El aburrimiento y la infidelidad

Habiendo leído solamente Los Dominios del lobo (1971) y Corazón tan blanco (1992), uno corre el riesgo de trastabillar a la hora de justipreciar la obra del recién fallecido Javier Marías. Así que, por ahora, solo pondremos foco en una de sus novelas más galardonadas: Mañana en la batalla piensa en mí (1994).

Una mujer, Marta, le va a ser infiel a su marido con un hombre que apenas conoce. Sin embargo, no logra consumar el hecho porque muere sin llegar a desnudarse del todo. Así más o menos inicia la octava novela de este autor, traductor y articulista madrileño.

El arranque y la premisa son sorprendentes. Sin embargo, de ahí en adelante usted va a chapalear en un inmenso charco de palabras, juicios, soliloquios, citas de Shakespeare (incluido el título), y algunas referencias cinematográficas.

Con prosa plena de desvíos discursivos, aunque no tan laberíntica como para no seguir el hilo de la trama, Javier Marías, hace que Víctor Francés, un escritor que trabaja por encargos, narre la historia valiéndose de sus pensamientos y su individual visión de las cosas.

Veamos: suponga usted, si es varón por supuesto (perdón por la confianza de ubicarlo en tan vulgar enredo), que está a punto de consumar una aventura amorosa-sexual y la conquista se le muere casi en los brazos. Y para mayor inconveniente, todo está sucediendo en la misma casa y cama que ella comparte con su esposo, quien anda de gira de trabajo en el extranjero, a unos cuantos pasos de la misma mesa en donde han cenado; y para colmo, el hijo de ella de dos años aún está despierto en la habitación de al lado.

¿Qué hacer?, ¿a quién llamar? Poco o nada conocés de ella. ¿El niño? Ese no tiene idea de lo qué está ocurriendo. Solo se ha levantado un par de veces para verte con cara de no te conozco. Tremendo problema, ¿a que sí?

Es que Marías plantea tan bien el asunto que uno se siente partícipe de la angustia del personaje.

Volvamos a Víctor entonces, quien, como puede sale del piso, y en los días siguientes se empeñará en acercarse a la familia de la fallecida: es decir aproximarse a su padre, a su hermana, y a su marido, ya viudo. Incluso asiste de incógnito al sepelio.

Gracias a la ayuda de un escritor amigo, un tal Ruibérriz, Víctor consigue tratar a Juan Téllez, el anciano padre de Marta, que a la vez es cortesano del rey. Téllez hace que Víctor llegue a frecuentar brevemente al rey y algunos de su servidumbre, con el pretexto de escribirle un discurso haciéndose pasar por Ruibérriz. Notable que la aparición en escena del rey y su “séquito” sea un tanto bufa.

Hay un pasaje de la novela en donde Víctor repasa de como una noche, de un tiempo anterior, recoge a una prostituta en una calle de Madrid, y de inmediato especula de que en realidad se trata de su exmujer, Celia. Este pasaje nada verosímil, lo obliga a uno a preguntarse: ¿qué carajos tiene esto que ver con la historia?

En el último acto, y después que testarudamente insiste en acercarse a Luisa, la hermana de la difunta, Víctor es reconocido por el niño, y entonces debe confesar a Luisa lo sucedido en la última noche de la vida de su hermana. Luego, conminado por Luisa, se ve obligado a conversar con Eduardo, el esposo de Marta. En esa conversación, el lector, al mismo tiempo que el protagonista narrador Víctor, descubre que Eduardo, al igual que la mayoría de personajes de la novela, ha esgrimido sus propias cuotas de infidelidad y aburrimiento.

En fin, sucede que solo a un Javier Marías, con su estilo de frases largas y retóricas, se le tolera una novela pausada de más de quinientas páginas sobre la perfidia y la indiferencia. Eso sí, luego de leerla (y por varios días) la historia le queda a uno dando vueltas en la cabeza.

«Mierda», la novela: una historia de abandono

Victoria y Eduardo hacen pareja y son padres de un niño, de Gregorio. Conforman equipo como asesores en marketing y publicidad, y han ganado la licitación para dirigir la estrategia de comunicación del candidato a la presidencia de la república de Nicaragua, Herty Lewites.

Durante el trayecto de San José a Managua en un destartalado avión, Victoria le dice a Eduardo que tiene el presentimiento de que van a ganar las elecciones. Pero lo conocido, que el candidato Herty Lewites ni siquiera llega vivo al día de las elecciones, echa por tierra la premonición. Y ese dato, que a cierto lector medianamente informado quizá lo haga abandonar la novela, es nada más que una pista falsa. Porque es verdad que no ganarán las elecciones. Pero la mayor pérdida de Victoria y Eduardo va por otro lado.

La novela, narrada en gran parte desde el punto de vista de Victoria, desarrolla dos conflictos. El primero, y que justifica el título, es la desventurada estrategia que los dos publicistas costarricenses plantearon: un spot de televisión donde luego de la visión de una mosca de utilería, Herty, el candidato, ofrece salvar a los nicaragüenses de la mierda. Es decir, de la pobreza, la corrupción, el atraso y resto de males. De más está decir que la estrategia fue un enorme yerro.

Carla Pravisani (Foto cortesía)

El otro conflicto, el emocional, son los azares de la vida en común de Victoria y Eduardo para quienes todo fue siempre para peor: desde el calor infernal de Managua al que nunca terminaron de adaptarse, hasta las enfermedades que contrajeron durante la estadía. Y ni hablar del slump profesional que les ocasionó nadar contra corriente en un país de cultura política tan particular, y que además de serles insólito e impenetrable, todo el tiempo los lleva hasta el tope.

La novela está dividida en tres partes tituladas «La ruta de las decisiones», «El cambio» y «La sombra de Pedrarias». Y estas a su vez se dividen en capítulos numerados. En la galería de personajes sobresalen Giselle la niñera, —uno de los personajes secundarios mejor fraguado—, y Aristóteles. Ellos dan verosimilitud a las caídas de Victoria y Eduardo. Quizá Aristóteles, el periodista, debió estar más tiempo en escena. ¿Acaso daba para más?

Tras la derrota aparatosa del candidato supletorio la pareja regresa a su país. Pero ya nada es igual. Es entonces cuando Eduardo, hijo de un exiliado, debe ir a la Argentina a ver morir a su padre, para luego regresar concibiéndose heredero de la amargura irremediable de su viejo. Una desazón que lo desbanca de su mundo presente y lo conmina a desatarlo todo, aunque no encuentre el valor ni el momento para hacerlo. Victoria por su parte, es quien al final realiza lo que ella considera un acto de violencia: cambiar las rutinas y dar el puntillazo.

«Mierda» es una historia acerca del abandono, de la capitulación. La campaña política del disidente sandinista Lewites, solo es el tablado en el que acontecen las vicisitudes de una relación, de una familia.

Pese a ser una historia de pérdida y derrota, «Mierda», la novela, es un libro que se lee con curiosidad gracias a un ritmo vertiginoso que sostiene la narración en un presente inmediato que no decae. En los pasajes de mayor intensidad, Pravisani nos evoca a Coetzee. A ese Coetzee que narra lo despiadado con pulcritud. Al Coetzee de «Desgracia».

«Mierda», la novela, es una hermosa metáfora de como la línea de tiempo de la vida en pareja recorre su ciclo natural: surgir, crecer, desarrollarse y continuar. En fin, Carla Pravisani ha escrito una novela que acaso podría estar entre lo más cuidado de un escritor o escritora centroamericana en los últimos años.

Estrella distante (novela)

Lectura de un domingo de noviembre

Hace ya un tiempo que a través de las escalas de Sensini y la novela Los Detectives Salvajes abordé el trasatlántico Roberto Bolaño. El primero me pareció un cuento perfecto, y de Los Detectives, por ahora tengo el recuerdo de un libro complejo de más de quinientas páginas con las aventuras de unos poetas que siguen la huella de cierta escritora desaparecida: toda una parafernalia escritural de personajes extravagantes y referencias extraordinarias, a ratos con su respectiva dosis de tedio.

En tanto, un domingo reciente, y mientras rebuscaba opiniones sobre la concesión del Nóbel a Abdulrazak Gurnah, descubrí el canal de YouTube del madrileño David Pérez Vega; un barbudo profesor de lengua y literatura que, de modo distendido y sin pretensiones, reseña libros y autores. Y ahí me quedé. Viéndolo por un rato. Un buen rato de más de una hora que terminó cuando una de sus reseñas, una en donde bien valora la obra de Roberto Bolaño, me hizo caer en la cuenta sobre una lectura pospuesta desde hacía tiempo: la novela Estrella distante (Barcelona, Anagrama, 1996).  

Tras darle el respectivo me gusta al video, me puse a buscar la novela del chileno entre el cúmulo de libros desplazados: estaba convencido que por ahí estaba confundido. Ya una vez encontré el tomo, y contrario a lo ocurrido con Los Detectives salvajes, me lo despaché en dos sesiones rápidas separadas tan solo por una pausa para dar cuenta de un nacatamal dominguero.

El protagonista bueno es el narrador-personaje Arturo B. quien se vale del propio Bolaño como un supuesto colaborador-escribano. Y un poeta trivial, un tal Alberto Ruiz-Tagle/Carlos Wieder/Jules Defoe, es el antagonista perverso que va liquidando gemelas e inventándose heterónimos para evadir el pasado.

Roberto Bolaño

Bolaño narra con prosa rápida y plagada de erudición literaria y cultural, hechos que arrancan en 1971 poco antes del golpe de estado en Chile.

Antes de ser el aviador militar que va desplegando poemas de humo por los cielos de Concepción y Santiago, Carlos Wieder es condiscípulo de Arturo B. y su amigo Bibiano O’Ryan en el taller de poesía de Juan Stein. Y es también la antítesis del poeta latinoamericano promedio: guapo, elegante en el vestir, distante en el trato con sus condiscípulos; además de preferido por las solicitadas gemelas Garmendia, y por tanto envidiado por todos. Pero luego cuando todo se desmadra con el golpe de Pinochet, el personaje hace un giro demoníaco y se convierte en un esbirro, un paramilitar asesino y delator al servicio de la dictadura.

La novela es un vector que se dibuja hacia adelante y nunca para. A los no iniciados es preciso advertir que, pese a los párrafos extensos y pródigos, la disposición equilibrada de oraciones largas, medianas, cortas y subordinadas, hacen que, en cierta manera, la lectura sea digerible y amena. Eso sí, es recomendable ir con atención: lo subliminal e irónico de su estilo lo merece. Por lo demás, es saludable prepararse para la plétora de referencias bibliográficas, históricas, geográficas y biográficas (es Bolaño por supuesto). Y las evocaciones de una suma ingente de revistas y publicaciones literarias váyase a saber si reales o inventadas. Algunas de estas referencias son reconocibles, sobre todo las que atañen al paisito de marras nuestro. Por ejemplo, el relato del personaje de Juan Stein luchando con los sandinistas en el Frente Sur en la guerra del 79; y las referencias a Ernesto Cardenal cuando el narrador atestigua que Juan Stein es influido por su poesía y la de Nicanor Parra.

Wieder es el quimérico poeta de ultraderechas, pretencioso y egocéntrico que asegura que «en las guerras internas los prisioneros son un estorbo»; y que va divulgando entre sus cortesanas que va a «hacer una poesía» que revolucionará la escena literaria chilena. Pero nada de eso pasa porque tras entreverar su condición criminal en la extraordinaria escena de las fotografías escabrosas, luego se pierde por el mundo.

En la última parte de la novela se da la búsqueda de Carlos Wieder por parte Abel Romero, un inspector de policía del tiempo de Allende, quien, retirado, venido a menos, y contratado por no se sabe quién, va tras sus pasos con ahínco javertiano.

Es de notar como Bolaño desarrolla historias apéndice de un modo magnífico: las correrías de Juan Stein en Nicaragua y El Salvador, y la vida estrambótica del sin-brazos Lorenzo; el artista y bailarín homosexual que muere de sida.

Estrella distante, anterior a Los Detectives Salvajes, es una excelente lectura para distanciarse de cualquier cosa un domingo de noviembre de 2021.