«Mierda», la novela: una historia de abandono

Victoria y Eduardo hacen pareja y son padres de un niño, de Gregorio. Conforman equipo como asesores en marketing y publicidad, y han ganado la licitación para dirigir la estrategia de comunicación del candidato a la presidencia de la república de Nicaragua, Herty Lewites.

Durante el trayecto de San José a Managua en un destartalado avión, Victoria le dice a Eduardo que tiene el presentimiento de que van a ganar las elecciones. Pero lo conocido, que el candidato Herty Lewites ni siquiera llega vivo al día de las elecciones, echa por tierra la premonición. Y ese dato, que a cierto lector medianamente informado quizá lo haga abandonar la novela, es nada más que una pista falsa. Porque es verdad que no ganarán las elecciones. Pero la mayor pérdida de Victoria y Eduardo va por otro lado.

La novela, narrada en gran parte desde el punto de vista de Victoria, desarrolla dos conflictos. El primero, y que justifica el título, es la desventurada estrategia que los dos publicistas costarricenses plantearon: un spot de televisión donde luego de la visión de una mosca de utilería, Herty, el candidato, ofrece salvar a los nicaragüenses de la mierda. Es decir, de la pobreza, la corrupción, el atraso y resto de males. De más está decir que la estrategia fue un enorme yerro.

Carla Pravisani (Foto cortesía)

El otro conflicto, el emocional, son los azares de la vida en común de Victoria y Eduardo para quienes todo fue siempre para peor: desde el calor infernal de Managua al que nunca terminaron de adaptarse, hasta las enfermedades que contrajeron durante la estadía. Y ni hablar del slump profesional que les ocasionó nadar contra corriente en un país de cultura política tan particular, y que además de serles insólito e impenetrable, todo el tiempo los lleva hasta el tope.

La novela está dividida en tres partes tituladas «La ruta de las decisiones», «El cambio» y «La sombra de Pedrarias». Y estas a su vez se dividen en capítulos numerados. En la galería de personajes sobresalen Giselle la niñera, —uno de los personajes secundarios mejor fraguado—, y Aristóteles. Ellos dan verosimilitud a las caídas de Victoria y Eduardo. Quizá Aristóteles, el periodista, debió estar más tiempo en escena. ¿Acaso daba para más?

Tras la derrota aparatosa del candidato supletorio la pareja regresa a su país. Pero ya nada es igual. Es entonces cuando Eduardo, hijo de un exiliado, debe ir a la Argentina a ver morir a su padre, para luego regresar concibiéndose heredero de la amargura irremediable de su viejo. Una desazón que lo desbanca de su mundo presente y lo conmina a desatarlo todo, aunque no encuentre el valor ni el momento para hacerlo. Victoria por su parte, es quien al final realiza lo que ella considera un acto de violencia: cambiar las rutinas y dar el puntillazo.

«Mierda» es una historia acerca del abandono, de la capitulación. La campaña política del disidente sandinista Lewites, solo es el tablado en el que acontecen las vicisitudes de una relación, de una familia.

Pese a ser una historia de pérdida y derrota, «Mierda», la novela, es un libro que se lee con curiosidad gracias a un ritmo vertiginoso que sostiene la narración en un presente inmediato que no decae. En los pasajes de mayor intensidad, Pravisani nos evoca a Coetzee. A ese Coetzee que narra lo despiadado con pulcritud. Al Coetzee de «Desgracia».

«Mierda», la novela, es una hermosa metáfora de como la línea de tiempo de la vida en pareja recorre su ciclo natural: surgir, crecer, desarrollarse y continuar. En fin, Carla Pravisani ha escrito una novela que acaso podría estar entre lo más cuidado de un escritor o escritora centroamericana en los últimos años.

Confieso que he quemado

Crónica de una quema de libros un día de difuntos por la tarde

La pira

Esto comienza con un poeta que un día de tantos gana una beca y se va del país. Y cómo dicen que los buenos bróderes se hacen buenos bolados, el poeta encargó a un amigo cercano que le resguardara sus libros. Por ahí ponelos, en un rincón de tu apartamento, le dijo un día antes de partir.

Los años pasaron, el poeta terminó la beca, y por esto o lo demás, o porque supo que estaban encarcelando escritores no volvió al país. Eso sí, de cuando en cuando llama a su amigo, a su bróder, para saludarlo. Para darse cuenta de cómo van las cosas y hablarle de ediciones, de música, de literatura y de ciertos recuerdos. Incluso, algún sábado, hasta se toman sus cervezas mientras charlan por WhatsApp.

El sábado anterior al día de difuntos, que este año cayó en martes, este poeta exiliado le dijo a su amigo a través de un audio:

—Haceme un favor: revisá las cajas y me decís que vas encontrando por ahí porque hay una persona que va a viajar, y se ha ofrecido a traerme alguno de mis libros.

Dale, le dijo el otro.

Y el amigo aprovechó la tarde libre del dos de noviembre (hay que visitar a los muertos) para desembalar las cajas de cartón. Solo que, al escindir los teipes y levantar las tapas, se llevó el madre susto pues, desde adentro de las cajas, saltaron los demonios de Pandora disfrazados de comejenes.

Dentro de la Caja de Pandora

 Los libros seguían embutidos, bien talladitos unos con otros, pero compactados en un solo amasijo. Los dorsos oscurecidos daban la impresión de haber sido chamuscados sutilmente con fuego de acetileno.

Ante las cajas de Pandora abiertas en pampas esperando a ser exorcizadas, el bróder no hizo más que plantarse de nalgas sobre el piso.

Le sobrecogía que se hubiera arruinado la mayoría de los libros. ¿Con qué le iba a salir al poeta? Pero también le fastidiaba que la tarde libre se le esfumara en el trabajo de selección, limpieza y descarte que ya veía por delante.

Luego de un rato de indecisión se levantó de un salto y apretó el ícono del auricular y mandó un audio. El mensaje fue corto, contundente.

—¿Maje? ¿Qué hago?

—Quemalos bróder—le dijo el poeta tras unos segundos de silencio—, ideay, no queda de otra.

El bróder intentó sacar las cajas al patio, pero pesaban como tenamastes. Entonces para ir aliviando el peso, fue sacando los libros de encima, que eran los menos afectados, y los fue poniendo en rimero sobre la cerámica del piso. Algunos tomos, los más grandes, a simple vista parecían en mejor estado que los demás. (Después lo veo, se dijo). Cuando alcanzó los libros del nivel más bajo de la primera caja, en el epicentro del desastre, le llamo la atención un título: «Mira si yo te querré» de Luis Leante. Y pese a que el libro se veía tostado, creyó que aún podría rescatarlo y lo cogió y lo palpó: un puñado de hojarascas podridas erizó la piel de sus brazos. ¿Qué se hicieron las páginas? ¿Y estas hojas carbonizadas? De la bonita novela, premio Alfaguara 2007, solo quedaban unos cuantos grumos que él amigo albacea del poeta imaginó rescoldos radiactivos.

Mira si yo te querré

Luego vio «Obra Completa, Poesía y Prosa» de Arthur Rimbaud, que, a simple vista solo tenía chamuscadas las orillas de las hojas, pero se alegró en balde porque al abrir el libro, las termitas reverberaban como gusanos en banquete de panza de perro muerto.

El amigo tiró el libro y reculó. El espectáculo grotesco de cientos de comejenes devorando vocales y consonantes como migajas de carne descompuesta lo estremeció.

Agarrándose el estómago fue al inodoro y escupió grueso. Dos veces escupió.

Recompuesto volvió a la zona cero y cogió un libro pequeño. Uno de un poeta con dos nombres y dos apellidos que se le deshizo entre los dedos.

Ni más ni menos había pasado como si el fuego de Sodoma hubiese rebullido dentro de las cajas.

Continuó sacando cadáveres hasta cuando constató que las cajas estaban menos pesadas y pudo arrastrarlas hacia el patio. Y ahora ahí, bajo la fronda del palo de mango rosa (la casa matriz, la granja de comejenes) desparramó más despojos: Fahrenheit 451 de Bradbury, La literatura nazi en América de Bolaño, un Virginia Wolf, La Biblia, Obras Completas de Borges, Trágame Tierra de Lizandro Chávez Alfaro, La dramática vida de Rubén Darío por Edelberto Torres, un estudio sobre la poética de Claribel Alegría y alguna que otra inutilidad monográfica.

Por un momento hizo un alto para explicarle a la vecina, que en short, camiseta y chinelas, al igual que él, desde el otro lado de la baranda le hacía preguntas obvias.

La vecina lo estuvo observando con curiosidad chismosa y luego se dio la vuelta. Él aprovechó para mirarle las piernas, pero nada más por puro reflejo, porque en ese momento lo último que podía llamarle la atención eran las hermosas extremidades de la muchacha. Luego atisbó por encima del palo de mangos tras el ramalazo de un trueno. Y se sintió peor que un rescatista desfallecido ante un edificio derrumbado. ¿Cómo era posible que le tocara tamaña responsabilidad? ¿Por qué él, y precisamente él, tenía que incinerar como Dios manda aquella tira de cadáveres? Al menos podré encargarme luego de los sobrevivientes. Se consoló.

Dejando de lado la auto conmiseración fue por una toalla amarilla de esas que venden en los semáforos y sacudió un Quijote de colección Punto de Lectura. Luego «Las Memorias de Adriano» de Yourcenar. Removió granos de un Bartleby de Melville y las motas y patas de cucaracha de entre las páginas de un impecable ejemplar de La gran bonanza de las Antillas de Calvino.

Luego se detuvo porque la foto de un niño lanzando una pedrada le atrajo: ¿Qué me quieres, amor? de Manuel Rivas lucía impecable. Le sacudió el polvo, lo abrió y buscó el cuento La lengua de las mariposas y lo leyó de un tirón, pero se arrepintió de haberlo hecho porque el final lo puso más triste de lo que estaba. Vamos, apurate. Se dijo. Había que continuar. La lluvia parecía inminente.

La lengua de las mariposas

Y así fue dándole y dándole. Y mientras limpiaba, sacudía, apartaba y tiraba ejemplares sobre el montículo cada vez creciente, no dejaba de leer líneas, párrafos, páginas enteras que se habían salvado.

Entonces lo vio.

Muchos de los libros que iba a incinerar, él mismo los había soslayado: dejado para después, para mañana o para la próxima semana o para el otro mes. O quizás hasta para el otro año. Pero ahora entendía bien que ese después ya no iba a ser. La oportunidad, empaquetada en cajas de cartón, se había consumido.

Terminada la selección y limpieza dejó caer el chorro generoso de gas kerosene sobra el montículo, y lanzó el fósforo encendido.

Con un palo seco estuvo atizando el fuego mientras tomaba fotografías y le enviaba un vídeo al poeta, quien desde su exilio veía el ritual fúnebre.

Cuando empezó a caer la lluvia y todo se hubo consumado, guardó a los supervivientes en dos valijas plásticas y se dio una ducha. Luego se vistió, abrió el único libro que había escrito su amigo exiliado, y fue leyendo las primeras páginas sin quitarse de la mente que había sido una gran suerte que el ejemplar, con dedicatoria y todo, se hubiera salvado. «Por poco y no lo leo».

Luis Enrique, canción de tumba

Dos hombres jóvenes lloran y se confortan el uno al otro. El abrazo es fuerte pero tierno a la vez. Alrededor de ellos hay un séquito de familiares, amigos y algún policía o guardaespaldas. Hay cámaras y periodistas también.

El sitio es una sacristía. Un tabernáculo. Es la Basílica de San Sebastián en Diriamba, Nicaragua y los protagonistas son los hermanos Luis Enrique y Francisco (Matún) Mejía López. La secuencia es un fragmento de una crónica audiovisual emitida por una cadena hispana de los Estados Unidos, con motivo del retorno del músico Luis Enrique Mejía López a su natal Nicaragua. Hecho ocurrido allá lejos a inicios de la década de los noventa. Es una escena extraña y surrealista que recuerdo mientras leo Autobiografía, el libro de memorias de Luis Enrique, el cantante de salsa. (HarperCollins Español, 2017).

Despuntaban los veinte de mi generación entre finales de los ochenta y comienzos de los noventa y recién librados de la aventura obligada del Servicio Militar por la guerra civil de turno, pues había que aferrarse a ciertos referentes.

Para nosotros, músicos bisoños de entonces, Luis Enrique era el modelo ideal porque además de cantante reconocido e instrumentista virtuoso era de los nuestros, pinolero, nicaragüense (la condición más importante para nuestro chauvinismo necio).

Desde entonces unos han cambiado el beis por el fútbol. Otros el idealismo por la corruptela. Unos han dejado de fumar y cambiado de nacionalidad. Otros siguen enamorados de “elegidos” y “unicornios” y algunos, los menos, se han olvidado de casi todo. Por mi parte, además de abjurar del béisbol, el cigarrillo y el romanticismo trova entre otras cosas, pues también dejé de un lado la salsa como banda sonora. No creo que, a estas alturas, me atreva a comprar y escuchar todo un disco con 10 canciones de pura salsa. (¿Se hacen discos completos todavía?) Pero pese a las transmutaciones que nos va imponiendo el tiempo, se salva el respeto por ciertos modelos artísticos de nuestros años jóvenes.

Luis Enrique Mejía López (Somoto, Madriz, 1962), es acaso el mejor intérprete de música popular del país (considerando su virtuosismo como percusionista e instrumentista diverso), pero en su historia, además de éxito y fama, hay abuso infantil, destierro y abandono parental.

Al inicio la narrativa de Luis Enrique nos lleva por un mundo generoso, uno de cosas buenas, de olores, sabores y reminiscencias entrañables. Es el Somoto de los sentires. Es el mundo de los abuelos, de los tíos músicos y de la ingenuidad. Pero ese universo se vaporiza tras el divorcio de sus padres que es cuando aquellos dos niños son puestos bajo la tutela del tío abuelo cura. Un viejo venido desde el medioevo. Un tirano bastante avezado en infligir castigo, humillaciones, y dolor físico y emocional. Sin embargo, esos días de Diriamba apenas serían el punto inicial de una vida azarosa.   

Veintitantos años después se atisban las claves. Las causales ocultas tras el llanto de los hermanos Mejía López en la iglesia de aquel vídeo. Entonces la escena del baptisterio toma sentido.

A través del lloro de los hermanos se drenaba un sufrimiento postergado de dos niños de apenas nueve y siete años. Un sufrimiento que afloró apenas esos mismos niños, ya hombres, traspasaron el umbral de la basílica de San Sebastián.

Sin sutilezas Luis Enrique escribe sobre su búsqueda menos fructífera: la de su madre. De su viaje hacia la ilegalidad; de sus soledades, miserias y pobrezas. De la intemperie. Del abandono. Desde la atalaya de la madurez, no tiene reparos en ir desde el Somoto sereno de su niñez hasta la zozobra del inmigrante en la ciudad enorme. Sin dejar de lado el desgastante ir y venir tras las huellas de esa su madre inasequible.

Luis Enrique Mejía fue el más talentoso de los discípulos del maestro Wesley en la High School de La Serna; luego fue ganador del Grammy gringo y de tantos premios más. Pero en sus memorias, es sólo un tipo cualquiera que se desnuda sin ambages. Que exhibe la materia prima emocional a partir de la cual se formó el mismo como intérprete. Como buen autor. Cómo el músico de sesión destacado.

Son sus demonios y querubines desfilando por igual, con nada de pudor. Son sus claroscuros más íntimos en vitrina.

Leyendo Autobiografía de Luis Enrique me viene a mente una buena novela del escritor mexicano Julián Herbert: Canción de Tumba (Literatura Random House, 2011). Al igual que el protagonista-narrador de la novela de Herbert, Luis Enrique desvela sus secretos más amargos, aquellos que tienen que ver con su ascendencia vital, aquellos de los que en teoría no se puede blasfemar, al menos en público. Y por supuesto que Luis Enrique no lo hace. En verdad no reniega. No impreca los deslices y omisiones maternales. Solamente con responsabilidad fría, lo desvela todo en un notorio afán de contrición. De desahogo.

El libro está bastante bien escrito. La edición es cuidada. Tanto como para admitir que Luis Enrique Mejía López, el salsero, ha comenzado con responsabilidad y respeto otro oficio, el de escritor.

Tijerino, carta al padre

Querido padre: Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo. Sé que este intento de contestarte por escrito resultará muy incompleto.

Kafka, Franz (Carta al padre)

Ahí está. De pie sobre la tarima. Expuesto. Esperando los fajazos que va descargar sobre su espalda don Gustavo, el padre enardecido. Es posible creer que para evadirse aprieta los ojos: truculencia inútil porque el escarnio de ser flagelado delante de vecinos y compinches es inevitable.

Es un niño y se llama Edgar, pero para su padre es el chavalo díscolo, el dolor de cabeza. El rapaz que recibe su merecido por la vagancia del día.

Cuando el cronista deportivo Edgar Tijerino anunció que en diciembre de 2020 saldría la continuación de sus memorias «Yo, Vago», para quienes no las habíamos leído era el momento de ponernos al día.

Igual que Claudio, el tartamudo emperador romano, Tijerino escribe con coraje de esto y lo otro; de sus carencias y virtudes; de victorias, dolores y derrotas; y con pasmosa franqueza tanto de las consonancias como de las disonancias familiares.

Expone en Technicolor la tribulación de un divorcio, su quijotesca ingenuidad política, y el amor: ese que lo ha mantenido aferrado a la misma mujer por más de cuarenta años con la idéntica fuerza y entusiasmo de aquel lejano primer día, cuando ella fue su tabla de náufrago.

En cada página de «Yo, Vago», se trasluce la duda del individuo astuto. La curiosidad perenne de quien sabe de sus limitaciones, pero no retrocede. La habilidad del que sabe salir airoso tanto del dolor como del error por igual.

El capítulo sobre la hosquedad de un padre autoritario y machista es agudo. Son párrafos incómodos. Adoloridos. Pero a la vez extrañamente hermosos. El puente caído que fue la relación con su padre, Tijerino lo restaura desnudándose. Revelando el embarazo de ser visto como proveedor, más que como hijo, Edgar parece dejar todo atrás, en una higienización de la casa, los pensamientos, los recuerdos. Distinto de Kafka, el cronista no recrimina a su padre: solo trata de entenderlo.

Una vez pagada la factura por casi enloquecer a sus padres, como el agricultor que zarandea el lodo necesario de las botas después de la faena, Tijerino se arranca las costras del alma.

¿Y lo logra?

Pues… digamos que sí, porque al final, bajo la punta del iceberg de su escritura, el viejo cronista insinúa la manida máxima de: ¿acaso no es lo mismo dar que recibir? ¿Acaso no soy feliz después de todo?

Amado, o quizás odiado por algunos, Tijerino es un relator de raza y aptitud. Pero como de su éxito y suerte se ha dicho tanto ya, estas líneas son solo una mirada al niño y al muchacho, al hombre tras la confidencia. Al veterano que se ufana de la correlación entre lo que predica y lo que hace; y que aglutina en el mismo saco tanto la perfidia como la amistad, el endurecimiento como el placer, la anuencia como la polémica. Un todo que mastica y rumia y que quizá sea la fuerza vital que lo empuja todos los días a escribir y hablar sin tapujos.  

Una Almohada para José José

Historia de una canción, de un exiliado y de una almohada

Holbein Sandino

1
El último vuelo de La Nica, la línea aérea del dictador Anastasio Somoza Debayle, despega sin problemas. Ahí, con Carmen Marina, su hija de nueve años sobre las piernas, pegado a la ventanilla y con los ojos encharcados, va el compositor Adán Torres, presintiendo que ésta será la última vez que podrá ver la cornisa oriental del Xolotlán. El desdichado lago que en forma de ocho se exhibe extrañamente limpio, pero desolado.

A un lado Marina Moncada, su mujer, con el cutis barnizado por las lágrimas resecas y acurrucando a María Verónica, su otra hija de ocho años, percibe la tristeza de Adán, y desatendiendo la propia, lo consuela: “vamos a volver, vamos a volver algún día”.

Horas antes, en el aeropuerto Las Mercedes de Managua, la pareja creyó que sería imposible salir del infierno en que se había convertido aquel país inevitable.

2

Es la tarde del diecisiete de julio de mil novecientos setenta y nueve: un día aciago y claroscuro para unos; alegre y luminoso para otros.

La aeronave va repleta de niños, ancianos y mujeres y hombres abatidos. Han sido desplazadas las butacas de la parte final del avión para acomodar a cinco oficiales heridos de la Guardia Nacional de Somoza, que se quejan insonoros; solamente arrugan los rostros mientras soban los vendajes supurantes y llaman sin parar a las azafatas que hacen de enfermeras. Uno de ellos es conocido de Adán desde los tiempos de estudios en el Colegio Bautista.

“La escena era dantesca”, diría su esposa Marina décadas después.

Algunos pasajeros ríen nerviosos, quizás celebrando una segunda oportunidad. Parece un arca donde los ejemplares que perpetuarán la especie tras la hecatombe son salvaguardados.

Adán baja la persiana plástica. Se desinteresa de la panorámica y rememora la persistencia de su mama Carmen; el privilegio de poder decir tengo dos padres; la imagen de un venadito balaceado que desde los quince años le indujo el amor por la cacería; los viajes post terremoto a la casa de su papa Humberto en Estelí; y la alegría de sus alumnos y colegas en el Instituto Tecnológico de Granada.

Evoca las visitas a Marina, las tardes compartidas de matinée y la primera vez que advirtió su perfil blanquecino parecido (pero mejor delineado) al de Jackie Kennedy-Onassis.

También se acuerda de la íngrima noche en California cuando creyó abrazarla, llenarla de besos, de caricias ansiosas y mustias; cuando todo era claro, certero, real y luego, como en un relato fantástico despertó y solo estaba la maldita almohada. Se ve concentrado en la página donde escribió la primera estrofa de una extraña canción sin coro o estribillo que repetir.

Una tonada unidimensional. Ascendente como ola.

Unigénita.
Perfecta.
Su Almohada.

Pero lejos está de augurar que aquella canción ignorada en el Festival OTI Nicaragua 1977, llegaría a ser una de las composiciones imperecederas de la música popular en español, y una de las tonadas más interpretada por artistas como José José, Mark Anthony, Cristian Castro, Tito Nieves, Pepe Aguilar y otros, porque ahora, en el vuelo que lo aleja de su tierra, su mente se enreda en los despropósitos de las últimas horas.

3

Había trasladado a su familia al aeropuerto el día dieciséis por la tarde desde su casa en Piedra Quemada, con las balas silbando sobre su cabeza. Todos, incluso su padre biológico, don Efraín Huezo, que fue con la misión de regresar con el carro a casa, habían viajado aterrorizados.

Llevaba cuatro pasajes que su hermano mayor le había remitido desde Los Ángeles, sin embargo al llegar al aeropuerto, supo que en los pocos vuelos que faltaban ya no quedaban asientos disponibles. En el vestíbulo de la terminal, la escena mostraba rostros ojerosos y suplicantes. Todos buscaban un sitio. Familias enteras se abrazaban entre plegarias y rezos.

Querían huir.

Volar.

Escapar de aquel armagedón.

Agobiado, con su familia guarnecida tras su porte gigante y patriarcal, Adán no pudo perdonarse el haber esperado tanto tiempo para escapar de Nicaragua.

Esa intención, que estuvo guardada en su cabeza desde que un compañero de trabajo lo amenazó de muerte, la había rumiado por meses; pero siempre eludió la idea de trasplantarse en aquella sociedad robótica e impersonal a donde algunos años antes había ido a prepararse.

—No me interesa la guerra, soy un profesor, un técnico, un autor de canciones; un artista que solamente quiere ganarse la comida de su familia —le dijo Adán al sujeto cuando éste le ofreció una metralleta para unirse a la guerrilla.

—Pues entonces burgués baboso, si no la aceptás con ella misma te vamos a pasar la cuenta cuando hayamos  triunfado —lo sentenció el tipo.

Adán sintió miedo. Impotencia. La seguridad de su familia estaba en peligro. La tranquilidad por la que había renunciado a tantas cosas se esfumaba. Todo le parecía absurdo.

El sacrificio que significó estar ausente durante los irrecuperables años núbiles de su mujer; no gozar de los llantos primerizos de las niñas; privarse de los  paseos y cacerías en la floresta segoviana; excluirse de las guitarreadas y tertulias con sus amigos de Los Rockets (su banda de la adolescencia), no habría tenido sentido si aceptaba aquella propuesta idealista.

Tanto le dolió abandonar sus rutinas más íntimas cuando se marchó a estudiar mecánica automotriz al International Technical School de Los Ángeles, que la opción intimidante del desarraigo le había hecho posponer la huida cada vez que lo pensaba. Entonces creyó que la situación iba a mejorar y no fue así: se había equivocado.

4

En el avión, Adán ve ahora lejana e irreal aquella disyuntiva. Y para no pensar más, suaviza sus facciones buscando provocar una tímida sonrisa de su mujer, quien corresponde, pero un segundo nada más, porque enseguida ella vuelca su atención hacia el sosiego de las niñas. Aquel gesto le distrae, pero no puede dejar de rebobinar los recuerdos recientes de cuando su amigo, el chino Jorge Wong, tras reconocerlo en medio de los que pugnaban por un espacio, promete ayudarlo. Aquel hombre, aún influyente, tenía sus “contactos”.

—Déjenme ver que hago por ustedes —le dijo.

Al rato Wong volvió animado:

—Dos sitios, Adán. Sólo dos sitios están disponibles porque unos pasajeros no han podido llegar hasta el aeropuerto por los combates, pero el vuelo será mañana en la tarde y ustedes deberán llevar chineadas a las niñas.

Esa noche se percibió ralenti por el traqueteo de las ráfagas que llegaba desparramado por el viento hasta el interior del edificio como música de un chinamo diabólico; entre tanto, Adán y su familia, acostados todos en el piso, no pegaron pestañas mientras en la madrugada por la puerta trasera Somoza, su amante, y toda la cohorte, escapaban.

5

Un movimiento sugerente de su hija en brazos le interrumpe los recuerdos, mientras la acomoda, busca otra vez la mirada de su esposa, quien ahora no sonríe. Ella lo ve retraída y le dice:

—Pobrecitas, ha sido demasiado.

Las dos niñas habían protagonizado un evento que los pasajeros de aquel vuelo no iban a olvidar por mucho tiempo.

Para sortear el tedio de esperar y esperar la salida del avión, Adán había sacado su vieja guitarra para repasar algunos acordes. Lentamente llamó la atención de la gente en los pasillos y fue cuando Wong le dijo:

—“Caballón”, cantate aquella canción tuya, a la que le robaron el primer lugar en el OTI.

—Ay hermano —le respondió Adán, condescendiente al escuchar el mote cariñoso con que lo nombraban sus amigos de toda la vida—, hoy no estoy para cantar, mejor que lo hagan mis hijas y yo las voy a acompañar con la guitarra.

Fueron minutos dulces. Tras los primeros punteos las dos vocecitas se elevaron unísonas hasta el techo en volutas flameantes, que Adán imaginó como la escalera del ADN:

«Amor como el nuestro no hay dos en la vida, por más que se busque, por más que se esconda/ Tú duermes conmigo toditas las noches, te quedas callada sin ningún reproche/ Por eso te quiero, por eso te adoro; eres en mi vida todo mi tesoro/ A veces regreso borracho de angustias, te lleno de besos y caricias mustias. . .»

Cuando las pequeñas llegaron al final hubo lágrimas, aplausos y felicitaciones. Y el ambiente graso de aquel galpón que hacía de terminal aérea se aligeró.

Unos periodistas mexicanos que desde cierta distancia habían disfrutado la performance se arrimaron al molote y extrañados, preguntaron a Adán que dónde había comprado el disco.

—Cuál disco —respondió Adán, mientras metía la guitarra en su estuche.

—Señor, esa canción la grabó hace poco José José —contradijo uno de los periodistas.

—Esta canción es mía, yo la compuse, y sí, se la di a José José la última vez que vino a Nicaragua. Pero a pesar de tener su promesa de que la grabaría, nunca pensé que sería tan pronto. Es más —continuó— no me hice tantas expectativas.

—Pues felicidades mano —dijo otro de los periodistas, incrédulo y burlón —su rola ya se escucha a nivel internacional y nada menos que interpretada por el gran José José. Vaya a buscar a Chepe para que le dé la lana.

Pronto Adán olvidó la buena noticia que le dieron los corresponsales mexicanos que cubrían la guerra. Sólo ahora, a miles de metros de altura y revolcando los pensamientos, cae en la cuenta de lo que eso significa. Imaginar su Almohada convertida en un éxito musical, afloja el ahogo que le causa dejar para siempre su país, donde asegura, vive “la gente más dulce del mundo”.

Y sigue repasando tantos momentos vividos con esa su gente (que con los años visionaría tan a la deriva como las vidas de él y su familia en el avión) hasta cuando se escucha por el intercomunicador,  la voz gangosa del capitán anunciando el aterrizaje. Los pasajeros se desentumen y desciende la tensión de una jornada intensa y amarga.

Al bajar en el aeropuerto de Miami, agotados, con el aliento avinagrado, y avergonzados por la aún sangrante cicatriz del destierro, Adán y Marina topan con la realidad de sólo doscientos dólares en la bolsa y dos niñas hambrientas. Buscan un hotel barato donde poder descansar, y esperan el día siguiente para viajar a California.

6

Desde aquel viaje han pasado ya más de treinta años, pero en la mente de Adán y Marina, las imágenes, sentimientos, y hasta los olores de aquellos días, aún pinchan sus sentidos.

Cuando conocí a Marina Moncada en una tertulia en Managua no pude aguantarme las ganas de preguntarle si ella era la musa que había inspirado la famosa Almohada.

—Bueno. . . sí. . . pero mejor te voy a poner en contacto con Adán para que él mismo te lo cuente todo. —Me contestó.

Y es así como ahora estoy en un restaurante Denny’s de un suburbio angelino, desayunando con Marina y Adán, quienes distendidos, igual que si estuvieran con un amigo de siempre, me han ido relatando esta historia.

Cerca de ahí, queda la planta lechera de la cadena de supermercados, donde Adán consiguió empleo a los pocos días de haber llegado. Ese fue su único trabajo en el exilio hasta jubilarse.

En una pausa entre tantos recuerdos mencionan a Jorge Adán, el hijo de veintiocho años nacido en Estados Unidos quien también canta, toca el bajo y compone.

El compositor luce como un abuelo cariñoso y conversador. Con el bigote y los cabellos platinados, a sus casi 67 años se ve fuerte, erguido y sin señas de cansancio.

Mientras habla, respalda lo dicho rayando arabescos invisibles con las aspas de sus brazos. Su oralidad engancha. Me revela que desde joven ha sdo un fanático del diccionario, y que escribió un libro de cuentos y poemas inédito titulado El cazador.

Adán ha regresado a Nicaragua sólo dos veces desde aquel 17 de julio: en 1999 y en el 2001.  En cambio su esposa no supera la lejanía.

Las maneras, acento, y el agradable voceo de esta pareja revelan una nacionalidad a la que extrañan y aún lloran. Sin embargo, por ahora, él no quiere volver. Le deprime la miseria, le arrecha la injusticia, y todavía recela de muchas situaciones de una Nicaragua, según él, incorregible.

Mientras ellos sin prisa, predispuestos por un cómodo retiro gringo me platican sus vidas, llega a mi mente la cadencia inicial del arreglo que Tom Parker confeccionó como traje a la medida, para una pieza que ha sido tema de fondo en la vida de serenateros, bohemios, mariachis, filarmónicos de escuela, melómanos aguardentosos; y mujeres y hombres acabangados.

Con aquella melodía sonando en mi cabeza, compruebo que no era invención urbana la anécdota de un compositor desconocido que de romplón y sin más ni más, le pide a un famoso intérprete que le grabe su canción:

“Fue en 1978 —narra Adán— , Marina y yo habíamos estado esperando a José José en el Lobby del Hotel Camino Real de Managua. Ya me lo habían negado varias veces pero tuvimos paciencia. Además, un  taxista al servicio del hotel me había dicho: aguantate que más tarde viene. Cuando al fin aparece José Sosa Ortiz, el gran José José, y me ve con la guitarra en la mano, como que le fui simpático; entonces va a mi encuentro y me da un abrazo cariñoso; hacé de cuenta y caso —me dice Adán poniendo su brazo alrededor de mi hombro representando aquel instante— que como de amigos. Entonces   —continúa Adán inspirado— , me dice José José: ¿En qué puedo servirte? Y le respondo que quiero que escuche una canción. Y es cuando él me sorprende diciendo: ¿Y el casete? ¿Trajiste la canción grabada en casete? Pues. . . no, le digo, sólo traje mi guitarra y me apuro a decirle que alguien había recomendado que estaba perfecta para él. ¿Y quién dijo eso? Me pregunta. Allí mismo —sigue Adán— aprovecho y le platico que cuando Lupita D’ Alesio fue jurado en el OTI nica del 77 me había prometido hablarle a él de la canción; y entonces José José se pone interesado y me contesta: Mira, mira; no tengo tiempo porque ya será hora de mi actuación de esta noche, pero vente a la habitación y la tocas. Ya en la habitación, —sigue relatando el compositor— mientras José se acomoda la corbata y se cambia de saco, le agarra por cantar pedacitos de sus canciones. ¿Verdad Marina que estábamos encantados? —Le pregunta a su esposa y ella responde: ¡Por supuesto! Vieras como exageraba la pronunciación de las vocales —me dice— , así ve. . . —y comienza a imitar al cantante: No dejabas deee miraaar estabas sooola. . . —cambia de tono—: Yo que fui tormeeenta. . . la, la, la; —vuelve a modular y canta otra vez—: El triste todos diiicen que soooy”.

Adán se detiene, traga gordo, y sigue narrando:

“Y entonces sentados en la orilla de su cama yo empecé a cantar la canción en tono de sol menor porque en esa tonalidad la compuse. Aunque después él la grabó en la menor. Y José José ni me deja terminar los primeros versos porque me interrumpe: Espérate, espérate, espérate; y se dirige a su manager y compañero de cuarto: ¿Hay casete en limpio en la grabadora? Sí, le dice su compañero, y tras preguntar mi nombre completo y el de la canción echa a andar la grabadora y dice muy formal: La canción Almohada, del señor Adán Torres. Después nos fuimos Marina y yo al Camino de Oriente a celebrar en la discoteca El Infinito. Y cuando volvimos a la casa a medianoche, nos encontramos con la sorpresa de que José José había llamado por teléfono. La canción le había gustado y dejó dicho con mi cuñada que en cuanto nomás volviera a México, la iba a grabar”.

¡Ideay Martín!

Martín Urieta Solano
Martín Urieta Solano

Al oyente algunas líneas de las canciones le funcionan como poesía, [porque] le iluminan seres, situaciones, secuencias personales. (. . .) De pronto, una canción ranchera es, por acuerdo de millones de personas, poesía popular. (Carlos Monsivais)

Están en una entrevista que transcurre íntima y cómoda.

Él es un hombre de edad. Un señor de ademanes lentos y venerables. Ella es joven y se esmera en demostrarle que lo respeta y lo quiere.

La periodista se llama Mónica y él, además de maestro de escuela es un poeta.

Pero no de esos de revistas literarias, festivales, premios y egos ergonómicos. No. A este señor le dicen poeta porque escribe canciones rancheras y tal como sugiere Carlos Monsivais a millones de personas que no leen ni conocen “poetas de profesión” les basta que alguien escriba buenas rancheras para llamarlo poeta.

Para cierta casta intelectual las canciones vernáculas sólo son modestas fórmulas creativas; pero en la existencia de las gentes comunes (¿La civilización del espectáculo?), éstas funcionan como infalibles pócimas emocionales.

El señor a quién entrevista la periodista Mónica se llama Martín Urieta Solano.

Años antes, en un pueblo del norte de mi país, alrededor de una mesa un consumidor afirmó con propiedad:

―Ese Martín que menciona Vicente Fernández en esa canción es su amigo y compañero de farras. El que le hace las canciones.

Los asiduos de mesa, amigos de tragos, lo escucharon atentos mientras en la roconola sonaba alto: “Acá entre nos, quiero decirte la verdad. . .”

Esa tarde me fui de la barra convencido de la veracidad de la anécdota, pues me había gustado mucho. Me sonaba tan verosímil que ni pensé de dónde podía haber tomado tal dato aquel campesino.

Hoy descubro la patraña. Durante la plática que don Martín está teniendo con Mónica Garza en YouTube se evidencia el chasco. Don Martín ha sido el compositor de muchas de las canciones de Vicente, pero no su cuate de juergas. La historieta resulta ser sólo una romántica invención.

Este don Martín Urieta ha escrito las canciones más populares de Chente. Aun así, la única referencia que el imaginario popular tiene de él es un pasaje hablado en el interludio de ese himno del despecho que es “Acá entre nos” cuando el charro lo menciona:

“Ideay Martín, no cabe duda que también de dolor se canta, cuando llorar no se puede”.

Quizás de ahí, a partir de esa frase, el bohemio se inventó la deliciosa imagen de Vicente y Martín macerando sus cuitas entre rolas y tequilazos.

Algunas creaciones tienen su germen en historias o experiencias personales, aunque en ciertas ocasiones podría suceder al revés: que la composición inspire leyendas apócrifas. Fábulas como la de Agustín Lara saltando del lecho nupcial para escribir María Bonita, durante su luna de miel con María Félix en Acapulco, o la que hizo popular la propia María Félix afirmando que José Alfredo había compuesto Ella en su honor. Todas historias al vuelo que la poética popular ha hecho sacrosantas.

Desde siempre el pueblo ha querido estar al tanto de las veleidades y aventuras de sus artistas más queridos. Pero cada vez que las noticias no son suficientes, el arcaico afán humano por el romance, la nouvelle, es decir la ficción, hace que la gente eche mano de la propia imaginación para rellenar las hagiografías de sus ídolos.

Martín Urieta Solano nació el 11 de noviembre de 1943 en Huetamo, Michoacán, y entre jodarria y respeto se persigna ante la sola mención de José Alfredo Jiménez: el del «mundo raro».  Para Martín, José Alfredo es “El santo patrono de la música ranchera”. Su referente.

En un conocido ensayo, Carlos Monsivais considera a José Alfredo Jiménez como «el poeta de la desolación marginal». Y Urieta, como buen discípulo da continuidad al lamento y a la desolación que lleva intrínseca la música ranchera a partir de José Alfredo. Canciones como «Mujeres divinas», «Bohemio de afición», «Qué de raro tiene», «Acá entre nos», «Te me vas al diablo», «Urge», «Mi vejez» y otras, han quedado al aire para corroborarlo.

Ahora vamos a la anécdota:

Durante mucho tiempo a Martín Urieta le entristeció saber que Vicente Fernández, en sus conciertos, anunciaba «Mujeres Divinas» como una canción de un compositor que ni conocía.

―Eso me dolía mucho. ―Confiesa Martín a Mónica Garcés en un momento de la entrevista.

Tiempo después cuando ya pudieron conocerse, Vicente a modo de enmienda le prometió que en la próxima canción lo iba a mencionar con creces. Así surgió el «¡Ideay Martín. . .!» de «Acá entre nos».