire acondicionado (debe ahorrar). Al mismo tiempo que acelera y arranca enciende la radio, pincha las teclas del dial, y sin que usted tenga ninguna conciencia de ello, deja de pinchar cuando una canción de Manuel Alejandro Álvarez Beigbeder-Pérez suena impune en la voz de José José.

Y es seguro que a continuación, sin importar su edad, condición social o sentimental, y por un natural acto reflejo, usted seguirá los versos y estrofas ya sea mentalmente o en voz alta:

Casi todos sabemos querer

Pero pocos sabemos amar

Es que amar y querer no es igual

Amar es sufrir querer es gozar

Mientras avanza usted volverá a mover el dial, y por simple probabilidad matemática, en algún instante diversas estaciones de radio tocarán al unísono cualquiera de las composiciones de este músico nacido en Jerez de la Frontera antes de la Guerra Civil Española.

Ahora vuelve a entonar. Y repite versos con dejos dariano, bueno… al menos en el título:

Yo soy aquel que cada noche te persigue

Yo soy aquel que por quererte ya no vive

El que te espera, el que te sueña

El que quisiera ser dueño de tu amor, de tu amor

Al fin usted llega a su trabajo. Y lo ha hecho tarareando y siguiendo la ruta de un pájaro herido. Otro verso del jerezano erróneamente atribuido a Hernaldo Zúñiga por bien intencionados bohemios centroamericanos.

Manuel Alejandro a secas, sin apellidos, es músico, director de orquesta, y autor de la banda sonora existencial de un subcontinente entero. Melodías ubicuas, versos y frases enquistadas en la memoria de una gente que desdeña lo presente ante la idealización del pasado sea cual sea.

Manuel Alejandro es tan dinosaurio como el dinosaurio de Augusto Monterroso. Porque cuando las generaciones baby boomers y equis despertaban para escapar de la rutina del bolero tradicional, el cha-cha-cha, el tango, el mambo y la ranchera, él ya estaba allí.

Sin segmentaciones de mercado ni estudios de marketing, en aquellos años de programaciones musicales uniformes, grandes y chicos escuchaban sin rechistar las imposiciones discográficas.

Y ante la incertidumbre, y para evitar el error, las compañías discográficas contrataban especialistas con colmillo. Fabuladores prolijos como Manuel Alejandro, Armando Manzanero, o Calderón o Pérez Botija. Tipos que iban a lo seguro escribiendo sobre enamoramientos, infidelidades y cuitas de bohemios y despechados.

Durante años este Manuel fue un arcano. Solo un encabezado del entrañable Cancionero Popular Centroamericano. Y aunque las disqueras no promocionaban a los autores, esta revista sí les daba el crédito. En la margen derecha de la página, el nombre del intérprete; y en la margen izquierda el nombre del autor.

En pleno siglo veintiuno el dinosaurio continúa estando allí. Agazapado entre los títulos de las roconolas de todas las cantinas de Latinoamérica.

Hace poco, en febrero, cumplió noventa años. Y aun con el brazo derecho endurecido sigue tocando el piano con lucidez. Por supuesto que todavía pergeña canciones; melodías que suaviza con orquestaciones ortodoxas. Toda vez alejado de la influencia norteamericana, de la que confiesa ha huido con esmero. Porque para el maestro sus referentes inspiradores son los compositores clásicos que aprendió a amar a través de su padre.

¿Escribir canciones? No, eso no. El maestro Germán Álvarez Beigbeder quería hacer de su hijo un músico sinfónico. Un gran compositor de óperas y sinfonías. Un pianista serio, de conciertos. Pero a los 16 años se fracturó el brazo, y los planes al igual que su brazo serpentearon.

Durante la larga convalecencia se dedicó a leer poesía. Y desde entonces, y hasta donde se lo permite el brazo, toca el piano «solo para cumplir».

Después de un tiempo de estudios en el conservatorio de Madrid sobrevive tocando en puticlubes. Vida difícil. Vida de estrecheces. Intenta hacer carrera de intérprete y falla. Entonces conoce a Raphael Martos Sánchez y hacen par. «Resuelto, yo escribo y tú cantas, macho» Le dijo.

Asegura que las canciones las hace en un momento. «Salen del tirón». Pero para llegar a eso «hay que sentarse al piano y estudiar mucho, improvisar mucho, leer música, leer filosofía». Dice al periodista Pablo Motos. En los programas de entrevistas, en donde se ha vuelto asiduo, se explaya con espíritu campechano. Allí confiesa que muchas de sus canciones son inspiradas en fragmentos de obras del repertorio culto. Los arranques de muchas de sus canciones están inspirados en clásicos conocidos. Por ejemplo, a Nino Bravo le escribió «Es el viento» inspirada a partir de un intermezzo de Brahms. «Nada soy sin Laura», basada en un estudio sinfónico de Schumman. Otras son ideas heredadas de su padre, un director de banda de infantería, de quién aprendió el arte del contrapunto y la fuga de Bach. De los filósofos lee a Nietzsche, Heidegger, Zubiri, Ortega.  Y de los poetas agradece a Goethe. Y a sus paisanos Alberti, Cernuda, Sabina. Alguna vez, en el pasado ha dicho querer a Darío.

Como jerezano ama el flamenco. Con claridad en su memoria perviven los palos del barrio gitano donde creció y vivió hasta los veinte años. Palos que revoloteaban al viento durante las madrugadas aquellas cuando los gitanos volvían borrachos de los tabancos, y se quedaban bajo los balcones cantando canciones y seguidillas. Pero al día siguiente, otra vez la normalidad; el mundo de moderación y disciplina del padre y su piano: la toccata de Schuman y las fugas de Bach.

Su primer gran éxito, «Yo soy aquel». Grabada por Raphael a principios de los sesentas. Su mujer, Purificación Casas, inspiró los versos. Purificación, fallecida en 2021, aparece como coautora en muchos de las creaciones de Manuel Alejandro bajo el seudónimo de Ana Magdalena. Un homenaje a Ana Magdalena Wicken, la esposa de Juan Sebastián Bach, y, quizás un truco legal para mejor aprovechamientos de regalías.

Manuel Alejandro Álvarez Beigbeder-Pérez es el dinosaurio que sigue allí sentado frente a su piano. Un dinosaurio que llega desde una época prehistórica en que un mismo hombre componía la música, escribía la letra y la partitura de la canción. Es decir, un mismo artista arreglaba y orquestaba, y además participaba como técnico de grabación. Y luego en las performances en vivo tocaba el piano o dirigía la orquesta del artista que le tocaba en turno.

A Manuel Alejandro no le gusta que lo llamen compositor porque las canciones nacen hechas, no hay nada que componerles. Él solo se considera un simple escribidor de canciones. Tampoco le va que lo nombren escritor. «Escritor es Vargas Llosa o Cela» sonríe.

Manuel Alejandro ha inventado más de seiscientas canciones. «Manuela», «Así nacemos», «Que no se rompa la noche», «Lo mejor de tu vida», «Un hombre solo», en el repertorio de Julio Iglesias.

Para Raphael escribió, arregló y produjo entre tantas «Yo soy aquel», «Digan lo que digan», «¡Qué sabe nadie!», «¿Qué tal te va sin mí?», «En carne viva», «Estar enamorado».

Para Emmanuel: «Quiero dormir cansado», «Insoportablemente bella», «Ven con el alma desnuda», «Todo se derrumbó dentro de mí», «El día que puedas», «Esa triste guitarra», «Caprichosa María», «Este terco corazón», «Tengo mucho que aprender de ti», «Con olor a hierba», «Venga», «Cuando no es contigo», «Pobre diablo», «Aquí no hay sitio para ti», «Hay que arrimar el alma», «Detenedla ya», «Seguía lloviendo afuera», «Porque ella no sabe vivir sin mí».

Para Rocío Jurado: «Como yo te amo», «Mi bruto bello», «Lo sabemos los tres», «Señora», «Distante», «Ese hombre», «Lo siento, mi amor», «Se nos rompió el amor», «A que no te vas», «Si amanece», «Vibro», «Esta sed que tengo», «Algo se fue contigo», «Me hubiera gustado tanto».

Para Jeanette: «Soy rebelde», «Viva el pasodoble», «Frente a frente», «Corazón de poeta», «El muchacho de los ojos tristes», «Cuando estoy con él», «Toda la noche oliendo a ti», «Comiénzame a vivir».

Para José José: «Amar y querer», «El más feliz del mundo», «Lo dudo», «El amor acaba», «Voy a llenarte toda», «Cuando vayas conmigo», «Entre ella y tú», «Lágrimas», «He renunciado a ti», «Quiero perderme contigo», «Esta noche te voy a estrenar», «A esa», «Grandeza mexicana», «Nadie como ella», «Déjalo todo».

Para Hernaldo Zúñiga: «Procuro olvidarte», «Insoportablemente bella», «Amor de tantas veces», «Ese beso que me has dado».

A Luis Miguel: «Si te perdiera», «Al que me siga», «De nuevo el paraíso», «Dicen», «Bravo, amor, bravo», «Cómplices», «Si tú te atreves», «Te desean», «Amor a mares».

A José Luis Rodríguez «El Puma»: «Será que estoy enamorado», «¿Te imaginas, María?», «Dueño de nada», «Dulcemente amargo», «Este amor es un sueño de locos», «Espérate», «Un toque de locura», «Voy a perder la cabeza por tu amor», «Por si volvieras», «Te propongo separarnos», «Piel de hombre».

Para Plácido Domingo: «Sevilla», «El grito de América», «Canción para una reina», «Él necesita ayuda», «Si yo fuera él», «Soñadores de España», «Yo seré tu primer hombre», «Los dos estamos queriendo».

Y la más reciente en 2021 para su ahijado Alejandro Sanz: «Y ya te quería».

1.

«Meridiano de sangre», western, violencia y virtud narrativa

Corman McCarthy (Random House, 1985)

En la novela «Meridiano de Sangre» de Cormac McCarthy, «el chaval» es un muchacho sin nombre que se une a la pandilla de mercenarios de un tal Glanton.

Según registros históricos, este John Joel Glanton y su banda, fueron contratados a mediados del siglo diecinueve por el gobernador de Chihuahua para eliminar la amenaza de indios apaches. Según el acuerdo, estos mercenarios debían dar fe del trabajo hecho mostrando los cueros cabelludos arrancados.

En la ficción de McCarthy, una vez los apaches van siendo exterminados, los mercenarios arrasan poblaciones enteras de indígenas y mexicanos pacíficos para así completar la cantidad de cueros cabelludos prevista: orgía sanguinolenta por pago a destajo.

Quizá basado en el relato de Samuel Chamberlain, sobreviviente de la histórica pandilla, Cormac McCarthy construye una novela inhumana y violenta, pero no es violencia efectista ni gratuita, es violencia orgánica que Corman, con virtud de viejo zorro, lo consigue apenas adjetivando.

El escritor mexicano Carlos Velázquez citando a William Burroughs escribe que el mal ya se encontraba en este continente desde antes de la llegada de los ingleses y españoles. ¿Será posible?

¿O será solo casualidad que tanto antes (1849-1850 en tiempos de «Meridiano de sangre»), como hoy (en tiempos de guerra del narco y migraciones) en ese cosmos de este lado y al otro entre México y Estados Unidos no existen reglas ni Dios y que la maldad prevalezca como único sentimiento?

En el inicio de la novela el linchamiento de un predicador por causa de una acusación falsa se celebra en la cantina con juerga y carcajadas. Poco después, un negrero muestra al chaval con orgullo su amuleto: el corazón disecado de una de sus víctimas.

Un narrador omnisciente informa que chaval nace en 1933, y que al cumplir catorce años abandona su casa para siempre. Chaval tampoco sabe leer y escribir, y como casi todos a su alrededor, es violento. No es casual que en su andar errante reciba un tiro en la espalda; que se enganche con filibusteros para ir a conquistar Sonora, México, y que, una vez estos filibusteros caigan atacados por indios comanches, él se una a la diabólica y variopinta pandilla Glanton.

Algunos personajes de la pandilla son el cura, Toadvine, el Tasmanio, Brown, el capitán White, los delaware, dos Jackson que se odian (el uno negro y el otro blanco), y miramiento aparte el juez Holden: un gigantón calvo, albino, enigmático y culto, que sabe tocar el violín, pero cuidado, también es un macho cabrío que va ofreciendo caramelos a los niños.

En los registros históricos el Juez Holden es el más despiadado asesino de la banda de Glanton.

En la novela, El Juez Holden, además de ser la antítesis, el antagonista, es una especie de líder psíquico que se cree inmortal y mesiánico, sin dejar de ser por eso el humano más perverso del cuento.

Ante el avance de la iniquidad van quedando arrasados pueblos paupérrimos y bebés colgando de los árboles como en carrusel. Ruinas sin paz por donde una y otra vez la zopilotera humana pasa y pasa royendo despojos.

Inevitable el cuadro de familias enteras en amasijo con animales despatarrados cubriendo la tierra yerma donde el polvo y la sangre hacen lodo seco. Y más allá del desierto, un ferry ensangrentado sobre el río Gilia en Arizona. Y luego una ristra de orejas humanas colgando del cuello de Toadvine.

McCarthy impulsa la acción con lenguaje prolijo. Tras su narrativa, se entrevera la investigación acuciosa que no ahorra pormenores: accidentes geográficos, toponimia certera, razas, frases en castellano, animales, plantas, tribus, gentes diversas.

Belleza narrativa al máximo para ostentar: “Hombres que pelean a puñetazos, a patadas, a botellazos o a cuchillo (…) Hombres cuyo hablar suena a gruñido de simio. Hombres de tierras tan arcaicas y misteriosas que viéndolos a sus pies desangrarse en el fango siente que es el género humano el que ha sido vengado”.

El final de la novela pone frente a frente al chaval y al juez. El bien relativo contra el mal entero. ¿Lo viola? ¿Lo mata? McCarthy deja que sea el lector quien lo decida.

Novela Paraíso

(Abdulrazak Gurnah, 1997. El Aleph Editores, S. A. Traducción: Sofía Carlota Noguera) Foto: Wikipedia

Los días son iguales, el paisaje es seco. La carcoma infesta los horcones y el sol calcina sobre nubes de polvo. Así está el mundo la tarde en que el padre dice a Yusuf:

«¿Te gustaría hacer un viajecito, pequeño pulpo? (…) Te vas con el tío Aziz (…) Ya verás cómo disfrutas viajando hasta el mar».

Nada de lágrimas ni abrazos de despedida porque Yusuf no debe darse cuenta que lo están entregando como moneda de pago por una deuda.

El exótico cosmos de Paraíso, novela del premio nobel 2021, Abdulrazak Gurnah, se sitúa entre el África oriental musulmana y el África más profunda en los años previos a la primera guerra mundial. Pero no es el África aquel de Marlow y Kurtz de la celebrada novela de Joseph Conrad. Aquí es otro continente. Uno todavía más oscuro, más inhumano. Uno en donde nadie está predestinado a despuntar porque los valores se aquilatan en dependencia de quién esté más alto en la cadena de sobrevivencia.  

Paraíso es una peregrinación a las tinieblas más oscuras desde la mirada de un niño swahili de doce años.

Desde la entrada, y muy a lo Herman Melville en Moby DickEmpecemos por el niño. Se llamaba Yusuf…») hay una promesa de tono ágil y lenguaje sin florituras ni excesos. Sorprende el artificio del narrador omnisciente disponiendo el punto cero, desde los recuerdos de un Yusuf situado en un futuro impreciso. Es entonces cuando uno mismo pronto estará irremediablemente atrapado en la atmósfera de un destartalado tren que trasporta a Yusuf y al tío Aziz rumbo a la ciudad de la costa.

En la casa del rico mercader, Yusuf pasa a ser mancuerna de servidumbre junto a otro muchacho que al igual que él, ha sido dado en pago por una deuda. Es Khalil, el encargado de la tienda.

Este Khalil rápido lo pone al tanto de todo; es decir, que el amo Aziz no es su tío; que solamente es un mercader que no tiene reparos en cobrarse las deudas con seres humanos contantes y sonantes.

A Yusuf lo inquietan sueños insólitos. Sin embargo, la vida que le espera de ahí en adelante, ni en los sueños más sobrecogedores la habrá previsto.

Y así van pasando los años. El tío Aziz no es tiránico, pero a fin de cuentas es el amo: Yusuf debe babearle la mano como muestra de sumisión y respeto. Y aunque Khalil le pega y le hace bullying, Yusuf resiste estoico una mediocre coexistencia.

La vida avanza.

Un Yusuf ya adolescente deberá acompañar al tío Aziz en caravana de negocios a través de un río que se supone es el gran Congo.

El viaje que inició en aquel ruidoso tren, ahora debe continuar.

En la caravana va lo más abyecto de los hombres conocidos. Por lo tanto, Yusuf deberá estar atento; alerta ante la posibilidad de ser sodomizado mientras van recorriendo un mundo perdido de pueblos, ríos y aldeas con una montaña nevada de fondo, donde a veces son bien recibidos y otras tantas despreciados.

Durante el trayecto Yusuf lo verá todo. Desde la naturaleza pródiga hasta la humanidad más terrible. Contrabando, robo. Doblez. Bárbaros y ladrones que ceden a sus parientes por baratijas. Hombres blancos feroces. Bestias entre bestias. Mitos y supersticiones como explicación a los secretos de la existencia. Un viaje que, como ritual de iniciación, va siendo doloroso y descarnado.

Cuando Yusuf vuelve a la casa de su amo en la ciudad de la costa, se dedica a ayudar al viejo jardinero en el mantenimiento del huerto. Y desde ahí se da cuenta que es observado a través de espejos por dos mujeres: el ama, que es una mujer mayor, enferma de misantropía, y Amina, la hermana de Khalil quien también es concubina del tío Aziz. El triángulo pasional está en marcha. Esta última parte es un epítome de amor, desprendimiento, y también de celos. Páginas hermosas que se leen con ojos bien redondos.

Paraíso, la novela más reconocida del ignoto ganador del premio nobel de este año veintiuno, quizá sea una alegoría sobre la libertad relativa. Y esa libertad, ¿la conseguirá al fin Yusuf? Bueno, para responderse esa pregunta hay que llegar a la última página.

Confieso que he quemado

Crónica de una quema de libros un día de difuntos por la tarde

La pira

Esto comienza con un poeta que un día de tantos gana una beca y se va del país. Y cómo dicen que los buenos bróderes se hacen buenos bolados, el poeta encargó a un amigo cercano que le resguardara sus libros. Por ahí ponelos, en un rincón de tu apartamento, le dijo un día antes de partir.

Los años pasaron, el poeta terminó la beca, y por esto o lo demás, o porque supo que estaban encarcelando escritores no volvió al país. Eso sí, de cuando en cuando llama a su amigo, a su bróder, para saludarlo. Para darse cuenta de cómo van las cosas y hablarle de ediciones, de música, de literatura y de ciertos recuerdos. Incluso, algún sábado, hasta se toman sus cervezas mientras charlan por WhatsApp.

El sábado anterior al día de difuntos, que este año cayó en martes, este poeta exiliado le dijo a su amigo a través de un audio:

—Haceme un favor: revisá las cajas y me decís que vas encontrando por ahí porque hay una persona que va a viajar, y se ha ofrecido a traerme alguno de mis libros.

Dale, le dijo el otro.

Y el amigo aprovechó la tarde libre del dos de noviembre (hay que visitar a los muertos) para desembalar las cajas de cartón. Solo que, al escindir los teipes y levantar las tapas, se llevó el madre susto pues, desde adentro de las cajas, saltaron los demonios de Pandora disfrazados de comejenes.

Dentro de la Caja de Pandora

 Los libros seguían embutidos, bien talladitos unos con otros, pero compactados en un solo amasijo. Los dorsos oscurecidos daban la impresión de haber sido chamuscados sutilmente con fuego de acetileno.

Ante las cajas de Pandora abiertas en pampas esperando a ser exorcizadas, el bróder no hizo más que plantarse de nalgas sobre el piso.

Le sobrecogía que se hubiera arruinado la mayoría de los libros. ¿Con qué le iba a salir al poeta? Pero también le fastidiaba que la tarde libre se le esfumara en el trabajo de selección, limpieza y descarte que ya veía por delante.

Luego de un rato de indecisión se levantó de un salto y apretó el ícono del auricular y mandó un audio. El mensaje fue corto, contundente.

—¿Maje? ¿Qué hago?

—Quemalos bróder—le dijo el poeta tras unos segundos de silencio—, ideay, no queda de otra.

El bróder intentó sacar las cajas al patio, pero pesaban como tenamastes. Entonces para ir aliviando el peso, fue sacando los libros de encima, que eran los menos afectados, y los fue poniendo en rimero sobre la cerámica del piso. Algunos tomos, los más grandes, a simple vista parecían en mejor estado que los demás. (Después lo veo, se dijo). Cuando alcanzó los libros del nivel más bajo de la primera caja, en el epicentro del desastre, le llamo la atención un título: «Mira si yo te querré» de Luis Leante. Y pese a que el libro se veía tostado, creyó que aún podría rescatarlo y lo cogió y lo palpó: un puñado de hojarascas podridas erizó la piel de sus brazos. ¿Qué se hicieron las páginas? ¿Y estas hojas carbonizadas? De la bonita novela, premio Alfaguara 2007, solo quedaban unos cuantos grumos que él amigo albacea del poeta imaginó rescoldos radiactivos.

Mira si yo te querré

Luego vio «Obra Completa, Poesía y Prosa» de Arthur Rimbaud, que, a simple vista solo tenía chamuscadas las orillas de las hojas, pero se alegró en balde porque al abrir el libro, las termitas reverberaban como gusanos en banquete de panza de perro muerto.

El amigo tiró el libro y reculó. El espectáculo grotesco de cientos de comejenes devorando vocales y consonantes como migajas de carne descompuesta lo estremeció.

Agarrándose el estómago fue al inodoro y escupió grueso. Dos veces escupió.

Recompuesto volvió a la zona cero y cogió un libro pequeño. Uno de un poeta con dos nombres y dos apellidos que se le deshizo entre los dedos.

Ni más ni menos había pasado como si el fuego de Sodoma hubiese rebullido dentro de las cajas.

Continuó sacando cadáveres hasta cuando constató que las cajas estaban menos pesadas y pudo arrastrarlas hacia el patio. Y ahora ahí, bajo la fronda del palo de mango rosa (la casa matriz, la granja de comejenes) desparramó más despojos: Fahrenheit 451 de Bradbury, La literatura nazi en América de Bolaño, un Virginia Wolf, La Biblia, Obras Completas de Borges, Trágame Tierra de Lizandro Chávez Alfaro, La dramática vida de Rubén Darío por Edelberto Torres, un estudio sobre la poética de Claribel Alegría y alguna que otra inutilidad monográfica.

Por un momento hizo un alto para explicarle a la vecina, que en short, camiseta y chinelas, al igual que él, desde el otro lado de la baranda le hacía preguntas obvias.

La vecina lo estuvo observando con curiosidad chismosa y luego se dio la vuelta. Él aprovechó para mirarle las piernas, pero nada más por puro reflejo, porque en ese momento lo último que podía llamarle la atención eran las hermosas extremidades de la muchacha. Luego atisbó por encima del palo de mangos tras el ramalazo de un trueno. Y se sintió peor que un rescatista desfallecido ante un edificio derrumbado. ¿Cómo era posible que le tocara tamaña responsabilidad? ¿Por qué él, y precisamente él, tenía que incinerar como Dios manda aquella tira de cadáveres? Al menos podré encargarme luego de los sobrevivientes. Se consoló.

Dejando de lado la auto conmiseración fue por una toalla amarilla de esas que venden en los semáforos y sacudió un Quijote de colección Punto de Lectura. Luego «Las Memorias de Adriano» de Yourcenar. Removió granos de un Bartleby de Melville y las motas y patas de cucaracha de entre las páginas de un impecable ejemplar de La gran bonanza de las Antillas de Calvino.

Luego se detuvo porque la foto de un niño lanzando una pedrada le atrajo: ¿Qué me quieres, amor? de Manuel Rivas lucía impecable. Le sacudió el polvo, lo abrió y buscó el cuento La lengua de las mariposas y lo leyó de un tirón, pero se arrepintió de haberlo hecho porque el final lo puso más triste de lo que estaba. Vamos, apurate. Se dijo. Había que continuar. La lluvia parecía inminente.

La lengua de las mariposas

Y así fue dándole y dándole. Y mientras limpiaba, sacudía, apartaba y tiraba ejemplares sobre el montículo cada vez creciente, no dejaba de leer líneas, párrafos, páginas enteras que se habían salvado.

Entonces lo vio.

Muchos de los libros que iba a incinerar, él mismo los había soslayado: dejado para después, para mañana o para la próxima semana o para el otro mes. O quizás hasta para el otro año. Pero ahora entendía bien que ese después ya no iba a ser. La oportunidad, empaquetada en cajas de cartón, se había consumido.

Terminada la selección y limpieza dejó caer el chorro generoso de gas kerosene sobra el montículo, y lanzó el fósforo encendido.

Con un palo seco estuvo atizando el fuego mientras tomaba fotografías y le enviaba un vídeo al poeta, quien desde su exilio veía el ritual fúnebre.

Cuando empezó a caer la lluvia y todo se hubo consumado, guardó a los supervivientes en dos valijas plásticas y se dio una ducha. Luego se vistió, abrió el único libro que había escrito su amigo exiliado, y fue leyendo las primeras páginas sin quitarse de la mente que había sido una gran suerte que el ejemplar, con dedicatoria y todo, se hubiera salvado. «Por poco y no lo leo».

¡Ideay Martín!

Martín Urieta Solano
Martín Urieta Solano

Al oyente algunas líneas de las canciones le funcionan como poesía, [porque] le iluminan seres, situaciones, secuencias personales. (. . .) De pronto, una canción ranchera es, por acuerdo de millones de personas, poesía popular. (Carlos Monsivais)

Están en una entrevista que transcurre íntima y cómoda.

Él es un hombre de edad. Un señor de ademanes lentos y venerables. Ella es joven y se esmera en demostrarle que lo respeta y lo quiere.

La periodista se llama Mónica y él, además de maestro de escuela es un poeta.

Pero no de esos de revistas literarias, festivales, premios y egos ergonómicos. No. A este señor le dicen poeta porque escribe canciones rancheras y tal como sugiere Carlos Monsivais a millones de personas que no leen ni conocen “poetas de profesión” les basta que alguien escriba buenas rancheras para llamarlo poeta.

Para cierta casta intelectual las canciones vernáculas sólo son modestas fórmulas creativas; pero en la existencia de las gentes comunes (¿La civilización del espectáculo?), éstas funcionan como infalibles pócimas emocionales.

El señor a quién entrevista la periodista Mónica se llama Martín Urieta Solano.

Años antes, en un pueblo del norte de mi país, alrededor de una mesa un consumidor afirmó con propiedad:

―Ese Martín que menciona Vicente Fernández en esa canción es su amigo y compañero de farras. El que le hace las canciones.

Los asiduos de mesa, amigos de tragos, lo escucharon atentos mientras en la roconola sonaba alto: “Acá entre nos, quiero decirte la verdad. . .”

Esa tarde me fui de la barra convencido de la veracidad de la anécdota, pues me había gustado mucho. Me sonaba tan verosímil que ni pensé de dónde podía haber tomado tal dato aquel campesino.

Hoy descubro la patraña. Durante la plática que don Martín está teniendo con Mónica Garza en YouTube se evidencia el chasco. Don Martín ha sido el compositor de muchas de las canciones de Vicente, pero no su cuate de juergas. La historieta resulta ser sólo una romántica invención.

Este don Martín Urieta ha escrito las canciones más populares de Chente. Aun así, la única referencia que el imaginario popular tiene de él es un pasaje hablado en el interludio de ese himno del despecho que es “Acá entre nos” cuando el charro lo menciona:

“Ideay Martín, no cabe duda que también de dolor se canta, cuando llorar no se puede”.

Quizás de ahí, a partir de esa frase, el bohemio se inventó la deliciosa imagen de Vicente y Martín macerando sus cuitas entre rolas y tequilazos.

Algunas creaciones tienen su germen en historias o experiencias personales, aunque en ciertas ocasiones podría suceder al revés: que la composición inspire leyendas apócrifas. Fábulas como la de Agustín Lara saltando del lecho nupcial para escribir María Bonita, durante su luna de miel con María Félix en Acapulco, o la que hizo popular la propia María Félix afirmando que José Alfredo había compuesto Ella en su honor. Todas historias al vuelo que la poética popular ha hecho sacrosantas.

Desde siempre el pueblo ha querido estar al tanto de las veleidades y aventuras de sus artistas más queridos. Pero cada vez que las noticias no son suficientes, el arcaico afán humano por el romance, la nouvelle, es decir la ficción, hace que la gente eche mano de la propia imaginación para rellenar las hagiografías de sus ídolos.

Martín Urieta Solano nació el 11 de noviembre de 1943 en Huetamo, Michoacán, y entre jodarria y respeto se persigna ante la sola mención de José Alfredo Jiménez: el del «mundo raro».  Para Martín, José Alfredo es “El santo patrono de la música ranchera”. Su referente.

En un conocido ensayo, Carlos Monsivais considera a José Alfredo Jiménez como «el poeta de la desolación marginal». Y Urieta, como buen discípulo da continuidad al lamento y a la desolación que lleva intrínseca la música ranchera a partir de José Alfredo. Canciones como «Mujeres divinas», «Bohemio de afición», «Qué de raro tiene», «Acá entre nos», «Te me vas al diablo», «Urge», «Mi vejez» y otras, han quedado al aire para corroborarlo.

Ahora vamos a la anécdota:

Durante mucho tiempo a Martín Urieta le entristeció saber que Vicente Fernández, en sus conciertos, anunciaba «Mujeres Divinas» como una canción de un compositor que ni conocía.

―Eso me dolía mucho. ―Confiesa Martín a Mónica Garcés en un momento de la entrevista.

Tiempo después cuando ya pudieron conocerse, Vicente a modo de enmienda le prometió que en la próxima canción lo iba a mencionar con creces. Así surgió el «¡Ideay Martín. . .!» de «Acá entre nos».