
A Eneida, a un año después de todo
En el ombligo de abril,
cuando las calles embebidas de leña y polvo cambiaban de lugar,
cuando las letanías cincelaban la caída de cada uno,
cuando los sudores inmunes, inocentes
deambulaban huérfanos de estrujones y adjetivos,
entonces llegamos los desamparados que éramos.
¿Te acordás de la tarde sin luminarias?
La entrometida que dijo:
«es Ella»,
«es Él».
Abrazos y preguntas:
¿Allá en el sur te querían?
¿Será que del modo que yo te voy a querer?
Y luego…
Vaivén de nombres: el uno griego, el otro indeterminado.
Y una cajita forrada de acentos, cantaditos y palabras
que sonajeaban desquebrajando rubores,
y las fotos yendo por dentro
y la música también por dentro.
Otra vez preguntando:
¿Allá en el sur te querían?
Y yo que me escondo debajo de un párpado.
Con tu nombre astillado, el tuyo, siempre el tuyo.
Y vos, que no quiero, y yo…
¿querés venir?
¿Jugamos a inventar la piel?
Y vos, volando en tu trenza, y desde abajo yo que te pintaba el camino
Y vos, albacea de efemérides y chubascos,
y vos, la niña que miraba desde la foto de agosto, de agosto el trágico.
Moza de obstinados.
Leona y esclava, y propietaria de febreros.
Y risas colgando en guirnaldas de saliva,
una a una desde la montaña.
Desde la cueva, siempre preguntando:
¿Allá en el sur te querían?
Y la casa, la habitación, los libros, el piano, y el metal reposado,
y el saxo que gime y ríe pizcas de barro
y el sexo que no podía faltar,
el del palacete, el que palpita sangre parida en septiembre.
Sangre de los nuevos:
la sangre de Ella,
la sangre de Él.
Él, cuna de junio, Ella, sacuanjoche de octubre.
Septiembre, otra vez septiembre, el tuyo, el eterno.
Y después de vos:
un caos,
un sosiego…
y tu novela que ya no leíste.
La Trinidad, 5 de Agosto del 2023