Cuando despertó, Manuel Alejandro todavía estaba allí

Manuel Alejandro // Foto: Sofía Wittert

Componer es lo más difícil que hay. Incluso siempre he tenido un proyecto con Armando Manzanero: hacer un Long Play de boleros, con letras mías y música de él, pero esa es la vaina más difícil que hay. Te imaginas meter toda una cantidad de argumentos en siete u ocho líneas. Esa es la admiración que le tengo a Escalona y a todos esos compositores vallenatos.

Gabriel García Márquez
“Cuando Escalona me daba de comer”.
Revista Coralibe, abril de 1981

En un día normal en una ciudad latinoamericana cualquiera, temprano en la mañana usted sube a su automóvil (si acaso tiene). Luego gira la llave del encendido y abre la ventana para no poner el aire acondicionado (debe ahorrar). Al mismo tiempo que acelera y arranca enciende la radio, pincha las teclas del dial, y sin que usted tenga ninguna conciencia de ello, deja de pinchar cuando una canción de Manuel Alejandro Álvarez Beigbeder-Pérez suena impune en la voz de José José.

Y es seguro que a continuación, sin importar su edad, condición social o sentimental, y por un natural acto reflejo, usted seguirá los versos y estrofas ya sea mentalmente o en voz alta:

Casi todos sabemos querer

Pero pocos sabemos amar

Es que amar y querer no es igual

Amar es sufrir querer es gozar

Mientras avanza usted volverá a mover el dial, y por simple probabilidad matemática, en algún instante diversas estaciones de radio tocarán al unísono cualquiera de las composiciones de este músico nacido en Jerez de la Frontera antes de la Guerra Civil Española.

Ahora vuelve a entonar. Y repite versos con dejos dariano, bueno… al menos en el título:

Yo soy aquel que cada noche te persigue

Yo soy aquel que por quererte ya no vive

El que te espera, el que te sueña

El que quisiera ser dueño de tu amor, de tu amor

Al fin usted llega a su trabajo. Y lo ha hecho tarareando y siguiendo la ruta de un pájaro herido. Otro verso del jerezano erróneamente atribuido a Hernaldo Zúñiga por bien intencionados bohemios centroamericanos.

Manuel Alejandro a secas, sin apellidos, es músico, director de orquesta, y autor de la banda sonora existencial de un subcontinente entero. Melodías ubicuas, versos y frases enquistadas en la memoria de una gente que desdeña lo presente ante la idealización del pasado sea cual sea.

Manuel Alejandro es tan dinosaurio como el dinosaurio de Augusto Monterroso. Porque cuando las generaciones baby boomers y equis despertaban para escapar de la rutina del bolero tradicional, el cha-cha-cha, el tango, el mambo y la ranchera, él ya estaba allí.

Sin segmentaciones de mercado ni estudios de marketing, en aquellos años de programaciones musicales uniformes, grandes y chicos escuchaban sin rechistar las imposiciones discográficas.

Y ante la incertidumbre, y para evitar el error, las compañías discográficas contrataban especialistas con colmillo. Fabuladores prolijos como Manuel Alejandro, Armando Manzanero, o Calderón o Pérez Botija. Tipos que iban a lo seguro escribiendo sobre enamoramientos, infidelidades y cuitas de bohemios y despechados.

Durante años este Manuel fue un arcano. Solo un encabezado del entrañable Cancionero Popular Centroamericano. Y aunque las disqueras no promocionaban a los autores, esta revista sí les daba el crédito. En la margen derecha de la página, el nombre del intérprete; y en la margen izquierda el nombre del autor.

En pleno siglo veintiuno el dinosaurio continúa estando allí. Agazapado entre los títulos de las roconolas de todas las cantinas de Latinoamérica.

Hace poco, en febrero, cumplió noventa años. Y aun con el brazo derecho endurecido sigue tocando el piano con lucidez. Por supuesto que todavía pergeña canciones; melodías que suaviza con orquestaciones ortodoxas. Toda vez alejado de la influencia norteamericana, de la que confiesa ha huido con esmero. Porque para el maestro sus referentes inspiradores son los compositores clásicos que aprendió a amar a través de su padre.

¿Escribir canciones? No, eso no. El maestro Germán Álvarez Beigbeder quería hacer de su hijo un músico sinfónico. Un gran compositor de óperas y sinfonías. Un pianista serio, de conciertos. Pero a los 16 años se fracturó el brazo, y los planes al igual que su brazo serpentearon.

Durante la larga convalecencia se dedicó a leer poesía. Y desde entonces, y hasta donde se lo permite el brazo, toca el piano «solo para cumplir».

Después de un tiempo de estudios en el conservatorio de Madrid sobrevive tocando en puticlubes. Vida difícil. Vida de estrecheces. Intenta hacer carrera de intérprete y falla. Entonces conoce a Raphael Martos Sánchez y hacen par. «Resuelto, yo escribo y tú cantas, macho» Le dijo.

Asegura que las canciones las hace en un momento. «Salen del tirón». Pero para llegar a eso «hay que sentarse al piano y estudiar mucho, improvisar mucho, leer música, leer filosofía». Dice al periodista Pablo Motos. En los programas de entrevistas, en donde se ha vuelto asiduo, se explaya con espíritu campechano. Allí confiesa que muchas de sus canciones son inspiradas en fragmentos de obras del repertorio culto. Los arranques de muchas de sus canciones están inspirados en clásicos conocidos. Por ejemplo, a Nino Bravo le escribió «Es el viento» inspirada a partir de un intermezzo de Brahms. «Nada soy sin Laura», basada en un estudio sinfónico de Schumman. Otras son ideas heredadas de su padre, un director de banda de infantería, de quién aprendió el arte del contrapunto y la fuga de Bach. De los filósofos lee a Nietzsche, Heidegger, Zubiri, Ortega.  Y de los poetas agradece a Goethe. Y a sus paisanos Alberti, Cernuda, Sabina. Alguna vez, en el pasado ha dicho querer a Darío.

Como jerezano ama el flamenco. Con claridad en su memoria perviven los palos del barrio gitano donde creció y vivió hasta los veinte años. Palos que revoloteaban al viento durante las madrugadas aquellas cuando los gitanos volvían borrachos de los tabancos, y se quedaban bajo los balcones cantando canciones y seguidillas. Pero al día siguiente, otra vez la normalidad; el mundo de moderación y disciplina del padre y su piano: la toccata de Schuman y las fugas de Bach.

Su primer gran éxito, «Yo soy aquel». Grabada por Raphael a principios de los sesentas. Su mujer, Purificación Casas, inspiró los versos. Purificación, fallecida en 2021, aparece como coautora en muchos de las creaciones de Manuel Alejandro bajo el seudónimo de Ana Magdalena. Un homenaje a Ana Magdalena Wicken, la esposa de Juan Sebastián Bach, y, quizás un truco legal para mejor aprovechamientos de regalías.

Manuel Alejandro Álvarez Beigbeder-Pérez es el dinosaurio que sigue allí sentado frente a su piano. Un dinosaurio que llega desde una época prehistórica en que un mismo hombre componía la música, escribía la letra y la partitura de la canción. Es decir, un mismo artista arreglaba y orquestaba, y además participaba como técnico de grabación. Y luego en las performances en vivo tocaba el piano o dirigía la orquesta del artista que le tocaba en turno.

A Manuel Alejandro no le gusta que lo llamen compositor porque las canciones nacen hechas, no hay nada que componerles. Él solo se considera un simple escribidor de canciones. Tampoco le va que lo nombren escritor. «Escritor es Vargas Llosa o Cela» sonríe.

Manuel Alejandro ha inventado más de seiscientas canciones. «Manuela», «Así nacemos», «Que no se rompa la noche», «Lo mejor de tu vida», «Un hombre solo», en el repertorio de Julio Iglesias.

Para Raphael escribió, arregló y produjo entre tantas «Yo soy aquel», «Digan lo que digan», «¡Qué sabe nadie!», «¿Qué tal te va sin mí?», «En carne viva», «Estar enamorado».

Para Emmanuel: «Quiero dormir cansado», «Insoportablemente bella», «Ven con el alma desnuda», «Todo se derrumbó dentro de mí», «El día que puedas», «Esa triste guitarra», «Caprichosa María», «Este terco corazón», «Tengo mucho que aprender de ti», «Con olor a hierba», «Venga», «Cuando no es contigo», «Pobre diablo», «Aquí no hay sitio para ti», «Hay que arrimar el alma», «Detenedla ya», «Seguía lloviendo afuera», «Porque ella no sabe vivir sin mí».

Para Rocío Jurado: «Como yo te amo», «Mi bruto bello», «Lo sabemos los tres», «Señora», «Distante», «Ese hombre», «Lo siento, mi amor», «Se nos rompió el amor», «A que no te vas», «Si amanece», «Vibro», «Esta sed que tengo», «Algo se fue contigo», «Me hubiera gustado tanto».

Para Jeanette: «Soy rebelde», «Viva el pasodoble», «Frente a frente», «Corazón de poeta», «El muchacho de los ojos tristes», «Cuando estoy con él», «Toda la noche oliendo a ti», «Comiénzame a vivir».

Para José José: «Amar y querer», «El más feliz del mundo», «Lo dudo», «El amor acaba», «Voy a llenarte toda», «Cuando vayas conmigo», «Entre ella y tú», «Lágrimas», «He renunciado a ti», «Quiero perderme contigo», «Esta noche te voy a estrenar», «A esa», «Grandeza mexicana», «Nadie como ella», «Déjalo todo».

Para Hernaldo Zúñiga: «Procuro olvidarte», «Insoportablemente bella», «Amor de tantas veces», «Ese beso que me has dado».

A Luis Miguel: «Si te perdiera», «Al que me siga», «De nuevo el paraíso», «Dicen», «Bravo, amor, bravo», «Cómplices», «Si tú te atreves», «Te desean», «Amor a mares».

A José Luis Rodríguez «El Puma»: «Será que estoy enamorado», «¿Te imaginas, María?», «Dueño de nada», «Dulcemente amargo», «Este amor es un sueño de locos», «Espérate», «Un toque de locura», «Voy a perder la cabeza por tu amor», «Por si volvieras», «Te propongo separarnos», «Piel de hombre».

Para Plácido Domingo: «Sevilla», «El grito de América», «Canción para una reina», «Él necesita ayuda», «Si yo fuera él», «Soñadores de España», «Yo seré tu primer hombre», «Los dos estamos queriendo».

Y la más reciente en 2021 para su ahijado Alejandro Sanz: «Y ya te quería».

1.

¡Ideay Martín!

Martín Urieta Solano
Martín Urieta Solano

Al oyente algunas líneas de las canciones le funcionan como poesía, [porque] le iluminan seres, situaciones, secuencias personales. (. . .) De pronto, una canción ranchera es, por acuerdo de millones de personas, poesía popular. (Carlos Monsivais)

Están en una entrevista que transcurre íntima y cómoda.

Él es un hombre de edad. Un señor de ademanes lentos y venerables. Ella es joven y se esmera en demostrarle que lo respeta y lo quiere.

La periodista se llama Mónica y él, además de maestro de escuela es un poeta.

Pero no de esos de revistas literarias, festivales, premios y egos ergonómicos. No. A este señor le dicen poeta porque escribe canciones rancheras y tal como sugiere Carlos Monsivais a millones de personas que no leen ni conocen “poetas de profesión” les basta que alguien escriba buenas rancheras para llamarlo poeta.

Para cierta casta intelectual las canciones vernáculas sólo son modestas fórmulas creativas; pero en la existencia de las gentes comunes (¿La civilización del espectáculo?), éstas funcionan como infalibles pócimas emocionales.

El señor a quién entrevista la periodista Mónica se llama Martín Urieta Solano.

Años antes, en un pueblo del norte de mi país, alrededor de una mesa un consumidor afirmó con propiedad:

―Ese Martín que menciona Vicente Fernández en esa canción es su amigo y compañero de farras. El que le hace las canciones.

Los asiduos de mesa, amigos de tragos, lo escucharon atentos mientras en la roconola sonaba alto: “Acá entre nos, quiero decirte la verdad. . .”

Esa tarde me fui de la barra convencido de la veracidad de la anécdota, pues me había gustado mucho. Me sonaba tan verosímil que ni pensé de dónde podía haber tomado tal dato aquel campesino.

Hoy descubro la patraña. Durante la plática que don Martín está teniendo con Mónica Garza en YouTube se evidencia el chasco. Don Martín ha sido el compositor de muchas de las canciones de Vicente, pero no su cuate de juergas. La historieta resulta ser sólo una romántica invención.

Este don Martín Urieta ha escrito las canciones más populares de Chente. Aun así, la única referencia que el imaginario popular tiene de él es un pasaje hablado en el interludio de ese himno del despecho que es “Acá entre nos” cuando el charro lo menciona:

“Ideay Martín, no cabe duda que también de dolor se canta, cuando llorar no se puede”.

Quizás de ahí, a partir de esa frase, el bohemio se inventó la deliciosa imagen de Vicente y Martín macerando sus cuitas entre rolas y tequilazos.

Algunas creaciones tienen su germen en historias o experiencias personales, aunque en ciertas ocasiones podría suceder al revés: que la composición inspire leyendas apócrifas. Fábulas como la de Agustín Lara saltando del lecho nupcial para escribir María Bonita, durante su luna de miel con María Félix en Acapulco, o la que hizo popular la propia María Félix afirmando que José Alfredo había compuesto Ella en su honor. Todas historias al vuelo que la poética popular ha hecho sacrosantas.

Desde siempre el pueblo ha querido estar al tanto de las veleidades y aventuras de sus artistas más queridos. Pero cada vez que las noticias no son suficientes, el arcaico afán humano por el romance, la nouvelle, es decir la ficción, hace que la gente eche mano de la propia imaginación para rellenar las hagiografías de sus ídolos.

Martín Urieta Solano nació el 11 de noviembre de 1943 en Huetamo, Michoacán, y entre jodarria y respeto se persigna ante la sola mención de José Alfredo Jiménez: el del «mundo raro».  Para Martín, José Alfredo es “El santo patrono de la música ranchera”. Su referente.

En un conocido ensayo, Carlos Monsivais considera a José Alfredo Jiménez como «el poeta de la desolación marginal». Y Urieta, como buen discípulo da continuidad al lamento y a la desolación que lleva intrínseca la música ranchera a partir de José Alfredo. Canciones como «Mujeres divinas», «Bohemio de afición», «Qué de raro tiene», «Acá entre nos», «Te me vas al diablo», «Urge», «Mi vejez» y otras, han quedado al aire para corroborarlo.

Ahora vamos a la anécdota:

Durante mucho tiempo a Martín Urieta le entristeció saber que Vicente Fernández, en sus conciertos, anunciaba «Mujeres Divinas» como una canción de un compositor que ni conocía.

―Eso me dolía mucho. ―Confiesa Martín a Mónica Garcés en un momento de la entrevista.

Tiempo después cuando ya pudieron conocerse, Vicente a modo de enmienda le prometió que en la próxima canción lo iba a mencionar con creces. Así surgió el «¡Ideay Martín. . .!» de «Acá entre nos».