La maldad como consecuencia de la ternura (Novela)

«Los niños se hacen a como se hacen los insectos», lo afirma un niño de diez años. Un niño de quien nunca sabremos su nombre como tampoco conoceremos el nombre de los miembros de su familia: la madre, el padre, la hermana, el hermano, y la abuela.

Él nació ahí. Y es el único sin las cicatrices del fuego que arrinconó a todos hacia la penumbra del sótano en donde sobreviven. Y aunque viva entre paredes inexpugnables, su imaginación vuela y vuela más allá de los lindes de la oscuridad gracias a los libros en los cuales su madre le ha enseñado a leer.

En la novela de Paul Pen El brillo de las luciérnagas (Plaza y Janés, 2013) la pregunta inicial del niño es: ¿Por qué no podemos salir?

Y el padre le responde que afuera hay burbujas de fuego que acabarían con él en un segundo, y que no se atreva desobedecer porque el hombre grillo, el que se lleva a los niños desobedientes, acecha. Pero el niño duda de las repuestas y hasta de los afectos.

La hermana, quien por orden del padre debe ocultar su deformidad con una máscara, da a luz. Y con el hecho otra incógnita: el padre del bebé.

Para resistir la incertidumbre y la falsedad, el niño se apropia de dos luciérnagas que salvaguarda dentro de un frasco para que en su momento sean la linterna que lo guie hasta la superficie. Entonces sabrá de que esta hecho el solitario rayo de sol que se filtra por la oquedad del techo.

De Paul Pen (¿acaso un seudónimo?) se sabe que es nacido en Madrid en 1979. Que es un escritor y guionista español con cinco novelas publicadas y varias colecciones de relatos. Considerado por el marketing como el Stephen King español, sus obras traducidas al inglés han vendido considerablemente en Amazon. Su estilo es de súper ventas: párrafos cortos a veces de una sola oración y descripciones precisas. Al grano siempre. Aunque por momentos destacan inverosímiles —como eso de que un niño de diez años haga referencias a conceptos, términos, y a ratos de un lenguaje impropios para su edad—, el buen diseño, la profundidad psicológica de la trama compensa.

El brillo de las luciérnagas es una novela próxima a las cuatrocientas páginas estructurada en cuatro partes: Seis años antesPresenteOnce años antes (del presente). De nuevo al Presente, y, Quince años después (del Presente). Toda la novela es narrada por el niño-protagonista, a excepción del capítulo Once años antes, donde los hechos son contados por un narrador omnisciente. Por cierto, es en este parte donde la historia coge velocidad y enganche. Y cuando empezamos a pisar tierra firme como lectores.

El enigma nos pesca a la primera.

Fuera del sótano, acaso… ¿radiación? ¿Zombis? ¿Hordas de sobrevivientes desesperados?

Y dentro… el actuar obscuro y bi-frontal de los personajes adultos, la atmósfera psicótica que todo lo envuelve, el niño en su introspección e inocencia que asoma como el único ser inocuo y transparente, en un sitio en donde cualquiera podría ser el malo.

En esta historia se plantea claro El dilema del tranvía de Philippa Foot: sacrificar a uno para salvar al resto, o sacrificarse todos. ¿Amor o perversidad? ¿Locura o cordura? He ahí la cuestión.

En El brillo de las luciérnagas campea la maldad. Pero probablemente sea la maldad nada más como consecuencia de un acto de ternura y supervivencia.

Si usted busca escapar del sótano de la adicción a las redes sociales y los celulares, y sobre todo para aplacar la angustia de nuestra cíclica realidad existencial, leer esta novela podría ser una aceptable alternativa. En serio. Quizá se tome como una sarcástica ironía esta recomendación, qué más da: yo sí me la pasé bien.

Algo más: para quienes prefieren el libro a la peli, a leerlo pronto porque se sabe que el filme está en proceso.

El hombre amansado o la fábula veraz de la indolencia

En el libro El amor líquido, Zygmunt Bauman, desde su posición de hombre blanco europeo define al extraño como un agente movido por intenciones que, en el mejor de los casos, podemos adivinar, pero de las que nunca podremos estar seguros. Y esa inseguridad ante el raro, el desconocido que refiere el filósofo, es la biósfera que Horacio Castellanos Moya construye alrededor del personaje de Erasmo Aragón, el protagonista de su reciente novela El hombre amansado publicado por Random House Mondadori (2022). 

Aragón es salvadoreño, periodista, historiador y profesor de español de mediana edad. Con ocho meses en Suecia, resiste el confinamiento con ayuda de fármacos y la compañía de Josefin. El fármaco, la piruxetina, lo resguarda de la depresión y la ansiedad; y Josefin, la enfermera sueca que se lo llevó de Merlow City, Wisconsin a Estocolmo, le facilita la quimera de una vida en pareja que se supone normal. Una vida que lo columpia entre la apatía, el acomodo y el absurdo: una vida de «perrito faldero».

Se gana algún dinero con las traducciones que le caen de vez en cuando a través de internet, y pasa los días entre el apartamento y los bares del barrio. Ahí comparte con otros dos expatriados —salvadoreño y colombiano— la única cerveza que puede permitirse y las noticias y recuerdos del país lejano. Aunque sigue tomando el ansiolítico con disciplina, de continuo tiene la sensación de ser perseguido y vigilado.

La historia de Aragón podría ser la de cualquier centroamericano que ha huido sin boleto de regreso. La realidad del que escapa sin derecho ni posibilidad de retorno, y que, al deslizarse por el barranco de la evasión no hace más que aferrarse al primer arbusto a su paso. Para Erasmo Aragón ese matojo es la europea que se apiada de su condición de perrito abandonado; la chela que se enamora del latino exótico sin calibrar ulteriores desavenencias culturales o de carácter, que harán a cada uno, pagar su parte de una factura exorbitante.

Han transcurrido tres años desde que llegó a ejercer como profesor de español en el Merlow College cuando el alud se le vino encima: con la idea de escribir la biografía del poeta Roque Dalton, aplica y gana una beca de verano para investigar en los Archivos Nacionales en Washington. Viaja y se hospeda por unos días en el sótano de una casa que encontró a través Airbnb. Pero no cuenta con la presencia de una adolescente guatemalteca con pasado turbio quien, posteriormente y en contubernio con un hermano marero, lo amenaza de acusarlo de abuso sexual si no entrega diez mil dólares. Y aunque luego las autoridades descubren que todo es falso, a Erasmo Aragón el escándalo lo cancela, lo demoniza, por tanto, debe abandonar su trabajo de profesor y por consiguiente los Estados Unidos. Pero antes le sobreviene una tremenda crisis nerviosa y debe internarse.

De su paso por la clínica le queda el trato con Josefin, quien a punto de regresar a su país tras finalizar un curso de especialización en la clínica de Merlow City, y al verlo en el limbo, le propone viajar a Estocolmo. Erasmo está que no se la cree: las amenazas, entre estas la de volver al caldero en ebullición que significa Centroamérica, se evaporan.

Aunque la novela no requiere preámbulos, es bueno anotar que fiel a la naturaleza unívoca de su obra, Moya da continuidad a uno de los personajes de Moronga, otra de sus notables ficciones. Esta vez, la conciencia del protagonista como personaje omnisciente, es la voz narrativa de la historia. Y este recurso resulta tan eficaz que por instantes nos da la impresión de que uno mismo es Erasmo Aragón en su laberinto; Erasmo Aragón perdido entre la tristeza y la orfandad de la ciudad enorme, de la ciudad perturbadora y sus almas indiferentes.

Con maestría de viejo zorro, Castellanos Moya exhibe en una novela corta y poderosa, la miseria de millones de tránsfugas que van y van, pero ya no vuelven nunca.

El hombre amansado es la fábula de un tipo completamente apabullado por sus propias paranoias. Un ser humano empequeñecido por el pesimismo y la indolencia. Es decir, un aplastado.

«Volver la vista atrás» de Juan Gabriel Vásquez ¿acaso una tercera dosis contra el fanatismo?

Transcurren los primeros años de la década de los sesenta. Marianella tiene once y es dos años menor que su hermano Sergio. Ella es insurrecta. Siempre se rebela ante lo que cree indebido o injusto. Su hermano en cambio es reflexivo, a veces hasta irresoluto.

Un día de tantos el padre los reúne y les dice que se irán a vivir en un lugar exótico y apasionante: ¡a la China!

Pero el padre se cuida de hacerlo como quién no quiere la cosa. Por eso les asegura que él no va a forzar a nadie. Que allá ellos si desaprovechan semejante aventura. «Será como darle la vuelta al mundo», los provoca. Al final todos, incluida la madre, Luz Elena, aceptan encantados.

Y se van a China. Y ellos, los niños, ignoran que además de aprender una lengua extraña, podrían convertirse en dos muyahidines de izquierda. 

Sergio y Marianella Cabrera Cárdenas son personajes de novela con vidas de novela, sin embargo, son gente real: de carne, de hueso y de sentidos.

El padre, Fausto Cabrera, un exiliado español que llegó a Colombia años después de la guerra civil española y que formó familia con Luz Elena Cárdenas, es un idealista convencido de que tiene una misión inevitable en su vida: liberar al mundo. Al menos el que está a su alcance.

Actor y director de teatro formado con las teorías del método Stanislavski, Fausto Cabrera declama a Lorca como nadie y dirige obras de teatro. Y es uno de los pioneros de las producciones de televisión en Colombia. Pero también carga en la médula el dolor y el resentimiento del destierro. En medio de sinsabores laborales y económicos Fausto acepta el ofrecimiento de un tal Mario Arancibia, para ir a dar clases de español en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín. Según le dice Arancibia, tendrá facilidades para emigrar y buen salario.

Al llegar el choque es brutal. En Pekín vivirán en un hotel porque el gobierno chino no permite a los extranjeros rentar casa. El hotel se llama «de la Amistad» y es exclusivo para occidentales. Cuando a Sergio y Marianella les toca asistir a clases, descubren una vida doble: «el infierno en la escuela y el cielo en el hotel».

Afuera el mundo es hostil, hay hambruna. Por tanto, los hermanos deben sufrir las mismas privaciones que el resto de la población. Y a la vez son objeto de burlas por ser distintos. A los niños chinos se les ha enseñado que los occidentales son el enemigo. Gente con «ojos de sapo». Sin embargo, los muchachos consiguen integrarse. Marianella lo hace pronto: dominando los ideogramas y sonidos del idioma. Sergio en tanto, va a la saga.

Pasado tres años Fausto y Luz Elena deciden volver a Colombia para sumarse a la guerrilla maoísta. Eso sí, Sergio y su hermana deben quedarse en China. Solos. Apenas sobreviviendo con exiguas subvenciones. ¡¿Cómo así?! ¡Si apenas son dos muchachos de dieciséis y catorce años! ¿Es normal dejarlos a su suerte en un país autoritario? Sí pero no. No hay alternativa. Deben hacerlo por un asunto de conciencia revolucionaria. Además, «es un privilegio quedarse», sentencia Fausto a los dos jóvenes.

Una vez han quedado solos, los dos muchachos se educan y entrenan como miembros de la guardia roja. Ven de largo a Mao. Se creen felices.

Cuando sus padres piensan que ya están listos militar e ideológicamente, otra vez deciden por ellos: es tiempo de volver a Colombia e integrarse a la lucha, a la guerrilla.

En medio de la selva colombiana y sufriendo las peripecias y amarguras de un ir y venir interminable, Sergio y su hermana vacilan entre el sacrificio y la contrariedad. Entre la imperfección y el desencanto.

Para Sergio el desengaño no es total, aunque sí lo desgasta. Tras ciertas circunstancias favorables abandona la guerrilla y vuelve a China. Ha decidido estudiar cine. Luego, cuando vuelve al mundo occidental, se dedica a realizar películas.

Marianella por su parte se recupera de un balazo traicionero, y continúa su vida. Pero antes, ha tenido que esquivar una tácita condena a muerte dictada por sus mismos compañeros de lucha.

Escritor Juan Gabriel Vásquez Cortesia EFE

«Volver la vista atrás» (Alfaguara, 2021) del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, es la obra ganadora de la Bienal Vargas Llosa del año dos mil veintiuno. Y a propósito de vacunas, bien podría considerarse la tercera dosis de un esquema de inmunización contra el fanatismo. Siendo las dos primeras «Rebelión en la Granja» y «1984», ambas de George Orwell.

A «Volver la vista atrás» de lejos se le avistan las cúpulas de catedral literaria; una catedral de casi quinientas páginas de finura narrativa en las que uno corre el riesgo de quedarse a deleite bajo sus arcos. Gran merecimiento para Juan Gabriel Vásquez, acaso el narrador colombiano más ducho de los últimos años.

Tras un oportuno epígrafe del novelista For Madox Ford, el autor se hace visible sin rodeos. Sin embargo, toma distancia con una reveladora frase: «Según me lo contó él mismo…». Y aunque la expresión es circunstancial, de cierta manera advierte al lector que su papel será el de un mero cronista. Un escriba que nunca tomará bando por nada ni nadie. 

La historia empieza con el cineasta Sergio Cabrera de paso por Lisboa visitando a su mujer e hija, de quiénes lleva un tiempo separado.

Según el plan, de Lisboa saldrá hacia Barcelona para participar en una muestra retrospectiva de sus películas. Pero es en la capital portuguesa un lunes dieciséis de octubre del 2016, y cuando ya han transcurrido tres días de buen acercamiento familiar, donde recibe la noticia de la muerte de su padre. Y ante el dilema de si volver a Colombia al sepelio de su padre o seguir con el compromiso de Barcelona, al final se queda. Así elige lo todavía posible: continuar el acercamiento a las suyas, y a la vez rencontrase con Raúl, su hijo adolescente en vez de volver atrás: a Colombia. A sepultar al padre.

Juan Gabriel Vásquez ha dicho que esta novela le tomó siete años de conversaciones, investigación y trabajo de campo, antes de plantarse a redactar sin freno durante nueve meses de pandemia.

Tras la lectura provoca hincar, ¿es de compadecer a esos niños que fueron Sergio y Marianella? O acaso… ¿juzgar a Fausto y a su mujer Luz Elena por tanta vesania? Bueno, léala usted y haga lo propio.

Novela Paraíso

(Abdulrazak Gurnah, 1997. El Aleph Editores, S. A. Traducción: Sofía Carlota Noguera) Foto: Wikipedia

Los días son iguales, el paisaje es seco. La carcoma infesta los horcones y el sol calcina sobre nubes de polvo. Así está el mundo la tarde en que el padre dice a Yusuf:

«¿Te gustaría hacer un viajecito, pequeño pulpo? (…) Te vas con el tío Aziz (…) Ya verás cómo disfrutas viajando hasta el mar».

Nada de lágrimas ni abrazos de despedida porque Yusuf no debe darse cuenta que lo están entregando como moneda de pago por una deuda.

El exótico cosmos de Paraíso, novela del premio nobel 2021, Abdulrazak Gurnah, se sitúa entre el África oriental musulmana y el África más profunda en los años previos a la primera guerra mundial. Pero no es el África aquel de Marlow y Kurtz de la celebrada novela de Joseph Conrad. Aquí es otro continente. Uno todavía más oscuro, más inhumano. Uno en donde nadie está predestinado a despuntar porque los valores se aquilatan en dependencia de quién esté más alto en la cadena de sobrevivencia.  

Paraíso es una peregrinación a las tinieblas más oscuras desde la mirada de un niño swahili de doce años.

Desde la entrada, y muy a lo Herman Melville en Moby DickEmpecemos por el niño. Se llamaba Yusuf…») hay una promesa de tono ágil y lenguaje sin florituras ni excesos. Sorprende el artificio del narrador omnisciente disponiendo el punto cero, desde los recuerdos de un Yusuf situado en un futuro impreciso. Es entonces cuando uno mismo pronto estará irremediablemente atrapado en la atmósfera de un destartalado tren que trasporta a Yusuf y al tío Aziz rumbo a la ciudad de la costa.

En la casa del rico mercader, Yusuf pasa a ser mancuerna de servidumbre junto a otro muchacho que al igual que él, ha sido dado en pago por una deuda. Es Khalil, el encargado de la tienda.

Este Khalil rápido lo pone al tanto de todo; es decir, que el amo Aziz no es su tío; que solamente es un mercader que no tiene reparos en cobrarse las deudas con seres humanos contantes y sonantes.

A Yusuf lo inquietan sueños insólitos. Sin embargo, la vida que le espera de ahí en adelante, ni en los sueños más sobrecogedores la habrá previsto.

Y así van pasando los años. El tío Aziz no es tiránico, pero a fin de cuentas es el amo: Yusuf debe babearle la mano como muestra de sumisión y respeto. Y aunque Khalil le pega y le hace bullying, Yusuf resiste estoico una mediocre coexistencia.

La vida avanza.

Un Yusuf ya adolescente deberá acompañar al tío Aziz en caravana de negocios a través de un río que se supone es el gran Congo.

El viaje que inició en aquel ruidoso tren, ahora debe continuar.

En la caravana va lo más abyecto de los hombres conocidos. Por lo tanto, Yusuf deberá estar atento; alerta ante la posibilidad de ser sodomizado mientras van recorriendo un mundo perdido de pueblos, ríos y aldeas con una montaña nevada de fondo, donde a veces son bien recibidos y otras tantas despreciados.

Durante el trayecto Yusuf lo verá todo. Desde la naturaleza pródiga hasta la humanidad más terrible. Contrabando, robo. Doblez. Bárbaros y ladrones que ceden a sus parientes por baratijas. Hombres blancos feroces. Bestias entre bestias. Mitos y supersticiones como explicación a los secretos de la existencia. Un viaje que, como ritual de iniciación, va siendo doloroso y descarnado.

Cuando Yusuf vuelve a la casa de su amo en la ciudad de la costa, se dedica a ayudar al viejo jardinero en el mantenimiento del huerto. Y desde ahí se da cuenta que es observado a través de espejos por dos mujeres: el ama, que es una mujer mayor, enferma de misantropía, y Amina, la hermana de Khalil quien también es concubina del tío Aziz. El triángulo pasional está en marcha. Esta última parte es un epítome de amor, desprendimiento, y también de celos. Páginas hermosas que se leen con ojos bien redondos.

Paraíso, la novela más reconocida del ignoto ganador del premio nobel de este año veintiuno, quizá sea una alegoría sobre la libertad relativa. Y esa libertad, ¿la conseguirá al fin Yusuf? Bueno, para responderse esa pregunta hay que llegar a la última página.

Confieso que he quemado

Crónica de una quema de libros un día de difuntos por la tarde

La pira

Esto comienza con un poeta que un día de tantos gana una beca y se va del país. Y cómo dicen que los buenos bróderes se hacen buenos bolados, el poeta encargó a un amigo cercano que le resguardara sus libros. Por ahí ponelos, en un rincón de tu apartamento, le dijo un día antes de partir.

Los años pasaron, el poeta terminó la beca, y por esto o lo demás, o porque supo que estaban encarcelando escritores no volvió al país. Eso sí, de cuando en cuando llama a su amigo, a su bróder, para saludarlo. Para darse cuenta de cómo van las cosas y hablarle de ediciones, de música, de literatura y de ciertos recuerdos. Incluso, algún sábado, hasta se toman sus cervezas mientras charlan por WhatsApp.

El sábado anterior al día de difuntos, que este año cayó en martes, este poeta exiliado le dijo a su amigo a través de un audio:

—Haceme un favor: revisá las cajas y me decís que vas encontrando por ahí porque hay una persona que va a viajar, y se ha ofrecido a traerme alguno de mis libros.

Dale, le dijo el otro.

Y el amigo aprovechó la tarde libre del dos de noviembre (hay que visitar a los muertos) para desembalar las cajas de cartón. Solo que, al escindir los teipes y levantar las tapas, se llevó el madre susto pues, desde adentro de las cajas, saltaron los demonios de Pandora disfrazados de comejenes.

Dentro de la Caja de Pandora

 Los libros seguían embutidos, bien talladitos unos con otros, pero compactados en un solo amasijo. Los dorsos oscurecidos daban la impresión de haber sido chamuscados sutilmente con fuego de acetileno.

Ante las cajas de Pandora abiertas en pampas esperando a ser exorcizadas, el bróder no hizo más que plantarse de nalgas sobre el piso.

Le sobrecogía que se hubiera arruinado la mayoría de los libros. ¿Con qué le iba a salir al poeta? Pero también le fastidiaba que la tarde libre se le esfumara en el trabajo de selección, limpieza y descarte que ya veía por delante.

Luego de un rato de indecisión se levantó de un salto y apretó el ícono del auricular y mandó un audio. El mensaje fue corto, contundente.

—¿Maje? ¿Qué hago?

—Quemalos bróder—le dijo el poeta tras unos segundos de silencio—, ideay, no queda de otra.

El bróder intentó sacar las cajas al patio, pero pesaban como tenamastes. Entonces para ir aliviando el peso, fue sacando los libros de encima, que eran los menos afectados, y los fue poniendo en rimero sobre la cerámica del piso. Algunos tomos, los más grandes, a simple vista parecían en mejor estado que los demás. (Después lo veo, se dijo). Cuando alcanzó los libros del nivel más bajo de la primera caja, en el epicentro del desastre, le llamo la atención un título: «Mira si yo te querré» de Luis Leante. Y pese a que el libro se veía tostado, creyó que aún podría rescatarlo y lo cogió y lo palpó: un puñado de hojarascas podridas erizó la piel de sus brazos. ¿Qué se hicieron las páginas? ¿Y estas hojas carbonizadas? De la bonita novela, premio Alfaguara 2007, solo quedaban unos cuantos grumos que él amigo albacea del poeta imaginó rescoldos radiactivos.

Mira si yo te querré

Luego vio «Obra Completa, Poesía y Prosa» de Arthur Rimbaud, que, a simple vista solo tenía chamuscadas las orillas de las hojas, pero se alegró en balde porque al abrir el libro, las termitas reverberaban como gusanos en banquete de panza de perro muerto.

El amigo tiró el libro y reculó. El espectáculo grotesco de cientos de comejenes devorando vocales y consonantes como migajas de carne descompuesta lo estremeció.

Agarrándose el estómago fue al inodoro y escupió grueso. Dos veces escupió.

Recompuesto volvió a la zona cero y cogió un libro pequeño. Uno de un poeta con dos nombres y dos apellidos que se le deshizo entre los dedos.

Ni más ni menos había pasado como si el fuego de Sodoma hubiese rebullido dentro de las cajas.

Continuó sacando cadáveres hasta cuando constató que las cajas estaban menos pesadas y pudo arrastrarlas hacia el patio. Y ahora ahí, bajo la fronda del palo de mango rosa (la casa matriz, la granja de comejenes) desparramó más despojos: Fahrenheit 451 de Bradbury, La literatura nazi en América de Bolaño, un Virginia Wolf, La Biblia, Obras Completas de Borges, Trágame Tierra de Lizandro Chávez Alfaro, La dramática vida de Rubén Darío por Edelberto Torres, un estudio sobre la poética de Claribel Alegría y alguna que otra inutilidad monográfica.

Por un momento hizo un alto para explicarle a la vecina, que en short, camiseta y chinelas, al igual que él, desde el otro lado de la baranda le hacía preguntas obvias.

La vecina lo estuvo observando con curiosidad chismosa y luego se dio la vuelta. Él aprovechó para mirarle las piernas, pero nada más por puro reflejo, porque en ese momento lo último que podía llamarle la atención eran las hermosas extremidades de la muchacha. Luego atisbó por encima del palo de mangos tras el ramalazo de un trueno. Y se sintió peor que un rescatista desfallecido ante un edificio derrumbado. ¿Cómo era posible que le tocara tamaña responsabilidad? ¿Por qué él, y precisamente él, tenía que incinerar como Dios manda aquella tira de cadáveres? Al menos podré encargarme luego de los sobrevivientes. Se consoló.

Dejando de lado la auto conmiseración fue por una toalla amarilla de esas que venden en los semáforos y sacudió un Quijote de colección Punto de Lectura. Luego «Las Memorias de Adriano» de Yourcenar. Removió granos de un Bartleby de Melville y las motas y patas de cucaracha de entre las páginas de un impecable ejemplar de La gran bonanza de las Antillas de Calvino.

Luego se detuvo porque la foto de un niño lanzando una pedrada le atrajo: ¿Qué me quieres, amor? de Manuel Rivas lucía impecable. Le sacudió el polvo, lo abrió y buscó el cuento La lengua de las mariposas y lo leyó de un tirón, pero se arrepintió de haberlo hecho porque el final lo puso más triste de lo que estaba. Vamos, apurate. Se dijo. Había que continuar. La lluvia parecía inminente.

La lengua de las mariposas

Y así fue dándole y dándole. Y mientras limpiaba, sacudía, apartaba y tiraba ejemplares sobre el montículo cada vez creciente, no dejaba de leer líneas, párrafos, páginas enteras que se habían salvado.

Entonces lo vio.

Muchos de los libros que iba a incinerar, él mismo los había soslayado: dejado para después, para mañana o para la próxima semana o para el otro mes. O quizás hasta para el otro año. Pero ahora entendía bien que ese después ya no iba a ser. La oportunidad, empaquetada en cajas de cartón, se había consumido.

Terminada la selección y limpieza dejó caer el chorro generoso de gas kerosene sobra el montículo, y lanzó el fósforo encendido.

Con un palo seco estuvo atizando el fuego mientras tomaba fotografías y le enviaba un vídeo al poeta, quien desde su exilio veía el ritual fúnebre.

Cuando empezó a caer la lluvia y todo se hubo consumado, guardó a los supervivientes en dos valijas plásticas y se dio una ducha. Luego se vistió, abrió el único libro que había escrito su amigo exiliado, y fue leyendo las primeras páginas sin quitarse de la mente que había sido una gran suerte que el ejemplar, con dedicatoria y todo, se hubiera salvado. «Por poco y no lo leo».

Cuando nada parecía más importante que ganarle a Cuba

A propósito de un libro de Edgard Rodríguez Centeno

Pedro Selva /Cortesía La Prensa

En domingo mi abuelo me llevó al estadio Santa Julia a conocer a Pedro Selva. Yo nunca antes había visto un partido de beisbol de primera división, por tanto, ese día lo tengo subrayado.

El recuerdo es diáfano. Nada de entrar por la puerta principal del estadio, ahí donde iban pasando los que “tenían” más reales. Para nosotros fue rodear el viejo maderamen del palco, abrirnos paso por entre el tumulto de gente sudorosa, y ahí quedarnos todo el doble juego. Arrimaditos. Apretujados contra la malla de la línea de primera base, en “localidad de sol”, la más barata. Donde caía el solazo, pero no importaba: la panorámica era buena y podíamos ver a los jugadores de cerquita.  

En esa época el beisbol atiborraba mi universo de chavalo: la casa, el barrio, la calle, la escuela. Un espacio-tiempo de fantasías y ensoñaciones a ojo abierto. Y de perreras con bola de plástico.

Mi abuelo, un campesino curtido por el trabajo en la huerta, tenía por única diversión escuchar en su radio chiquito, los partidos de la liga Roberto Clemente, y todos los programas deportivos posibles. Y yo siempre pegado a sus pantalones, viéndolo hacia arriba.

Sucre, El Porteño, Proveedor, Araquistaín Wheelock, Rondón, Evelio. Altas voces, elegantes y ubicuas contando las proezas de individuos con nombres que sonaban a mito, pero también a humildad. Pomposos sustantivos de pueblo y tierra adentro: Calixto, Jarquín, Vicente, Herradora, Porfirio, Valeriano, Selva, Apolinar. Patronímicos recios y viriles que yo confundía con los personajes de mi libro de texto Cultura y Espíritu: Teseo y el Minotauro; Jasón, los Argonautas y el Vellocino de oro; Roldán y los Doce Pares de Francia; Ramsés y su imperio; Heródoto y sus viajes. De tal modo que, entre libro y beisbol, mi mente se encolochaba con jugadas de peloteros y aventuras de semidioses.

Y luego fue tiempo de guerras, murió mi abuelo y la vida se hizo distinta.

¿A qué vienen estos recuerdos?

Edgard Rodríguez Centeno

La culpa es de Edgard Rodríguez y su libro de perfiles con los peloteros más destacados del beisbol nicaragüense. «Zona de Strikes, el beisbol de ayer (Managua 2021, 1era edición)».

Retazos de una belle époque en la que bastaba un triunfo del equipo predilecto o de la selección nacional para ser feliz. Unos años en que nada parecía más importante que ganarle a Cuba. Una belle époque en que la televisión no hacía falta. La locución precisa de cada strike, cada bola, cada lanzamiento, cada batazo, era suficiente.

Qué ganas de desembuchar la tontería esa de que antes todo fue más bonito, mejor. Pero no. Me aguanto. Me aguanto porque ese tiempo en que tuvimos el beisbol como única distracción quizá fue el mejor por la inocencia y la alegría, pero también el peor porque pronto se nos jodió todo. Qué elegante sería que nuestras desavenencias fueran nada más por asuntos de deporte. Ahorraríamos sangre y llanto.

Pero volvamos a Edgard Rodríguez Centeno, quien más que cronista deportivo, es el escritor pudoroso que con calma y cuidado va más allá de la crónica escueta; y que para ganancia de sus lectores, simplemente narra sin aspavientos ni presunciones. En cada perfil, hay curiosidades, datos, noticias, anécdotas divertidas. Lectura amena. Pero aparte de su prosa limpia, el mayor mérito de este libro tal vez sea punzar, espolear la memoria. Y eso, cuando los años se va amontonando sin compasión, se estima sin remedio.

Para efectos prácticos de los amantes del juego, este libro es una ineludible herramienta de consulta, pues Edgard, fiel a su oficio periodístico, acude a las estadísticas en todo momento. Sin embargo, para otros, este trabajo quizá sea un pincho a la nostalgia.

Para terminar, me voy a permitir la licencia absurda de figurarme a Edgard en plena soledad de pandemia, escribiendo Zona de Strikes, el beisbol de ayer en pantalón chingo, el mismo de los años pueriles de su Condega de arcilla.

Estrella distante (novela)

Lectura de un domingo de noviembre

Hace ya un tiempo que a través de las escalas de Sensini y la novela Los Detectives Salvajes abordé el trasatlántico Roberto Bolaño. El primero me pareció un cuento perfecto, y de Los Detectives, por ahora tengo el recuerdo de un libro complejo de más de quinientas páginas con las aventuras de unos poetas que siguen la huella de cierta escritora desaparecida: toda una parafernalia escritural de personajes extravagantes y referencias extraordinarias, a ratos con su respectiva dosis de tedio.

En tanto, un domingo reciente, y mientras rebuscaba opiniones sobre la concesión del Nóbel a Abdulrazak Gurnah, descubrí el canal de YouTube del madrileño David Pérez Vega; un barbudo profesor de lengua y literatura que, de modo distendido y sin pretensiones, reseña libros y autores. Y ahí me quedé. Viéndolo por un rato. Un buen rato de más de una hora que terminó cuando una de sus reseñas, una en donde bien valora la obra de Roberto Bolaño, me hizo caer en la cuenta sobre una lectura pospuesta desde hacía tiempo: la novela Estrella distante (Barcelona, Anagrama, 1996).  

Tras darle el respectivo me gusta al video, me puse a buscar la novela del chileno entre el cúmulo de libros desplazados: estaba convencido que por ahí estaba confundido. Ya una vez encontré el tomo, y contrario a lo ocurrido con Los Detectives salvajes, me lo despaché en dos sesiones rápidas separadas tan solo por una pausa para dar cuenta de un nacatamal dominguero.

El protagonista bueno es el narrador-personaje Arturo B. quien se vale del propio Bolaño como un supuesto colaborador-escribano. Y un poeta trivial, un tal Alberto Ruiz-Tagle/Carlos Wieder/Jules Defoe, es el antagonista perverso que va liquidando gemelas e inventándose heterónimos para evadir el pasado.

Roberto Bolaño

Bolaño narra con prosa rápida y plagada de erudición literaria y cultural, hechos que arrancan en 1971 poco antes del golpe de estado en Chile.

Antes de ser el aviador militar que va desplegando poemas de humo por los cielos de Concepción y Santiago, Carlos Wieder es condiscípulo de Arturo B. y su amigo Bibiano O’Ryan en el taller de poesía de Juan Stein. Y es también la antítesis del poeta latinoamericano promedio: guapo, elegante en el vestir, distante en el trato con sus condiscípulos; además de preferido por las solicitadas gemelas Garmendia, y por tanto envidiado por todos. Pero luego cuando todo se desmadra con el golpe de Pinochet, el personaje hace un giro demoníaco y se convierte en un esbirro, un paramilitar asesino y delator al servicio de la dictadura.

La novela es un vector que se dibuja hacia adelante y nunca para. A los no iniciados es preciso advertir que, pese a los párrafos extensos y pródigos, la disposición equilibrada de oraciones largas, medianas, cortas y subordinadas, hacen que, en cierta manera, la lectura sea digerible y amena. Eso sí, es recomendable ir con atención: lo subliminal e irónico de su estilo lo merece. Por lo demás, es saludable prepararse para la plétora de referencias bibliográficas, históricas, geográficas y biográficas (es Bolaño por supuesto). Y las evocaciones de una suma ingente de revistas y publicaciones literarias váyase a saber si reales o inventadas. Algunas de estas referencias son reconocibles, sobre todo las que atañen al paisito de marras nuestro. Por ejemplo, el relato del personaje de Juan Stein luchando con los sandinistas en el Frente Sur en la guerra del 79; y las referencias a Ernesto Cardenal cuando el narrador atestigua que Juan Stein es influido por su poesía y la de Nicanor Parra.

Wieder es el quimérico poeta de ultraderechas, pretencioso y egocéntrico que asegura que «en las guerras internas los prisioneros son un estorbo»; y que va divulgando entre sus cortesanas que va a «hacer una poesía» que revolucionará la escena literaria chilena. Pero nada de eso pasa porque tras entreverar su condición criminal en la extraordinaria escena de las fotografías escabrosas, luego se pierde por el mundo.

En la última parte de la novela se da la búsqueda de Carlos Wieder por parte Abel Romero, un inspector de policía del tiempo de Allende, quien, retirado, venido a menos, y contratado por no se sabe quién, va tras sus pasos con ahínco javertiano.

Es de notar como Bolaño desarrolla historias apéndice de un modo magnífico: las correrías de Juan Stein en Nicaragua y El Salvador, y la vida estrambótica del sin-brazos Lorenzo; el artista y bailarín homosexual que muere de sida.

Estrella distante, anterior a Los Detectives Salvajes, es una excelente lectura para distanciarse de cualquier cosa un domingo de noviembre de 2021.

Luis Enrique, canción de tumba

Dos hombres jóvenes lloran y se confortan el uno al otro. El abrazo es fuerte pero tierno a la vez. Alrededor de ellos hay un séquito de familiares, amigos y algún policía o guardaespaldas. Hay cámaras y periodistas también.

El sitio es una sacristía. Un tabernáculo. Es la Basílica de San Sebastián en Diriamba, Nicaragua y los protagonistas son los hermanos Luis Enrique y Francisco (Matún) Mejía López. La secuencia es un fragmento de una crónica audiovisual emitida por una cadena hispana de los Estados Unidos, con motivo del retorno del músico Luis Enrique Mejía López a su natal Nicaragua. Hecho ocurrido allá lejos a inicios de la década de los noventa. Es una escena extraña y surrealista que recuerdo mientras leo Autobiografía, el libro de memorias de Luis Enrique, el cantante de salsa. (HarperCollins Español, 2017).

Despuntaban los veinte de mi generación entre finales de los ochenta y comienzos de los noventa y recién librados de la aventura obligada del Servicio Militar por la guerra civil de turno, pues había que aferrarse a ciertos referentes.

Para nosotros, músicos bisoños de entonces, Luis Enrique era el modelo ideal porque además de cantante reconocido e instrumentista virtuoso era de los nuestros, pinolero, nicaragüense (la condición más importante para nuestro chauvinismo necio).

Desde entonces unos han cambiado el beis por el fútbol. Otros el idealismo por la corruptela. Unos han dejado de fumar y cambiado de nacionalidad. Otros siguen enamorados de “elegidos” y “unicornios” y algunos, los menos, se han olvidado de casi todo. Por mi parte, además de abjurar del béisbol, el cigarrillo y el romanticismo trova entre otras cosas, pues también dejé de un lado la salsa como banda sonora. No creo que, a estas alturas, me atreva a comprar y escuchar todo un disco con 10 canciones de pura salsa. (¿Se hacen discos completos todavía?) Pero pese a las transmutaciones que nos va imponiendo el tiempo, se salva el respeto por ciertos modelos artísticos de nuestros años jóvenes.

Luis Enrique Mejía López (Somoto, Madriz, 1962), es acaso el mejor intérprete de música popular del país (considerando su virtuosismo como percusionista e instrumentista diverso), pero en su historia, además de éxito y fama, hay abuso infantil, destierro y abandono parental.

Al inicio la narrativa de Luis Enrique nos lleva por un mundo generoso, uno de cosas buenas, de olores, sabores y reminiscencias entrañables. Es el Somoto de los sentires. Es el mundo de los abuelos, de los tíos músicos y de la ingenuidad. Pero ese universo se vaporiza tras el divorcio de sus padres que es cuando aquellos dos niños son puestos bajo la tutela del tío abuelo cura. Un viejo venido desde el medioevo. Un tirano bastante avezado en infligir castigo, humillaciones, y dolor físico y emocional. Sin embargo, esos días de Diriamba apenas serían el punto inicial de una vida azarosa.   

Veintitantos años después se atisban las claves. Las causales ocultas tras el llanto de los hermanos Mejía López en la iglesia de aquel vídeo. Entonces la escena del baptisterio toma sentido.

A través del lloro de los hermanos se drenaba un sufrimiento postergado de dos niños de apenas nueve y siete años. Un sufrimiento que afloró apenas esos mismos niños, ya hombres, traspasaron el umbral de la basílica de San Sebastián.

Sin sutilezas Luis Enrique escribe sobre su búsqueda menos fructífera: la de su madre. De su viaje hacia la ilegalidad; de sus soledades, miserias y pobrezas. De la intemperie. Del abandono. Desde la atalaya de la madurez, no tiene reparos en ir desde el Somoto sereno de su niñez hasta la zozobra del inmigrante en la ciudad enorme. Sin dejar de lado el desgastante ir y venir tras las huellas de esa su madre inasequible.

Luis Enrique Mejía fue el más talentoso de los discípulos del maestro Wesley en la High School de La Serna; luego fue ganador del Grammy gringo y de tantos premios más. Pero en sus memorias, es sólo un tipo cualquiera que se desnuda sin ambages. Que exhibe la materia prima emocional a partir de la cual se formó el mismo como intérprete. Como buen autor. Cómo el músico de sesión destacado.

Son sus demonios y querubines desfilando por igual, con nada de pudor. Son sus claroscuros más íntimos en vitrina.

Leyendo Autobiografía de Luis Enrique me viene a mente una buena novela del escritor mexicano Julián Herbert: Canción de Tumba (Literatura Random House, 2011). Al igual que el protagonista-narrador de la novela de Herbert, Luis Enrique desvela sus secretos más amargos, aquellos que tienen que ver con su ascendencia vital, aquellos de los que en teoría no se puede blasfemar, al menos en público. Y por supuesto que Luis Enrique no lo hace. En verdad no reniega. No impreca los deslices y omisiones maternales. Solamente con responsabilidad fría, lo desvela todo en un notorio afán de contrición. De desahogo.

El libro está bastante bien escrito. La edición es cuidada. Tanto como para admitir que Luis Enrique Mejía López, el salsero, ha comenzado con responsabilidad y respeto otro oficio, el de escritor.

Tijerino, carta al padre

Querido padre: Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo. Sé que este intento de contestarte por escrito resultará muy incompleto.

Kafka, Franz (Carta al padre)

Ahí está. De pie sobre la tarima. Expuesto. Esperando los fajazos que va descargar sobre su espalda don Gustavo, el padre enardecido. Es posible creer que para evadirse aprieta los ojos: truculencia inútil porque el escarnio de ser flagelado delante de vecinos y compinches es inevitable.

Es un niño y se llama Edgar, pero para su padre es el chavalo díscolo, el dolor de cabeza. El rapaz que recibe su merecido por la vagancia del día.

Cuando el cronista deportivo Edgar Tijerino anunció que en diciembre de 2020 saldría la continuación de sus memorias «Yo, Vago», para quienes no las habíamos leído era el momento de ponernos al día.

Igual que Claudio, el tartamudo emperador romano, Tijerino escribe con coraje de esto y lo otro; de sus carencias y virtudes; de victorias, dolores y derrotas; y con pasmosa franqueza tanto de las consonancias como de las disonancias familiares.

Expone en Technicolor la tribulación de un divorcio, su quijotesca ingenuidad política, y el amor: ese que lo ha mantenido aferrado a la misma mujer por más de cuarenta años con la idéntica fuerza y entusiasmo de aquel lejano primer día, cuando ella fue su tabla de náufrago.

En cada página de «Yo, Vago», se trasluce la duda del individuo astuto. La curiosidad perenne de quien sabe de sus limitaciones, pero no retrocede. La habilidad del que sabe salir airoso tanto del dolor como del error por igual.

El capítulo sobre la hosquedad de un padre autoritario y machista es agudo. Son párrafos incómodos. Adoloridos. Pero a la vez extrañamente hermosos. El puente caído que fue la relación con su padre, Tijerino lo restaura desnudándose. Revelando el embarazo de ser visto como proveedor, más que como hijo, Edgar parece dejar todo atrás, en una higienización de la casa, los pensamientos, los recuerdos. Distinto de Kafka, el cronista no recrimina a su padre: solo trata de entenderlo.

Una vez pagada la factura por casi enloquecer a sus padres, como el agricultor que zarandea el lodo necesario de las botas después de la faena, Tijerino se arranca las costras del alma.

¿Y lo logra?

Pues… digamos que sí, porque al final, bajo la punta del iceberg de su escritura, el viejo cronista insinúa la manida máxima de: ¿acaso no es lo mismo dar que recibir? ¿Acaso no soy feliz después de todo?

Amado, o quizás odiado por algunos, Tijerino es un relator de raza y aptitud. Pero como de su éxito y suerte se ha dicho tanto ya, estas líneas son solo una mirada al niño y al muchacho, al hombre tras la confidencia. Al veterano que se ufana de la correlación entre lo que predica y lo que hace; y que aglutina en el mismo saco tanto la perfidia como la amistad, el endurecimiento como el placer, la anuencia como la polémica. Un todo que mastica y rumia y que quizá sea la fuerza vital que lo empuja todos los días a escribir y hablar sin tapujos.