Y después de Get Back, ¿qué?

A través de Get Back, el documental de Los Beatles editado por Peter Jackson y emitido por Disney Plus, se sabe ahora que Yoko Ono no tuvo la culpa. Que solo era apéndice, un pegoste de un John Lennon displicente. Que los cada vez más distantes Paul y John mirábanse todavía con ternura de hermanos cuando armonizaban voces. Que hasta George Harrison mandaba al carajo su resentimiento e incomodidad cuando suavemente tocaba la guitarra. Que Ringo disfrutaba ser encantador tanto tocando la batería como no haciéndolo. Que los Beatles eran la banda más feliz de la historia de la humanidad cada vez que sonaban juntos. Y que se separaron porque simplemente tenía que pasar. O porque tanta genialidad reunida era demasiada para ser cierta y eterna.

Ver y rebobinar una y otra vez. Luego pausa larga para ir a Google, cotejar fechas, citas, artículos o libros; o a Spotify a pinchar playlists para confrontar versiones. Y al otro día, de nuevo play, y otra vez pausa, y entonces curiosear Wikipedia para ver quién es quién entre tanto personaje secundario. En fin… un despacharse hermoso. Un no querer llegar al final. Un tomárselo con calma. Un quemarse a fuego lento.

Disfrutar Get Back, el documental, ha sido una experiencia devota. Siete horas y media en los que de intrascendente ser humano, uno pasa a ser el más afortunado voyerista del mundo.

Para un no-músico, o no-diletante, o no-fanático de los Beatles, la docu-serie podrá parecer aburrida. Y ya se ha escrito sobre ello. Sin embargo, para el resto, para nosotros: ha sido un gozo. Es que son siete horas y media presenciando el proceso creativo de cuatro artistas superiores.

Por un lado, John, siempre en plan jodedor y a ratos impuntual, pero sí consecuente en su trabajo. Y por el otro Paul, con actitud de director de orquesta en su mejor momento; elegante, disciplinado y adulto. El líder con la habilidad necesaria para imponer el ritmo de trabajo. Un perfeccionista hasta desesperar. McCartney, el ególatra que se sabe musicalmente superior a sus pares —que no significa que los otros sean menos—, simplemente se exhibe como un instrumentista de primer orden. El tipo nivel “dios” que, en un rapto mágico, hace sonar el bajo como guitarra para inventar melodía y acordes del tema «Get Back» en unos pocos minutos mientras Ringo observa atento y Harrison bosteza muerto de aburrimiento.

Nunca dejará de sorprender cómo Paul ejecuta y canta a la vez. Cualquier bajista sabe que eso es una responsabilidad enorme, que requiere absoluta concentración y tiempo perfecto. El bajista no tiene permiso para titubear o fallar. Es verdad que se puede aprender a tocar el bajo. Pero también es verdad que ser bajista es una condición natural, porque los grandes bajistas nacen. El oficio del bajo debe estar siempre ceñido al tempo y a la armonía. Es como el corazón que no debe detener porque si lo hace, todo se derrumba. Y Paul se excede sumando a la ejecución del bajo, la vocalización de melodías complejas. De más está decir que para lograr tal portento, el cerebro debe separarse en dos, con cada parte tocando líneas totalmente distintas una de la otra. ¿Y saben qué? Paul hace los dos oficios de manera perfecta, impecable, y hasta bromea mientras tanto. Insisto, tocar el bajo y cantar es harto complicado. Y aunque es asunto para genios, seguro precisa diez mil horas o más de trabajo.

Cuenta la historia que en un afán por estabilizar a los Beatles, Paul McCartney propuso dar un concierto único que sería filmado y comercializado. Y así fue como a partir del 2 de enero de 1969, se reunieron en un estudio de filmación de Twickenham, Londres. Según Phillip Norman, el biógrafo de McCartney, ahí buscaban estar a salvo de fans, intrusos y de la prensa. Pero de inicio las cosas no fueron de lo mejor.

Dice Norman: «en pleno invierno, el estudio era un lugar helado, lóbrego e incómodo; además, se esperaba que ellos cumplieran el horario de un estudio de cine, en lugar del de un estudio de grabación, lo que implicaba llegar a las nueve en punto de la mañana cada día, en vez de presentarse cómodamente en Abbey Road al atardecer. No había guion de rodaje ni estructura de ninguna clase: las instrucciones que había recibido Michael Lindsay-Hogg eran, sencillamente, que filmara todo lo que ocurriera mientras los Beatles armaban una lista de temas para su grandioso concierto de regreso en la localización en la que se celebrara al final».

Pero —y nunca mejor dicho—, tenían los días contados para eso y todo lo demás. Había que apurar porque el 31 de enero, todo debía estar terminado.

Al inicio, las exigencias musicales de Paul McCartney hacen botar la gorra a George Harrison, quien enojado deja la guitarra y se va para su casa. Aunque días después regresa. Cuando deciden trasladar la grabación al edificio de Abbey Road, el buen rollo se va imponiendo. Es entrañable el inicio del tercer capítulo cuando aparece Heather, la hija de seis años de Linda Eastman, la novia de Paul, y saca el niño interno de cada uno.

Queda para la memoria perpetua cuando Paul explica el modo de tocar los golpes de corcheas sincopadas del segundo compás de la bellísima «The Long a Winding Road». Cuando George Harrison canta el demo de «I Me Mine». El génesis de «Let It Be», «Somethin, «Donʹt Let Me Down». El momento en que George Harrison auxilia a Ringo Starr con los acordes de «Octopusʹs Garden». La sonrisa permanente del invitado Billy Preston; el tipo que parecía consciente del momento histórico que estaba teniendo la oportunidad de vivir. Las entradas a plano de George Martin y su pinta de lord, yendo, viniendo y aconsejando en medio de los ensayos. La devoción de mayordomo del roadie Mal Evans. La cara de niños asustados de los policías metiches ante el mejor final imaginable: el sacrosanto concierto de la azotea.

Yo no sé si a alguien más, pero después de ver Get Back, el documental, a mí me ha quedado una cabanga de la madre. Dios, qué tristeza.

Scene from «Get Back» (Take 3 at Rooftop Concert) recorded in 1969.

Las margaritas del mantel

Cecilia y Fito

«Te vi, juntabas margaritas del mantel

ya sé que te traté bastante mal

no se si eras un ángel o un rubí

o simplemente te vi». Fito Páez

Cuando escuchó por primera vez Un vestido y un amor caminaban a paso moderado y en total silencio. Los dos vista al frente, ignorándose. Como si lo transcendental de la caminata solo fuera evitar chocar con algún despistado.

Se habían citado en la cafetería de siempre y les fue mal. Qué desperdicio. Una oportunidad reducida al tiempo que tardaron en tomarse los cafés. Cuando él se atrevió a tocar el asunto, ella se fastidió: «Mejor dejémoslo estar, vos. Ya es tarde. Y me va a dejar el bus». El bollo de elote, el habitual, el de costumbre, quedó intacto.

Y avanzando en silencio llegaron al portal desde donde salía una voz de contralto acaballada sobre los acordes de un piano destemplado, un piano que a él le pareció un viejo Steinway:

Te vi, juntabas margaritas del mantel. . .

Él no lo supo entonces, pero aquella melodía iba a quedar incrustada en el software de su memoria con impunidad troyana, esperando el momento oportuno para hackearlo, para joderlo.

Y los años pasaron y pasaron hasta que una noche escuchó las estrofas en el canal HBO en la voz sostenida de un Caetano Veloso en sepia. Un Caetano con coleta y orquesta de cuerdas. Por supuesto que se acordó de ella. De aquella mujer que le hizo pedir el bollo de elote solamente para dejarlo entero. Cómo no acordarse. Claro que la imaginó. Sin embargo, pasado una saudade repentina, solo quedó en su cabeza dándole y dándole vueltas la hermosa melodía.

Lo relatado hasta aquí es parte de la historia de amor de un hombre con una canción. Una canción archi famosa y no por eso menos apreciable.

Ese hombre, que podría ser yo mismo pero que en realidad fue un amigo muy querido, con los años se mudó a un pueblo remoto en donde poco se sabía del mundo más allá de las montañas que lo circundaban. Eran los noventa y aunque recién habían instalado la televisión por cable, aún no existía internet y menos Wikipedia. Así que debió tragarse la curiosidad por saber los pormenores: compositor, versiones, tonalidad y otros datos como el año de publicación de álbum. Esas cosas que solo interesan a los melómanos maniáticos.

Luego una vez se hizo la internet supo que la había escrito Fito Páez, y que se había publicado en el álbum El amor después del amor en el año de 1992. Y ahí mismo, en el ciber en donde averiguaba el pedigrí del tema, en Wikipedia por supuesto, le pidió al chavalo encargado que le descargara la versión de Caetano para escucharla en su teléfono Sonny Ericson. Y también la de Fito, pero esa en vivo, le dijo.

Un vestido y un amor, según el propio Páez, nació de un tirón después de una noche de farra junto a Charly García. Una ocasión terrible en que su novia Cecilia Roth al verlo llegar desbaratado le dijo: «Mirá, en este momento te retirás de mi vida y de mi casa».

Cuenta Fito en un vídeo de YouTube que estando él a punto de dar la media vuelta, su novia cometió el error de meterse al baño y tardar más de una hora. Tiempo suficiente para que el músico, aun con la tremenda juma encima, inventara la semejante música y letra.

Cuando Cecilia por fin salió del baño, él le propuso una tregua:

«Mirá, escuchá, te hice esta canción, si te gusta me quedo».

Y se quedó por diez años más.

Un vestido y un amor habla del tiempo en que Fito Páez conoció a la actriz; de cuando ella se exhibía con un vestido hermoso y un amor, pues aún estaba casada; y de los encabes como ese de perdérsele toda una noche en bacanal. Aunque en la canción le aclara que si se le pierde, pues es por. . . solo un rato no más.

A nosotros nos resta ir por una cerveza y escuchar a Fito. Salud pues.

Luis Enrique, canción de tumba

Dos hombres jóvenes lloran y se confortan el uno al otro. El abrazo es fuerte pero tierno a la vez. Alrededor de ellos hay un séquito de familiares, amigos y algún policía o guardaespaldas. Hay cámaras y periodistas también.

El sitio es una sacristía. Un tabernáculo. Es la Basílica de San Sebastián en Diriamba, Nicaragua y los protagonistas son los hermanos Luis Enrique y Francisco (Matún) Mejía López. La secuencia es un fragmento de una crónica audiovisual emitida por una cadena hispana de los Estados Unidos, con motivo del retorno del músico Luis Enrique Mejía López a su natal Nicaragua. Hecho ocurrido allá lejos a inicios de la década de los noventa. Es una escena extraña y surrealista que recuerdo mientras leo Autobiografía, el libro de memorias de Luis Enrique, el cantante de salsa. (HarperCollins Español, 2017).

Despuntaban los veinte de mi generación entre finales de los ochenta y comienzos de los noventa y recién librados de la aventura obligada del Servicio Militar por la guerra civil de turno, pues había que aferrarse a ciertos referentes.

Para nosotros, músicos bisoños de entonces, Luis Enrique era el modelo ideal porque además de cantante reconocido e instrumentista virtuoso era de los nuestros, pinolero, nicaragüense (la condición más importante para nuestro chauvinismo necio).

Desde entonces unos han cambiado el beis por el fútbol. Otros el idealismo por la corruptela. Unos han dejado de fumar y cambiado de nacionalidad. Otros siguen enamorados de “elegidos” y “unicornios” y algunos, los menos, se han olvidado de casi todo. Por mi parte, además de abjurar del béisbol, el cigarrillo y el romanticismo trova entre otras cosas, pues también dejé de un lado la salsa como banda sonora. No creo que, a estas alturas, me atreva a comprar y escuchar todo un disco con 10 canciones de pura salsa. (¿Se hacen discos completos todavía?) Pero pese a las transmutaciones que nos va imponiendo el tiempo, se salva el respeto por ciertos modelos artísticos de nuestros años jóvenes.

Luis Enrique Mejía López (Somoto, Madriz, 1962), es acaso el mejor intérprete de música popular del país (considerando su virtuosismo como percusionista e instrumentista diverso), pero en su historia, además de éxito y fama, hay abuso infantil, destierro y abandono parental.

Al inicio la narrativa de Luis Enrique nos lleva por un mundo generoso, uno de cosas buenas, de olores, sabores y reminiscencias entrañables. Es el Somoto de los sentires. Es el mundo de los abuelos, de los tíos músicos y de la ingenuidad. Pero ese universo se vaporiza tras el divorcio de sus padres que es cuando aquellos dos niños son puestos bajo la tutela del tío abuelo cura. Un viejo venido desde el medioevo. Un tirano bastante avezado en infligir castigo, humillaciones, y dolor físico y emocional. Sin embargo, esos días de Diriamba apenas serían el punto inicial de una vida azarosa.   

Veintitantos años después se atisban las claves. Las causales ocultas tras el llanto de los hermanos Mejía López en la iglesia de aquel vídeo. Entonces la escena del baptisterio toma sentido.

A través del lloro de los hermanos se drenaba un sufrimiento postergado de dos niños de apenas nueve y siete años. Un sufrimiento que afloró apenas esos mismos niños, ya hombres, traspasaron el umbral de la basílica de San Sebastián.

Sin sutilezas Luis Enrique escribe sobre su búsqueda menos fructífera: la de su madre. De su viaje hacia la ilegalidad; de sus soledades, miserias y pobrezas. De la intemperie. Del abandono. Desde la atalaya de la madurez, no tiene reparos en ir desde el Somoto sereno de su niñez hasta la zozobra del inmigrante en la ciudad enorme. Sin dejar de lado el desgastante ir y venir tras las huellas de esa su madre inasequible.

Luis Enrique Mejía fue el más talentoso de los discípulos del maestro Wesley en la High School de La Serna; luego fue ganador del Grammy gringo y de tantos premios más. Pero en sus memorias, es sólo un tipo cualquiera que se desnuda sin ambages. Que exhibe la materia prima emocional a partir de la cual se formó el mismo como intérprete. Como buen autor. Cómo el músico de sesión destacado.

Son sus demonios y querubines desfilando por igual, con nada de pudor. Son sus claroscuros más íntimos en vitrina.

Leyendo Autobiografía de Luis Enrique me viene a mente una buena novela del escritor mexicano Julián Herbert: Canción de Tumba (Literatura Random House, 2011). Al igual que el protagonista-narrador de la novela de Herbert, Luis Enrique desvela sus secretos más amargos, aquellos que tienen que ver con su ascendencia vital, aquellos de los que en teoría no se puede blasfemar, al menos en público. Y por supuesto que Luis Enrique no lo hace. En verdad no reniega. No impreca los deslices y omisiones maternales. Solamente con responsabilidad fría, lo desvela todo en un notorio afán de contrición. De desahogo.

El libro está bastante bien escrito. La edición es cuidada. Tanto como para admitir que Luis Enrique Mejía López, el salsero, ha comenzado con responsabilidad y respeto otro oficio, el de escritor.

Años de vinilo y radio

Sí, de haber comprendido que aquél era el momento más feliz de mi vida, nunca lo habría dejado escapar.

Orhan Pamuk

Lo llamaré Cayetano.

Y ya cuando dejó de llover y se iba le dije:

—Dale bróder. Me da gusto que estés bien.

A Cayetano me lo encontré en la cafetería del supermercado esperando a que pasara la lluvia. Pese a que hacía muchos años que no nos veíamos, la conversación fue rápida. Pero lo necesariamente útil como para saber que mi antiguo amigo de la infancia y yo, apenas compartimos algunas ideas y conceptos. En lo demás somos antagónicos. Casi enemigos. 

Todo el rato habló y habló con mucha queja. Y yo no tuve más remedio que escucharlo y afirmar una y otra vez:

—Ajá. . . Sí. . .Tenés razón. OK.

Así, cuando vi que sólo él quería hablar dejé de ponerle mente y comencé a hilvanar la idea de que nuestra generación podría dividirse en dos estereotipos. Dos bandos con maneras distintas de gestionar los recuerdos: los formales y los triviales. 

Los primeros ubican sus recuerdos por su cercanía a guerras y cruzadas santas. En ese bando está mi amigo. Los otros, seríamos nosotros los vagos. Los superficiales. Esos que hemos demarcado la línea del tiempo de nuestra existencia con señas emocionales.

Por ejemplo, me acuerdo exactamente la canción que sonaba en la radio al momento en que interrumpieron programación para informar que habían matado a Somoza en Paraguay.

Del vendaval que estuvo cayendo mientras devoré “Cien años de soledad”. De mis pies lacerados y enfermos mientras veía por televisión la primera visita del Papa Wojtyla.

Del palo de mandarinas bajó el cual mi padre me dio a leer “Rebelión en la granja” el libro de George Orwell fundamental para mi sobrevivencia en tiempos de servicio militar; y para aprender a dudar de ideas y hombres de un solo rumbo.

A los días del encuentro con Cayetano vi en facebook una fotografía curiosa. Una instantánea donde Camilo Sesto, José José, Rocío Durcal y Juan Gabriel posan relajados. Una imagen demasiado sugerente, dolorosa quizá. Y pensé: los artistas contemporáneos a mis padres se están extinguiendo.

A mi padre le gustaban los Bee Gees, ABBA y Juice Newton. Y también Julio Iglesias. A mi madre le gustaba Leo Dan y creo que también Los Iracundos. Una de las canciones preferida de mi padre era «Angel Of The Mornig». Y cada vez que esa canción de Juice Newton sonaba en la radio mi padre subía el volumen del gran aparato Phillips. Un radio antiguo de tubos al vacío y color caoba.

En ese entonces me resultaba curioso que mi padre, un músico humilde y que no sabía ni pizca de inglés apreciara la música en ese idioma. Lo entendí mejor cuando una ocasión él mismo me dijo: “a la buena música con la melodía le basta”.

Recuerdo especialmente un domingo:

—Andá haceme un mandado —me dijo mi padre—. Andate a la discoteca y me comprás un disco: “Angel of The Morning”. 

Juice Newton

Fui por el sencillo, es decir un disco de 45 revoluciones por minuto, con dos canciones. La cara A con la canción que le gustaba a mi padre; y en la cara B la canción de relleno.

Sin embargo, al llegar a la tienda, el disco con la canción que mi padre quería ya no estaba. Se había agotado. Entonces me tomé una pequeña licencia. Un atrevimiento.

Sin medir las consecuencias pedí a la dependienta que me empacara otro disco. Disco Deewane, de la cantante paquistaní (ahora lo sé) Nazia Hassan. Por alguna razón esa era una de mis canciones favoritas a esos diez u once años míos.

Nazia Hassan

Queda para la historia, mí historia, el enojo de mi padre ese domingo.

En aquellos años, además de las radioemisoras, el otro medio para escuchar música era el aparato de sonido: fuera este un tocadiscos o tornamesa o consola o, más tarde en el tiempo, la grabadora de casetes. Sucedía entonces que todos, grandes y pequeños, teníamos a fuerza que escuchar la misma música, las mismas canciones. Y sobre todo porque las emisoras, casi totalmente, sonaban el mismo hit parade.

Entrañables el carraspeo de la aguja sobre los vinilos; la dureza táctil de los forros de cartón en que venían empacados los discos LP; la suavidad de las fundas de papel en que se guardaban los discos sencillos de 45 RPM; y el olor de los tubos al vacío del radio receptor una vez calientes.  

Mi generación debió escuchar sí o sí a Camilo, a José José, Raphael, José Luis Perales, Los Iracundos, Rocío Durcal, Juan Gabriel; a Mocedades, Nicola Di Bari, Juan Bau, Nino Bravo y todo el rollo de cantantes españoles y latinoamericanos. Además de la parafernalia de canciones anglosajonas y europeas que iban del rock, el pop y la denominada música disco. De tal modo que a fuerza de repetición llegamos a memorizar versos cursis pero que en aquellos años viejos sonaban a romance, a amor, a ambrosía total. Líricas que nos invitaban a imaginar desinfecto e inodoro los enchufes del amor de pareja.

Ahora que los años han comenzado a escurrirse sin control, aquellas viejas melodías enzarzadas entre arreglos orquestales ampulosos siguen siendo parte del paisaje sonoro radiofónico porque parece que el pasado nunca se fue. Y menos ahora —en tiempo de parlantes móviles vía bluetooth— que se reproducen las playlist de Spotify y YouTube casi que en el mismo orden de la foto de Camilo, José, Rocío y Juan.

Estas playlist personales no son “homenajes” comerciales descarados. Son solo sinceras deferencias de gente de colonia, gente de barrio. Personas con nostalgia, con más o menos resignación ante el inminente paso del tiempo. Parejas de abuelos, de padres, de seres humanos que rinden homenaje a sus trovadores.  A esos sus artistas que legaron una banda sonora existencial que gracias a la tecnología es imperecedera y ubicua.

Me satisface hacerme al lado de la trivialidad. Del lado de la gente de la edad de mis padres, de esa gente vieja que aún sufre la inquina de lo formal, de lo maldito.

Todas esas canciones «del recuerdo» continuarán ahí pululando hasta quién sabe cuándo. Quizás hasta cuando seamos capaces de desechar la ilusión, el acomodo. El lugar común ese que habla de la felicidad como cualidad de tiempos idos. La quimera que nos hace afirmar lo felices que fuimos cuando no nos enterábamos de nada.

¿Y Cayetano? Sí. Cayetano se fue en cuanto terminó de llover. No sin antes tratar de decirme que yo solo de pajas hablaba.

Una Almohada para José José

Historia de una canción, de un exiliado y de una almohada

Holbein Sandino

1
El último vuelo de La Nica, la línea aérea del dictador Anastasio Somoza Debayle, despega sin problemas. Ahí, con Carmen Marina, su hija de nueve años sobre las piernas, pegado a la ventanilla y con los ojos encharcados, va el compositor Adán Torres, presintiendo que ésta será la última vez que podrá ver la cornisa oriental del Xolotlán. El desdichado lago que en forma de ocho se exhibe extrañamente limpio, pero desolado.

A un lado Marina Moncada, su mujer, con el cutis barnizado por las lágrimas resecas y acurrucando a María Verónica, su otra hija de ocho años, percibe la tristeza de Adán, y desatendiendo la propia, lo consuela: “vamos a volver, vamos a volver algún día”.

Horas antes, en el aeropuerto Las Mercedes de Managua, la pareja creyó que sería imposible salir del infierno en que se había convertido aquel país inevitable.

2

Es la tarde del diecisiete de julio de mil novecientos setenta y nueve: un día aciago y claroscuro para unos; alegre y luminoso para otros.

La aeronave va repleta de niños, ancianos y mujeres y hombres abatidos. Han sido desplazadas las butacas de la parte final del avión para acomodar a cinco oficiales heridos de la Guardia Nacional de Somoza, que se quejan insonoros; solamente arrugan los rostros mientras soban los vendajes supurantes y llaman sin parar a las azafatas que hacen de enfermeras. Uno de ellos es conocido de Adán desde los tiempos de estudios en el Colegio Bautista.

“La escena era dantesca”, diría su esposa Marina décadas después.

Algunos pasajeros ríen nerviosos, quizás celebrando una segunda oportunidad. Parece un arca donde los ejemplares que perpetuarán la especie tras la hecatombe son salvaguardados.

Adán baja la persiana plástica. Se desinteresa de la panorámica y rememora la persistencia de su mama Carmen; el privilegio de poder decir tengo dos padres; la imagen de un venadito balaceado que desde los quince años le indujo el amor por la cacería; los viajes post terremoto a la casa de su papa Humberto en Estelí; y la alegría de sus alumnos y colegas en el Instituto Tecnológico de Granada.

Evoca las visitas a Marina, las tardes compartidas de matinée y la primera vez que advirtió su perfil blanquecino parecido (pero mejor delineado) al de Jackie Kennedy-Onassis.

También se acuerda de la íngrima noche en California cuando creyó abrazarla, llenarla de besos, de caricias ansiosas y mustias; cuando todo era claro, certero, real y luego, como en un relato fantástico despertó y solo estaba la maldita almohada. Se ve concentrado en la página donde escribió la primera estrofa de una extraña canción sin coro o estribillo que repetir.

Una tonada unidimensional. Ascendente como ola.

Unigénita.
Perfecta.
Su Almohada.

Pero lejos está de augurar que aquella canción ignorada en el Festival OTI Nicaragua 1977, llegaría a ser una de las composiciones imperecederas de la música popular en español, y una de las tonadas más interpretada por artistas como José José, Mark Anthony, Cristian Castro, Tito Nieves, Pepe Aguilar y otros, porque ahora, en el vuelo que lo aleja de su tierra, su mente se enreda en los despropósitos de las últimas horas.

3

Había trasladado a su familia al aeropuerto el día dieciséis por la tarde desde su casa en Piedra Quemada, con las balas silbando sobre su cabeza. Todos, incluso su padre biológico, don Efraín Huezo, que fue con la misión de regresar con el carro a casa, habían viajado aterrorizados.

Llevaba cuatro pasajes que su hermano mayor le había remitido desde Los Ángeles, sin embargo al llegar al aeropuerto, supo que en los pocos vuelos que faltaban ya no quedaban asientos disponibles. En el vestíbulo de la terminal, la escena mostraba rostros ojerosos y suplicantes. Todos buscaban un sitio. Familias enteras se abrazaban entre plegarias y rezos.

Querían huir.

Volar.

Escapar de aquel armagedón.

Agobiado, con su familia guarnecida tras su porte gigante y patriarcal, Adán no pudo perdonarse el haber esperado tanto tiempo para escapar de Nicaragua.

Esa intención, que estuvo guardada en su cabeza desde que un compañero de trabajo lo amenazó de muerte, la había rumiado por meses; pero siempre eludió la idea de trasplantarse en aquella sociedad robótica e impersonal a donde algunos años antes había ido a prepararse.

—No me interesa la guerra, soy un profesor, un técnico, un autor de canciones; un artista que solamente quiere ganarse la comida de su familia —le dijo Adán al sujeto cuando éste le ofreció una metralleta para unirse a la guerrilla.

—Pues entonces burgués baboso, si no la aceptás con ella misma te vamos a pasar la cuenta cuando hayamos  triunfado —lo sentenció el tipo.

Adán sintió miedo. Impotencia. La seguridad de su familia estaba en peligro. La tranquilidad por la que había renunciado a tantas cosas se esfumaba. Todo le parecía absurdo.

El sacrificio que significó estar ausente durante los irrecuperables años núbiles de su mujer; no gozar de los llantos primerizos de las niñas; privarse de los  paseos y cacerías en la floresta segoviana; excluirse de las guitarreadas y tertulias con sus amigos de Los Rockets (su banda de la adolescencia), no habría tenido sentido si aceptaba aquella propuesta idealista.

Tanto le dolió abandonar sus rutinas más íntimas cuando se marchó a estudiar mecánica automotriz al International Technical School de Los Ángeles, que la opción intimidante del desarraigo le había hecho posponer la huida cada vez que lo pensaba. Entonces creyó que la situación iba a mejorar y no fue así: se había equivocado.

4

En el avión, Adán ve ahora lejana e irreal aquella disyuntiva. Y para no pensar más, suaviza sus facciones buscando provocar una tímida sonrisa de su mujer, quien corresponde, pero un segundo nada más, porque enseguida ella vuelca su atención hacia el sosiego de las niñas. Aquel gesto le distrae, pero no puede dejar de rebobinar los recuerdos recientes de cuando su amigo, el chino Jorge Wong, tras reconocerlo en medio de los que pugnaban por un espacio, promete ayudarlo. Aquel hombre, aún influyente, tenía sus “contactos”.

—Déjenme ver que hago por ustedes —le dijo.

Al rato Wong volvió animado:

—Dos sitios, Adán. Sólo dos sitios están disponibles porque unos pasajeros no han podido llegar hasta el aeropuerto por los combates, pero el vuelo será mañana en la tarde y ustedes deberán llevar chineadas a las niñas.

Esa noche se percibió ralenti por el traqueteo de las ráfagas que llegaba desparramado por el viento hasta el interior del edificio como música de un chinamo diabólico; entre tanto, Adán y su familia, acostados todos en el piso, no pegaron pestañas mientras en la madrugada por la puerta trasera Somoza, su amante, y toda la cohorte, escapaban.

5

Un movimiento sugerente de su hija en brazos le interrumpe los recuerdos, mientras la acomoda, busca otra vez la mirada de su esposa, quien ahora no sonríe. Ella lo ve retraída y le dice:

—Pobrecitas, ha sido demasiado.

Las dos niñas habían protagonizado un evento que los pasajeros de aquel vuelo no iban a olvidar por mucho tiempo.

Para sortear el tedio de esperar y esperar la salida del avión, Adán había sacado su vieja guitarra para repasar algunos acordes. Lentamente llamó la atención de la gente en los pasillos y fue cuando Wong le dijo:

—“Caballón”, cantate aquella canción tuya, a la que le robaron el primer lugar en el OTI.

—Ay hermano —le respondió Adán, condescendiente al escuchar el mote cariñoso con que lo nombraban sus amigos de toda la vida—, hoy no estoy para cantar, mejor que lo hagan mis hijas y yo las voy a acompañar con la guitarra.

Fueron minutos dulces. Tras los primeros punteos las dos vocecitas se elevaron unísonas hasta el techo en volutas flameantes, que Adán imaginó como la escalera del ADN:

«Amor como el nuestro no hay dos en la vida, por más que se busque, por más que se esconda/ Tú duermes conmigo toditas las noches, te quedas callada sin ningún reproche/ Por eso te quiero, por eso te adoro; eres en mi vida todo mi tesoro/ A veces regreso borracho de angustias, te lleno de besos y caricias mustias. . .»

Cuando las pequeñas llegaron al final hubo lágrimas, aplausos y felicitaciones. Y el ambiente graso de aquel galpón que hacía de terminal aérea se aligeró.

Unos periodistas mexicanos que desde cierta distancia habían disfrutado la performance se arrimaron al molote y extrañados, preguntaron a Adán que dónde había comprado el disco.

—Cuál disco —respondió Adán, mientras metía la guitarra en su estuche.

—Señor, esa canción la grabó hace poco José José —contradijo uno de los periodistas.

—Esta canción es mía, yo la compuse, y sí, se la di a José José la última vez que vino a Nicaragua. Pero a pesar de tener su promesa de que la grabaría, nunca pensé que sería tan pronto. Es más —continuó— no me hice tantas expectativas.

—Pues felicidades mano —dijo otro de los periodistas, incrédulo y burlón —su rola ya se escucha a nivel internacional y nada menos que interpretada por el gran José José. Vaya a buscar a Chepe para que le dé la lana.

Pronto Adán olvidó la buena noticia que le dieron los corresponsales mexicanos que cubrían la guerra. Sólo ahora, a miles de metros de altura y revolcando los pensamientos, cae en la cuenta de lo que eso significa. Imaginar su Almohada convertida en un éxito musical, afloja el ahogo que le causa dejar para siempre su país, donde asegura, vive “la gente más dulce del mundo”.

Y sigue repasando tantos momentos vividos con esa su gente (que con los años visionaría tan a la deriva como las vidas de él y su familia en el avión) hasta cuando se escucha por el intercomunicador,  la voz gangosa del capitán anunciando el aterrizaje. Los pasajeros se desentumen y desciende la tensión de una jornada intensa y amarga.

Al bajar en el aeropuerto de Miami, agotados, con el aliento avinagrado, y avergonzados por la aún sangrante cicatriz del destierro, Adán y Marina topan con la realidad de sólo doscientos dólares en la bolsa y dos niñas hambrientas. Buscan un hotel barato donde poder descansar, y esperan el día siguiente para viajar a California.

6

Desde aquel viaje han pasado ya más de treinta años, pero en la mente de Adán y Marina, las imágenes, sentimientos, y hasta los olores de aquellos días, aún pinchan sus sentidos.

Cuando conocí a Marina Moncada en una tertulia en Managua no pude aguantarme las ganas de preguntarle si ella era la musa que había inspirado la famosa Almohada.

—Bueno. . . sí. . . pero mejor te voy a poner en contacto con Adán para que él mismo te lo cuente todo. —Me contestó.

Y es así como ahora estoy en un restaurante Denny’s de un suburbio angelino, desayunando con Marina y Adán, quienes distendidos, igual que si estuvieran con un amigo de siempre, me han ido relatando esta historia.

Cerca de ahí, queda la planta lechera de la cadena de supermercados, donde Adán consiguió empleo a los pocos días de haber llegado. Ese fue su único trabajo en el exilio hasta jubilarse.

En una pausa entre tantos recuerdos mencionan a Jorge Adán, el hijo de veintiocho años nacido en Estados Unidos quien también canta, toca el bajo y compone.

El compositor luce como un abuelo cariñoso y conversador. Con el bigote y los cabellos platinados, a sus casi 67 años se ve fuerte, erguido y sin señas de cansancio.

Mientras habla, respalda lo dicho rayando arabescos invisibles con las aspas de sus brazos. Su oralidad engancha. Me revela que desde joven ha sdo un fanático del diccionario, y que escribió un libro de cuentos y poemas inédito titulado El cazador.

Adán ha regresado a Nicaragua sólo dos veces desde aquel 17 de julio: en 1999 y en el 2001.  En cambio su esposa no supera la lejanía.

Las maneras, acento, y el agradable voceo de esta pareja revelan una nacionalidad a la que extrañan y aún lloran. Sin embargo, por ahora, él no quiere volver. Le deprime la miseria, le arrecha la injusticia, y todavía recela de muchas situaciones de una Nicaragua, según él, incorregible.

Mientras ellos sin prisa, predispuestos por un cómodo retiro gringo me platican sus vidas, llega a mi mente la cadencia inicial del arreglo que Tom Parker confeccionó como traje a la medida, para una pieza que ha sido tema de fondo en la vida de serenateros, bohemios, mariachis, filarmónicos de escuela, melómanos aguardentosos; y mujeres y hombres acabangados.

Con aquella melodía sonando en mi cabeza, compruebo que no era invención urbana la anécdota de un compositor desconocido que de romplón y sin más ni más, le pide a un famoso intérprete que le grabe su canción:

“Fue en 1978 —narra Adán— , Marina y yo habíamos estado esperando a José José en el Lobby del Hotel Camino Real de Managua. Ya me lo habían negado varias veces pero tuvimos paciencia. Además, un  taxista al servicio del hotel me había dicho: aguantate que más tarde viene. Cuando al fin aparece José Sosa Ortiz, el gran José José, y me ve con la guitarra en la mano, como que le fui simpático; entonces va a mi encuentro y me da un abrazo cariñoso; hacé de cuenta y caso —me dice Adán poniendo su brazo alrededor de mi hombro representando aquel instante— que como de amigos. Entonces   —continúa Adán inspirado— , me dice José José: ¿En qué puedo servirte? Y le respondo que quiero que escuche una canción. Y es cuando él me sorprende diciendo: ¿Y el casete? ¿Trajiste la canción grabada en casete? Pues. . . no, le digo, sólo traje mi guitarra y me apuro a decirle que alguien había recomendado que estaba perfecta para él. ¿Y quién dijo eso? Me pregunta. Allí mismo —sigue Adán— aprovecho y le platico que cuando Lupita D’ Alesio fue jurado en el OTI nica del 77 me había prometido hablarle a él de la canción; y entonces José José se pone interesado y me contesta: Mira, mira; no tengo tiempo porque ya será hora de mi actuación de esta noche, pero vente a la habitación y la tocas. Ya en la habitación, —sigue relatando el compositor— mientras José se acomoda la corbata y se cambia de saco, le agarra por cantar pedacitos de sus canciones. ¿Verdad Marina que estábamos encantados? —Le pregunta a su esposa y ella responde: ¡Por supuesto! Vieras como exageraba la pronunciación de las vocales —me dice— , así ve. . . —y comienza a imitar al cantante: No dejabas deee miraaar estabas sooola. . . —cambia de tono—: Yo que fui tormeeenta. . . la, la, la; —vuelve a modular y canta otra vez—: El triste todos diiicen que soooy”.

Adán se detiene, traga gordo, y sigue narrando:

“Y entonces sentados en la orilla de su cama yo empecé a cantar la canción en tono de sol menor porque en esa tonalidad la compuse. Aunque después él la grabó en la menor. Y José José ni me deja terminar los primeros versos porque me interrumpe: Espérate, espérate, espérate; y se dirige a su manager y compañero de cuarto: ¿Hay casete en limpio en la grabadora? Sí, le dice su compañero, y tras preguntar mi nombre completo y el de la canción echa a andar la grabadora y dice muy formal: La canción Almohada, del señor Adán Torres. Después nos fuimos Marina y yo al Camino de Oriente a celebrar en la discoteca El Infinito. Y cuando volvimos a la casa a medianoche, nos encontramos con la sorpresa de que José José había llamado por teléfono. La canción le había gustado y dejó dicho con mi cuñada que en cuanto nomás volviera a México, la iba a grabar”.

¡Ideay Martín!

Martín Urieta Solano
Martín Urieta Solano

Al oyente algunas líneas de las canciones le funcionan como poesía, [porque] le iluminan seres, situaciones, secuencias personales. (. . .) De pronto, una canción ranchera es, por acuerdo de millones de personas, poesía popular. (Carlos Monsivais)

Están en una entrevista que transcurre íntima y cómoda.

Él es un hombre de edad. Un señor de ademanes lentos y venerables. Ella es joven y se esmera en demostrarle que lo respeta y lo quiere.

La periodista se llama Mónica y él, además de maestro de escuela es un poeta.

Pero no de esos de revistas literarias, festivales, premios y egos ergonómicos. No. A este señor le dicen poeta porque escribe canciones rancheras y tal como sugiere Carlos Monsivais a millones de personas que no leen ni conocen “poetas de profesión” les basta que alguien escriba buenas rancheras para llamarlo poeta.

Para cierta casta intelectual las canciones vernáculas sólo son modestas fórmulas creativas; pero en la existencia de las gentes comunes (¿La civilización del espectáculo?), éstas funcionan como infalibles pócimas emocionales.

El señor a quién entrevista la periodista Mónica se llama Martín Urieta Solano.

Años antes, en un pueblo del norte de mi país, alrededor de una mesa un consumidor afirmó con propiedad:

―Ese Martín que menciona Vicente Fernández en esa canción es su amigo y compañero de farras. El que le hace las canciones.

Los asiduos de mesa, amigos de tragos, lo escucharon atentos mientras en la roconola sonaba alto: “Acá entre nos, quiero decirte la verdad. . .”

Esa tarde me fui de la barra convencido de la veracidad de la anécdota, pues me había gustado mucho. Me sonaba tan verosímil que ni pensé de dónde podía haber tomado tal dato aquel campesino.

Hoy descubro la patraña. Durante la plática que don Martín está teniendo con Mónica Garza en YouTube se evidencia el chasco. Don Martín ha sido el compositor de muchas de las canciones de Vicente, pero no su cuate de juergas. La historieta resulta ser sólo una romántica invención.

Este don Martín Urieta ha escrito las canciones más populares de Chente. Aun así, la única referencia que el imaginario popular tiene de él es un pasaje hablado en el interludio de ese himno del despecho que es “Acá entre nos” cuando el charro lo menciona:

“Ideay Martín, no cabe duda que también de dolor se canta, cuando llorar no se puede”.

Quizás de ahí, a partir de esa frase, el bohemio se inventó la deliciosa imagen de Vicente y Martín macerando sus cuitas entre rolas y tequilazos.

Algunas creaciones tienen su germen en historias o experiencias personales, aunque en ciertas ocasiones podría suceder al revés: que la composición inspire leyendas apócrifas. Fábulas como la de Agustín Lara saltando del lecho nupcial para escribir María Bonita, durante su luna de miel con María Félix en Acapulco, o la que hizo popular la propia María Félix afirmando que José Alfredo había compuesto Ella en su honor. Todas historias al vuelo que la poética popular ha hecho sacrosantas.

Desde siempre el pueblo ha querido estar al tanto de las veleidades y aventuras de sus artistas más queridos. Pero cada vez que las noticias no son suficientes, el arcaico afán humano por el romance, la nouvelle, es decir la ficción, hace que la gente eche mano de la propia imaginación para rellenar las hagiografías de sus ídolos.

Martín Urieta Solano nació el 11 de noviembre de 1943 en Huetamo, Michoacán, y entre jodarria y respeto se persigna ante la sola mención de José Alfredo Jiménez: el del «mundo raro».  Para Martín, José Alfredo es “El santo patrono de la música ranchera”. Su referente.

En un conocido ensayo, Carlos Monsivais considera a José Alfredo Jiménez como «el poeta de la desolación marginal». Y Urieta, como buen discípulo da continuidad al lamento y a la desolación que lleva intrínseca la música ranchera a partir de José Alfredo. Canciones como «Mujeres divinas», «Bohemio de afición», «Qué de raro tiene», «Acá entre nos», «Te me vas al diablo», «Urge», «Mi vejez» y otras, han quedado al aire para corroborarlo.

Ahora vamos a la anécdota:

Durante mucho tiempo a Martín Urieta le entristeció saber que Vicente Fernández, en sus conciertos, anunciaba «Mujeres Divinas» como una canción de un compositor que ni conocía.

―Eso me dolía mucho. ―Confiesa Martín a Mónica Garcés en un momento de la entrevista.

Tiempo después cuando ya pudieron conocerse, Vicente a modo de enmienda le prometió que en la próxima canción lo iba a mencionar con creces. Así surgió el «¡Ideay Martín. . .!» de «Acá entre nos».